Immortalis CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Lenore llevaba media hora cepillándose la melena en el tocador. Tenía la mente segmentada en tantos compartimentos como hipótesis barajaba sobre los orígenes de la criatura.

Ahora lo llamaba así. Criatura . El concepto que le había atribuido al principio y con el que había pretendido englobarlo, no-muerto , se le antojaba ahora impersonal y en extremo desconsiderado.

No solo porque él le hubiese advertido de que hería su vanidad y dejaba en evidencia su propia grosería la noche que se lo reprochó con altivez, sino porque sentía que aquel hombre —¿hombre?

—, capaz de blandir el humor con inteligencia, flirtear con descaro y hacer malabares con las palabras igual que el literato más culto, no estaba muerto en absoluto.

Lo que, por otra parte, no significaba que no fuese letal.

Si una certeza abanderaba era que la mataría si insistía en adentrarse en las misteriosas aguas de su existencia.

Se aseguró de materializar su amenaza en el despacho del hospital y, solo para que no se le olvidara, le había dejado una colección de cardenales de recuerdo: uno por cada dedo que había intentado interrumpir su respiración.

Pero Lenore no le temía a esa muerte que él le prometía con un inquietante a la par que curioso fervor. Le temía aún más al desconocimiento y a dar por perdidas las últimas voluntades de su padre, el que era su verdadero testamento: el estudio del homo immortalis .

Distraída, Lenore ladeó la cabeza hacia la ventana para contemplar la casa vecina.

Los ventanales, encajados en arcos de medio punto, seguían cerrados a cal y canto como el día en que llegó.

No solo se había construido replicando el estilo gótico de una catedral francesa, sino que la piedra del edificio había adquirido esa tintura oscura que, incluso si era suciedad, no parecía tal, sino un elemento decorativo más que ensalzaba su atractiva decadencia.

No era la única vivienda de estas características del barrio, pero sí resultaba llamativa precisamente por el abandono tan cruel como incomprensible al que la habían sometido.

¿Acaso no había aristócrata en todo Londres que no ansiara ocupar una mansión de tamaña grandeza?

Ni su lamentable estado actual lograba desmerecer su potencial.

Al no gozar de los pertinentes cuidados, que a menudo consistían en coartar su libertad a golpe de podadera, las zarzas y trepadoras habían crecido sin orden ni concierto y se filtraban entre la piedra caliza.

Si hubiera visto la casa siendo aún niña, Lenore habría pensado que era como si el edificio vistiera una falda de ramas.

Habría procurado colarse con la secreta esperanza de cazar a las hadas durante sus abluciones.

Estas le habrían parecido la única clase de criaturas que podían habitar un lugar así, que no estaba ni limpio ni deteriorado. Simplemente estaba vivo.

Dejó de peinarse con la impaciencia contra la que llevaba un par de días luchando.

Al final, sabía que un descubrimiento de proporciones homéricas exigía tiempo.

Pero Lenore había visto morir a demasiada gente en el apogeo de su vida, dejando asuntos pendientes, para pensar que ser aún joven la eximía de apresurarse.

Necesitaba ver a la criatura de nuevo, y necesitaba verla ya .

Descansó el cepillo sobre el tocador y se asomó a la ventana sin miedo a que la vieran desde la calle con nada más que el holgado camisón y el batín ondeando a la espalda.

No, no era solo que la casa estuviese abandonada, comprendió. Había captado su atención porque estaba maldita. No se atisbaban los cristales de las ventanas porque las habían tapado clavando tablones de madera. Aun carcomidos por la humedad, eran efectivos en su propósito de bloquear la luz.

Las ventanas tapiadas le daban escalofríos. Era como caminar con los ojos vendados.

—Lenore, querida.

Estaba tan sumida en la contemplación de la casa que ni siquiera se sobresaltó: la voz de Theresa se filtró en su sueño consciente como una melodía lejana.

Lenore se dio la vuelta y le devolvió la sonrisa amablemente.

—¿Aún no estás vestida? El inspector Whishaw acaba de pasar a la salita, y tu hermana y su marido han de estar a punto de llegar. ¿Necesitas que te ayude o te apañas con Ellie?

—Estaré lista en unos minutos.

