Immortalis CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

—Considerando que la curiosidad acostumbra a guiarla por derroteros inadecuados, milord, quizá sería mejor no sacarla de casa directamente...

—le lanzó una mirada pilla a la aludida—, aunque, conociéndola, se arrojaría de igual modo a la aventura incluso si solo contara con su imaginación como acicate.

Lenore intuyó que se estaba hablando de ella y alzó la vista a tiempo para captar la expresión jocosa de Edward. Se involucró en la charla limitándose a sacarle la lengua, lo que le valió un guiño del inspector adjunto.

Con toda seguridad no volverían a dirigirse la palabra o el saludo en lo que restara de reunión para compensar su infame complicidad.

—¿No podría meterse usted en un problema con sus superiores si descubrieran que anda divulgando información confidencial? —inquirió Theresa sin la menor acritud.

—No les he contado nada que los medios de comunicación no hayan compartido ya con y sin el consentimiento de Scotland Yard.

Y mientras mi padre no esté presente para pegar la oreja y usar mi testimonio de inspiración para sus relatos cortos, mi empleo no peligrará —añadió con una sonrisa socarrona que sin embargo ocultaba un viejo rencor.

Desvió la vista a su té y bebió en silencio.

—¿Ha aprendido usted esa lección por las malas? —preguntó Percy, divertido—. ¿El gran escritor Whishaw le ha puesto en un brete escribiendo sobre parecidos con la realidad que no eran ni por asomo mera coincidencia?

—No, por fortuna. Si bien le intriga lo ficticio de la literatura, jamás lo reconocería en voz alta y ni mucho menos se dignaría a redactar historietas de héroes y villanos para los ociosos.

Su deseo de aleccionar es más propio de un obispo que de un autor —cabeceó con relajada resignación—, pero parece que triunfa entre los lectores, porque la fama le ha permitido abandonar su columna de la ya en decadencia Cornhill Magazine y mudarse a la revista que publica a sir Arthur Conan Doyle...

Lenore dejó de remover el té al oír la mención de los folletines.

Había tratado con Archibald H. Whishaw en un sinnúmero de ocasiones y, sin embargo, hasta entonces no se le había ocurrido que podía recurrir a él en busca de sus ansiadas respuestas.

—Edward —lo interrumpió. Ignoró la mirada de advertencia de su abuelo, que la instó a vigilar sus modales—. ¿Sabes si tu padre conserva en su colección de lecturas los penny dreadfuls de los años cuarenta? ¿Del cuarenta y siete, para ser exactos?

—Apostaría el alma a que los guarda todos como oro en paño en un relicario, junto con los dientes de leche de mis hermanas y su único juguete de la infancia —bromeó—.

No porque respete su calidad literaria, ya que se le antoja un aberrante producto para las grandes masas, sino porque a su difunto padre le fascinaban e incluso él tiene sus fibras sensibles.

El corazón se le aceleró tanto al oírlo que se tuvo que inclinar hacia delante.

—¿Todos?

—Absolutamente todos. —Luego se dirigió a los demás, como si no pudiera seguir sosteniéndole la mirada por mucho más tiempo, y se valió del tono de trovador con el que amenizaba las veladas—: A pesar de que fueron la causa de que un humilde servidor deseara unirse al cuerpo de policía en lugar de perseguir una carrera cultural, mi padre les tiene especial cariño a los folletines de George W.

M. Reynolds, quien escribió una de las series más exitosas sobre crímenes con críticas a las élites. ¿Quién se lo iba a decir?

—¡No me diga que soñaba con perseguir a los villanos por culpa de un cuento! —se maravilló Theresa.

—Entonces no aparecerá ningún personaje con rasgos sobrenaturales —meditó Lenore por lo bajo.

—En Mysteries of London no —fue Percy quien le contestó—, pero en The String of Pearls aparece el magnífico barbero asesino de Fleet Street, el señor Sweeney Todd. Ha debido oír hablar de él. —Apoyó sobre el regazo de Isobel la mano que no sostenía la pipa—. Mi esposa al menos lo conoce.

—Padre nos leyó los relatos más famosos de Sweeney Todd algunas noches de tormenta a petición de Bells —confirmó Lenore.

No se percató de que Edward e Isobel se tensaban, alertados por la mención del difunto y lo que pudiese desencadenar—, pero desconocía que pertenecieran a los penny dreadfuls .

De todos modos, el barbero asesino era humano.

—Creo que estás preguntando por Wagner the Wehr-Wolf , o por Varney the Vampire —sugirió su abuelo—. Causaron sensación en aquel entonces; en mí el primero. Solo tenía once años y era bastante impresionable...

—Me habría encantado verte devorando folletines —confesó Theresa con aire soñador.

Lenore se enderezó con el presentimiento de que había dado con lo que buscaba.

— Varney the Vampire . Me suena familiar.

—Claro que te suena. Ha sentado el precedente de una de las leyendas sobrenaturales más populares.

Eran mis cuentos preferidos —le contó Edward al resto de los invitados, cómodo en su papel de animador.

Había nacido para destacar en reuniones grupales, algo que siempre había fascinado a Lenore, quien carecía de esa facilidad para entretener o siquiera caerles simpática a sus allegados—.

Los devoraba de niño a escondidas de mi padre porque, en su opinión, las fábulas mitológicas no fomentan la intelectualidad de los niños, sino que expanden su imaginación hacia el delirio.

Antes estaba indefenso frente a sus teorías, pero ahora puedo replicarle: una historieta que toma inspiración en una obra del gran Polidori nunca podría ser de bajo nivel cultural.

—Obra de Polidori —repitió Lenore en voz baja.

— The Vampyre —citó Percy—, un relato que sigue de cerca las aventuras del seductor lord Ruthven, una criatura inmortal y perturbadora que se alimenta de las mujeres jóvenes. —Curvó los labios en una pequeña sonrisa abochornada—. A mí también me fascinaban de joven las leyendas del folclore.

—¿De veras? —se sorprendió Isobel, recelosa—. ¿Y de qué leyendas estamos hablando?

—Alimentarse de mujeres jóvenes —masculló Humbert—. ¡Qué tema de conversación tan escandaloso!

—Bueno... —empezó Percy con obvia resistencia, ajeno a las palabras que mascullaba el abuelo.

Seguramente prefería que no se comentara en sus círculos cercanos que el brillante abogado Bainbridge se pirraba por los cuentos infantiles—, a lo largo de la historia se ha mencionado la existencia de los seres inmortales, empezando por los dioses y acabando por los monstruos de nuestras pesadillas.

Ya sabes que perdí a mi madre siendo niño.

Me obsesionaba la idea de que hubiera podido escapar de la muerte, aunque fuera transformándose en otra criatura.

Lenore se reprochó a sí misma no haber ponderado las leyendas populares como fuente de sabiduría, especialmente de cara a una investigación cuya base era lo irreal.

Incluso lo imposible.

Pero ¿cómo tomar en serio el folclore?