Immortalis CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Thea había interrumpido el apacible rato de lectura de Lenore para darle la noticia de su sorpresiva visita: de la precipitación con la que se levantó, la joven se pisó el ruedo de la falda y a punto estuvo de caer de bruces.

Bajó las escaleras gritando su nombre con fervoroso entusiasmo, y todo para no reconocer a Edward en el rostro maduro del hombre que aguardaba sin aliento en el vestíbulo.

Porque aquello era un hombre, no un muchacho.

Aunque Lenore no era tímida, frenó en seco y a lo largo de la reunión adoptó una conducta recelosa, cuando no directamente huraña.

Comprender el origen de su molestia le exigiría pasar toda una tarde escuchándolo hablar con su recién estrenada voz de caballero y recibir el merecido rapapolvo de su padre, que encontró inadmisible su comportamiento y así se lo hizo saber en cuanto Edward se marchó desolado.

Lenore nunca se había disculpado por haberlo castigado con su cruel indiferencia aquella tarde, en gran medida porque la avergonzaba reconocer que se debía a que hubiese crecido tanto sin su supervisión; a que, además, se hubiera convertido en la clase de hombre ante el que no sabía cómo actuar.

Desde aquello había transcurrido un año, pero Lenore seguía sorprendiéndose mirándolo de reojo con una mezcla de resentimiento y fascinación.

Resentimiento y fascinación que no habían hecho sino dilatarse a lo largo del tiempo, pues Edward cumplió su promesa de acceder al cuerpo de policía con lo que eso conllevó: más cambios significativos en su presencia física.

El entrenamiento al que sometían a los agentes rasos no era moco de pavo, y él se lo había tomado tan en serio que las opiniones sobre su atractivo abarcaban un amplio rango: había mujeres que lo encontraban intimidatorio y deploraban que las camisas nunca le quedaran holgadas del todo en los brazos y el pecho, mientras que otras suspiraban atraídas por su semejanza con los semidioses de mitología.

Lenore nunca se había posicionado en el debate porque, para empezar, no era partidaria de entretener superficialidades.

No negaba la importancia de la banalidad en según qué casos; a veces hasta se divertía comentando con Isobel este o aquel diseño de la modista, criticando un peinado arriesgado o halagando la gallardía de un caballero.

Pero en lo que a Edward respectaba, y mientras de su fuerza de voluntad dependiese, era completamente ciega.

Él debía de haber tomado una decisión similar, porque retiró su mano a la vez que ella y con la misma combinación de nerviosa impaciencia y temor a ser descubierto.

Lenore enseguida buscó con la mirada a cualquier otro invitado e intercambió las pertinentes cortesías con todos procurando parecer el colmo de buen humor.

En especial con su hermana, que sería la primera en poner el grito en el cielo si la creía sufriendo.

Theresa los invitó a pasar al salón de visitas.

—Cuánto me alegro de que haya podido escabullirse de sus obligaciones laborales para venir a vernos, inspector Whishaw —comentó la anfitriona. Mientras, le hacía gestos de apresuramiento a la criada para que trajera cuanto antes el servicio de té.

Como comandaba la etiqueta, Edward esperó con las manos entrelazadas a la espalda a que las damas tomaran asiento. Aun abstraída en sus pensamientos, Lenore sintió que la mirada de su amigo la seguía, no quiso saber con qué objetivo.

—Lo primero es lo primero, señora Loxley —oyó que decía Edward, y entonces se acomodó en el sillón más alejado de Lenore. Ella dio por hecho que había sido una decisión premeditada y se sintió aliviada a la par que extrañamente ofendida—. Mi familia y mis queridas amistades, y luego lo demás.

La criada entró en el salón empujando el carrito.

Las tazas de porcelana fina estaban distribuidas en la bandeja de plata componiendo un dibujo agradable a la vista.

Isobel le dirigió un amable aspaviento para invitarla a retirarse, prometiendo encargarse ella de servir los tentempiés como era debido.

Theresa fue quien más agradeció su disposición.

Al no haber recibido la educación de las grandes señoras, solía temblarle el pulso cuando le tocaba surtir a sus invitados, y aun siendo una mujer orgullosa de su sencillez y muy natural para los ambientes en los que se movía, prefería no poner sus carencias en evidencia.

—¿Ha habido avances en el caso de Jack el Destripador? —inquirió Isobel con el ceño arrugado por la inquietud.

Para tratarse de una recién casada muy devota de su marido y que ante cualquier duda o eventualidad se encomendaba a Dios, su hermana mayor sentía una curiosidad morbosa por todo lo relacionado con el mundo policial.

Isobel se avergonzaba de este rasgo suyo, pero a Lenore le parecía adorable y no cesaba de insistirle en que airease y hasta potenciara sus rarezas: así le costaría menos sentirse en sintonía con ella y ambas podrían encontrarse a medio camino en su eterna e intrincada ruta hacia los brazos de la otra.

