Immortalis CAPÍTULO 5 #4
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CAPÍTULO 5 #4

Si bien había aceptado la existencia de los no-muertos antes de acceder a uno de ellos, esto por el simple hecho de que su padre lo hubiera mencionado, siempre había sido una niña escéptica.

Gulliver habría podido dar fe de ello, que era quien se desesperaba intentando ayudarla a conciliar el sueño con cuentos de hadas a cual más extraordinario.

Ahí donde Isobel cerraba los ojos con fuerza, escarmentada por la moraleja de lo que podría sucederle si no era obediente o mentía a los adultos, la ceñuda Lenore enterraba en preguntas impertinentes al pobre doctor:

—Hace una semana planté una de las habichuelas que pelé con la señora York y no ha crecido ninguna planta de grandes proporciones habitada por un gigante caníbal. Me has engañado.

»No es posible que Old Bloody Bones viva escondido en los armarios de todos los niños del mundo.

Tampoco de todos los niños de Londres, pues esos son muchos, demasiados niños.

Además, ¿cómo es que puede sangrar una criatura descrita como un esqueleto?

¿No es eso imposible? ¡Tú mismo me dijiste que, si se rompe un hueso, sale líquido sinovial o seroso, no sangre!

»¿Para qué querría el Hombre del Saco secuestrar a un niño malvado? ¿Acaso le gusta sufrir?

Aquella última pregunta había hecho estallar en carcajadas al doctor, con la mala suerte de que despertó a la pequeña Isobel de su sueño intermitente.

Lenore nunca olvidaría cómo se inclinó para besarla amorosamente en la frente, agradecido por su innata habilidad para hacerle sonreír.

Con cuidado de no importunar a la hermana mayor, le había susurrado:

—Así que sostienes que los seres mitológicos no existen, ¿verdad? Entonces ¿cómo explicas, si no es remitiéndote a los changelings , que mi hija pequeña tenga una inteligencia insolente más propia de un hada traviesa que de una niña?

Ella le había echado los brazos al cuello y le había replicado que ese era un acertijo de fácil solución.

—Soy muy lista porque tú eres el más listo del mundo, y según me has contado, algunas de nuestras cualidades son herencia de nuestros padres.

—¡Conque recurriendo a Gregor Mendel para aceptar un cumplido! ¡Eso es nuevo!

«Basta», se exigió nuevamente la Lenore adulta, apretando con tanta fuerza la taza de té que podría haberla roto.

Se obligó a anclarse al momento y el espacio presentes alzando la voz.

—Percy, ¿podrías prestarme dicho relato, si es que aún lo conservas?

—No se dio cuenta de que el entusiasmo por la nueva pista y el recuerdo la habían arrastrado al borde del sillón.

Luego se dirigió a Edward, que la había estado mirando con una mezcla de ternura y cautela—.

¿Tu padre me permitiría leer los penny dreadfuls ?

No osaría pedirle que me dejara llevármelos lejos de su relicario, si es que no confía en mi custodia, pero quizá, si lo visito un día...

No contradeciría las normas del luto, ¿verdad?

Esta vez buscó la aprobación de su abuelo, que estableció un instante de reflexión.

—No lo haría, no —determinó Humbert—. El señor Whishaw es un hombre respetable.

—Y si te sigue infundiendo el mismo respeto que cuando eras niña, yo podría estar presente durante la entrevista para evitarte un desmayo —sugirió Edward con humor.

Lenore lo miró a los ojos por primera vez desde que había llegado.

Por primera vez desde hacía un año, mejor dicho.

Los ojos del Eddie niño habían brillado como luceros en la noche, por siempre maravillados con la promesa de una diversión futura; los del Edward adulto no habían perdido ese fulgor ambarino que endulzaba el severo tono castaño, pero la edad lo había matizado hacia otra clase de ambiciones no tan inofensivas como una travesura.

Ambiciones que Lenore no se atrevía a mirar de frente.

—¿Sería precipitado visitar al señor Whishaw hoy mismo? Aún no es la una —confirmó tras consultar el reloj de pared—, y hasta las cinco sigue siendo razonable presentarse en casa de un querido vecino. Si aparezco con su hijo...

—¿Qué estás diciendo, Eleonora? —rezongó su abuelo—. ¿Cómo vas a personarte sin previo aviso en la residencia de un honrado caballero?

—En ese caso no apareceré: puedo esperar a que Edward lo salude como es debido, le pida los penny dreadfuls , y...

—¡De ninguna manera!

—Está bien, milord —medió Edward con su clásica sonrisa conciliadora—. Mi padre se alegrará de verla y, sobre todo, de disculparse en persona por no haber acudido al entierro del doctor. Es algo que le pesa y creo que no dormirá a pierna suelta hasta que se libere de la carga.

La persuasión de Edward y las habilidades manipuladoras de Theresa lograron que Humbert diera su brazo a torcer, aunque con sus condiciones: habría de estar de vuelta a las cinco en punto.

Una vez que Lenore se aseguró de haber cumplido su voluntad, se dio el gusto de participar lo menos posible en la conversación posterior, que tocó todos los palos, desde la política contemporánea hasta los cotilleos de la alta sociedad.

No tuvo la poca vergüenza de sumirse en el silencio después de la venia concedida, y agradeció sin palabras que le permitieran salir de casa en pleno duelo siendo particularmente encantadora cuando le dirigieron una pregunta.