Immortalis CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

No solo celebró la visita al escritor Whishaw porque fuera a acercarla a la respuesta a sus preguntas, sino porque la eximió de entrevistarse a solas con su hermana después de la reunión familiar.

De seguro Isobel habría intentado someterla a un interrogatorio exhaustivo y por completo improcedente.

No había dejado de percibir las miradas a cual más angustiada de la recién casada.

Al menos podría decir en su defensa que se había cuidado de que nadie a excepción de la implicada se percatase.

A ojos de los demás había sido un colmo de buena educación, lo que apostaba que se convertiría en la comidilla de la cena de los Loxley: «¡Tan bella, tan instruida, tan fina...

y tan casada con un pordiosero!», exclamaría su abuelo.

En cuanto se inauguró la ronda de despedidas, Isobel tomó del brazo delicadamente a Lenore y la llevó a un rinconcito aparte con la excusa de departir sobre «cosas de hermanas».

—¿Qué te propones, Noor? —le preguntó sin rodeos.

Lenore evitó mirarla de forma directa mientras se echaba por los hombros el abrigo de paño grueso. Practicó su mejor tono inocente, motivada por el deseo de que la dejara en paz cuanto antes.

—¿A qué te refieres?

—Llevas toda la vida defendiendo que las fábulas de lo sobrenatural no tienen ni pies ni cabeza por no partir de una base realista. Y alegas que el género del cuento es aquel que escribe la gente incapaz de soñar a lo grande proponiéndose la composición de una novela; o sea, «una obra completa».

Lenore procuró ocultar tras una sonrisa cuánto la irritaba que Isobel insistiera en conocerla mejor de lo que se conocía ella misma.

—Y lo seguiré repitiendo hasta el fin de mis días, pero es la segunda vez que se me mencionan los penny dreadfuls en la última semana y me ha picado la curiosidad. Además, no es cierto que no me interesen las fábulas. Padre tenía por costumbre leerlas cuando éramos niñas, ¿recuerdas?

—Sí, esa era su costumbre. La tuya era replicarle hasta la demente exasperación. Te empecinaste en recorrer Londres entero en busca de esas calles pavimentadas con oro que se mencionaban en la historieta de Dick Whittington.

El recuerdo le suavizó la expresión a Lenore, que esta vez se dirigió a su hermana con aire risueño.

—No irás a negarme que eso no había quien se lo creyera. De niña sentía que padre insultaba mi inteligencia, lo reconozco, pero con la edad he aprendido a valorar los cuentos infantiles.

—No la insultaba ni la mitad de lo que tú estás insultando ahora la mía —la cortó Isobel en tono severo.

Tenía la paciencia de una santa hasta que de pronto ya no la tenía en absoluto—.

No he olvidado lo que dijo en su lecho de muerte, Noor.

Eso que repitió sobre los no-muertos. Estás investigando al respecto, ¿verdad?

Te niegas a aceptar que aquello no fue más que el delirio de un pobre moribundo.

Lenore se tensó al oír en qué términos se refería al doctor. Le lanzó una mirada gélida mientras terminaba de abrocharse los botones de hueso del abrigo.

—Quizá esto te extrañe, Bells, pero no toda afición que emprendo forma parte de un retorcido plan.

Tampoco suele moverme el turbio deseo de angustiarte, como insinúas al atribuirte el mérito de atormentarte con mis decisiones.

Tan solo quiero sentirme más cerca de mi padre ahora que me es físicamente imposible, honrando nuestras antiguas costumbres.

Cuando aún eran niñas e Isobel rehusaba aceptar que la benjamina podía ser maquiavélica, a lo mejor habría comprado su argumento.

Pero Lenore no solo no consiguió ablandarla, sino que transformó su inquietud inicial en impotente decepción.

Así lo advirtió el chisporroteo de sus ojos azules, uno de los rasgos heredados de su madre.

—Ojalá no tuvieras la absurda necesidad de esconder tus sentimientos de mí, Noor. No te he demostrado más que paciencia y lealtad desde la infancia y, aun así, sigues sin dignarte ser sincera conmigo.

Lenore chasqueó la lengua.

—Pensaba que te pondrías a batir las palmas de saberme a solas con Edward Whishaw durante una prometedora tarde, pero ya veo que no existe modo alguno de hacerte feliz.

—¡Esto no tiene nada que ver con Eddie!

—Esto tiene que ver con que siempre encontrarás la vía para acusarme de desconsiderada, incluso si todo cuanto pretendo es leer un condenado relato popular.

Lenore le dio la espalda y se dirigió a la salida con la barbilla erguida.

Notó en todo momento la mirada rabiosa de su hermana sobre ella.

Aunque no se avergonzó de la burda táctica de manipulación con la que había intentado sustraerse de sus legítimas acusaciones, sí que lamentó internamente que todas sus interacciones con Isobel confluyeran en una inmensa decepción.

Edward la había estado esperando a los pies de la escalera poniéndose los guantes de cuero. Para combatir el frío se había cerrado el gabán hasta el cuello. La prenda le hacía parecer aún más grande si cabía, una suerte de gladiador disfrazado de caballero.