La mayor se entretuvo preparándole el té a Lenore como le gustaba, con un terrón y medio de azúcar: vertía uno en la taza y el segundo lo sumergía hasta la mitad.

Una vez se deshacía la parte inferior del cubito, depositaba el resto sobre el platillo, que luego podía pasar el resto de la tarde deshaciendo con los dedos o chupando bajo la mirada reprensiva de su abuelo.

Su padre solía describir el ritual como «una auténtica guarrería», pero Lenore no había renunciado a su gusto culpable. En las últimas lo reproducía con premeditada lentitud y mirando a su progenitor con deje retador.

Él solo se reía sacudiendo la cabeza.

«Basta —se obligó a callar la mente—. Ni un recuerdo más.»

—Me temo que no, Bells —contestó Edward.

—¿Ha renunciado el cuerpo a encontrar al responsable, acaso?

El gesto jovial del inspector mudó enseguida a la mueca severa que merecía abordar un asunto tan tremendista.

Los asesinatos en serie del antes apodado «Delantal de Cuero» habían conmocionado a la sociedad londinense y, claro está, maravillado a Isobel, que de todos modos tenía la prudencia de camuflarlo bajo el espanto que también sentía.

—Oficialmente la investigación permanece abierta, pero los ánimos están frustrados en la comisaría.

Me consta que al menos el inspector jefe y el jefe de policía aún se llevan los informes a casa para estudiarlos en su tiempo libre, por si acaso algún detalle se nos hubiera escapado.

Sospecho, también, que Macnaghten anda escribiendo al respecto en sus memorias privadas, proyecto personal del que ha informado al cuartel...

o, mejor dicho, amenazado —apostilló con sentido del humor.

Le costaba mantenerse serio hablara de lo que hablase—.

Por desgracia, Bells, no hay avances desde hace ya tiempo, y sin las presiones externas del periodismo y el gobierno, los agentes se sienten más inclinados a dejarlo correr.

—Habla de los agentes sin incluirse, inspector Whishaw —señaló Theresa con su plácida expresión de siempre—. ¿Usted aún sueña con cazar al asesino?

Edward desvió la mirada al té que sostenía con las dos manos y le sonrió con aire enigmático a su reflejo borroso.

—Creo que la esperanza es lo último que se pierde —alzó la vista hacia la distraída Lenore, que aceptaba con un modesto agradecimiento la taza de la mano de su hermana—, y yo no soy un hombre que se dé por vencido fácilmente —enderezó la espalda con orgullo y se reclinó hacia atrás, recuperando su optimismo natural—, pero cierto es que Jack no es el único felón que mantiene ocupadas a las fuerzas de seguridad.

Se han reportado otra clase de crímenes de no menor calibre.

Conversé al respecto con el doctor Nightingale la última vez que nos vimos.

Visité el hospital para interrogar a unos sospechosos de infanticidios y él me certificó que había habido un incremento significativo de ingresos de niños apaleados hasta la muerte.

También confesó haber oído historias truculentas sobre tráfico ilegal de menores de doce años para trabajo doméstico.

—No creo que este sea un tema de conversación apropiado para las damas presentes —refunfuñó el barón Fellowes en voz baja.

Todo el mundo convino en ignorar su comentario.

—¡Qué horror! —musitó Isobel, afectada. No tanto como para desaprovechar la ocasión de arrojar a su hermana a los brazos del inspector adjunto, sin embargo—: A lo mejor Noor puede ayudarte en esa investigación.

Conoce el hospital como la palma de su mano y trata a menudo con muchos de sus especialistas. El doctor Barnes, por ejemplo.

El intento por incluir a la joven en la charla no surtió el efecto esperado. El único entretenimiento que Lenore había hallado en la reunión había sido remover pacientemente el té con la cucharilla, no tanto con desgana como para invocar la concentración.

Revivía una y otra vez el breve intercambio con la criatura.

—Podría contribuir a la causa de forma no oficial, por supuesto que sí —confirmó Edward en tono aterciopelado—. No sería la primera vez que aceptamos colaboraciones externas.

—Sería mejor que Eleonora limitara el ocio los próximos meses —intervino Humbert nada más expulsar el humo del puro.

La aludida se pudo figurar por qué Edward ocultó una sonrisa detrás de la mano al oír la palabra «ocio»: porque hasta el barón sabía que participar en redadas policiales era un divertimento para ella y lo nombraba como tal—.

Si se hablara de ella en período de luto, preferiría que fuese por razones sumamente respetables, y no porque anda implicándose en trabajos masculinos.

Y considerando que la curiosidad acostumbra a guiarla por derroteros inadecuados, quizá sería mejor no revelar según qué detalles sensibles de sus casos delante de ella, inspector Whishaw.

Lejos de ofenderse, Edward exhibió una sonrisa con hoyuelos.