La brisa de la tarde agonizante le agitó los rubios cabellos despeinados. Lenore no tenía que esforzarse para evocar los gimoteos desesperados de la niñera a la que se le encomendaba la difícil tarea de tornar presentables sus ondas naturales.

Se convenció de que el viaje en carruaje con Edward era un medio necesario para un fin y no una situación hostil.

Esto le permitiría actuar con normalidad a su alrededor en lo que duraría el trayecto.

De Hampstead a Kensington High Street, el barrio residencial de figuras eminentes al que los Whishaw se habían mudado alrededor de un lustro atrás, había una ruta de nada menos que cuarenta y cinco minutos.

Lenore no se negó a que él le prestara su mano de apoyo para subir al landó.

Se arrepintió en cuanto lo tocó y maldijo los guantes de piel por no bloquear el calor que emanaban sus palmas; todo su cuerpo, en realidad, que podría haber caldeado el interior del carruaje sin la colaboración de la estufilla.

—No me digas que has vuelto a discutir con Bells —comentó distendidamente en cuanto emprendieron la marcha. Lenore despegó la mirada a regañadientes de la ventanilla para centrarla en el hombre que tenía delante.

Se encogió de hombros con aire huraño.

—Es nuestro sino.

—Como hombre con hermanas pequeñas que soy, te puedo asegurar que el único sino de un primogénito es cuidar de su joven parentela aun a riesgo de que le saquen las canas verdes.

Por otro lado, no negaré que la inclinación natural de los benjamines sea traer de cabeza a sus mayores —apostilló con un gracioso cabeceo.

Había entrelazado las manos sobre el regazo, ampliado por la proyección de las rodillas hacia ambas esquinas.

Edward siempre ocupaba todo el espacio disponible con una naturalidad refrescante. Este era un detalle que a la Lenore niña le había fascinado, pues existía en contraposición a la obligación femenina de permanecer en el margen.

Ahora que sentía que él la ahogaba con su presencia monopolizadora no lo encontraba tan magnífico.

—El problema de los hermanos mayores es que crecen convencidos de que sus hermanos menores existen a costa de arrebatarles sus privilegios, así como el favoritismo de sus padres —repuso con indiferencia.

Se entretenía alisando con brío (¿o nerviosismo?) las arrugas de la falda oscura, una distracción bienvenida si le permitía librarse de mirar a Edward a los ojos—.

De este modo se llega a la situación actual entre Bells y yo.

Da por hecho que me traigo entre manos un plan para derrocar el gobierno actual solo porque me he aficionado a los penny dreadfuls .

—No negarás que llame la atención que a una joven con aspiraciones científicas le pierdan de pronto los cuentos para adultos.

Lenore alzó la vista para volcar en él toda su seriedad.

—Estoy habituada a que el hombre padezca un desasosiego pasajero tratando de aceptar que las mujeres, por lo general criaturas de entendimiento limitado, sean capaces de concentrar sus pocas luces en no una, sino en varias materias de interés intelectual.

Pero que mi propia hermana insinúe que tendría que sacrificar mi curiosidad por un tema para sumergirme de lleno en otro, no se me vaya a derretir el cerebro, es indignante.

Edward dejó correr un breve silencio, en lo absoluto escarmentado por la acusación. Mantuvo la mirada en el rostro de Lenore en tanto que el eco de su rabieta seguía resonando, a la espera de que ella misma fuera consciente de lo injustificadamente agresiva que había sido.

Y lo consiguió.

Lenore tuvo que controlar al principio una mueca avergonzada y, después, cuando Edward retomó la conversación, una de alarma:

—¿He hecho algo para ofenderte en estos últimos tiempos, Noor?

Le odió por obligarla a dirigirle una mirada directa para que no cupiese la menor duda de que era sincera.

—No. —Fue a agarrarse las faldas para desahogar un grito, pero desistió antes de que él, con sus ojos de policía, captara el gesto—.

Claro que no. Si lo dices por la impertinencia con la que acabo de defenderme, yo también desconozco a qué se ha debido.

Supongo que el dolor del luto tiende a manifestarse de las formas más insólitas.

Edward esbozó una sonrisa entre incrédula y sabedora.

—Estoy convencido de que no pretendes utilizar el fallecimiento de tu padre para justificar tu errática actitud conmigo —dijo sin ambages.

Lenore respingó con el atrevimiento y no vaciló en castigarlo con una mirada resentida.

—¿Cómo te atreves?

Edward suspiró y cruzó las piernas nada más se reclinó hacia atrás.

—El doctor Nightingale, que Dios lo tenga en su gloria, estaba vivito y coleando cuando tú empezabas a comportarte como una neurasténica a mi alrededor; o, peor —mantuvo una nota dramática en el aire antes de inclinarse hacia ella con los ojos abiertos de par en par—, como una auténtica maleducada.

Lenore entrecerró los párpados. Notaba el corazón latiéndole en los oídos.