Theresa no insistió, aunque se la veía nerviosa por el desarrollo de la primera visita formal de familiares y amigos desde el entierro.

La esposa de su abuelo no solo había sido la humilde y solterona hija de un contable antes de contraer nupcias, sino una pobre huérfana: si alguien podía entender o anticipar la reacción de una joven doliente al reencontrarse con su parentela, evento que siempre acentuaba la ausencia de quien ya no estaba, esa era ella.

Pero no le era posible saber o siquiera sospechar que otra clase de preocupaciones tenían a Lenore pensativa a la par que aislada del mundanal ruido.

Cumplió su palabra acudiendo al encuentro de los invitados al cabo de diez minutos.

Lucía un vestido negro cuyo cuello alto tapaba de manera conveniente las huellas de violencia, así como los ribetes de encaje de los puños sombreaban los dorsos de sus manos pálidas.

No se había molestado en recogerse la melena, que bailó en suaves ondas a su espalda cuando bajó las escaleras al trote, pero sin prisa.

El señor Loxley, Theresa y Edward Whishaw habían abandonado el salón principal para recibir a los Bainbridge en el vestíbulo, una cortesía inusual. Ninguno se perdió la incorporación de Lenore al grupo.

Isobel aún no se había quitado las pieles de armiño de los hombros y ya la estaba recorriendo con una mirada inquieta, como si la benjamina hubiese regresado de una cruenta batalla con lesiones irreparables.

Su marido Percy fue algo más educado sonriéndole sin exhibir la dentadura, pero denotó haber venido consolando a su mujer en lo que a Lenore respectaba imitando su vistazo aprensivo.

Aunque Edward estaba retirado hacia el pasillo y más o menos recostado contra la pared, gallardo con su chaqué de domingo, fue a su expresión de alivio a lo que ella se aferró para convencerse de que sobrellevaría la visita.

Su amigo de la infancia rompió la tensión que le había paralizado al verla aparecer para acudir con calculada prudencia al pie de la escalera.

Le ofreció una mano con la elegancia que le había sido inculcada —en vano, en opinión del déspota de su progenitor— y esbozó una sonrisa ligeramente alterada por el desasosiego.

De un tiempo a esa parte, era difícil saber de qué ánimo estaría Lenore cuando se reencontraran.

Ella le hizo saber, al menos por el día presente, que no había nada que temer devolviéndole el gesto con seguridad.

Aceptó también su mano, un detalle inesperado que lo descolocó un instante antes de llenar de calidez su expresión.

—Lenore —murmuró, y en su nombre cupieron miles de palabras que no diría jamás.

—Inspector Whishaw —lo saludó exagerando una reverencia.

—Por Dios, no —se rio él con un brillo especial en los ojos castaños—. Para ti sigo siendo Edward.

—Entonces yo para ti sigo siendo Noor.

Había sido la única persona externa a la familia Nightingale que se había concedido el atrevimiento de llamarla por su apodo. Era una confianza que nadie le había reprochado que se tomara y que incluso había sido incentivada por el doctor.

Aunque Edward era dos años mayor que Isobel, siempre había sido un niño travieso.

Ni la mano dura de su padre ni la desesperación de su madre le habían arrebatado nunca el espíritu soñador.

De no haber decidido crecer y madurar a su ritmo y a su manera, no habría encajado en el esquema mental de juegos y confesiones de una niña cinco años menor incluso después de haberse adentrado en la adolescencia.

Consciente ya en aquel entonces de que era inusitado cuando menos que un joven de dieciséis se dejara someter por las preferencias ociosas de una cría, Lenore albergaba la sospecha de que Edward había evitado mostrarse tal cual era en su presencia hasta una avanzada edad.

Apostaba por que para el momento de su decimosexto aniversario habría cosechado aficiones bastante alejadas del escondite, pero las disimulaba y se esforzaba por satisfacerla en el buen nombre del afecto...

, o a lo mejor esperando escapar por un rato de sus apremiantes obligaciones de adulto.

A pesar de que Lenore odiaba que fueran condescendientes con ella, que no la incluyesen en el rico y misterioso mundo de la adultez, dejaba correr la vida secreta de su muy pronto universitario camarada y disfrutaba de su atención con el orgullo jactancioso propio de las niñas amadas.

Y es que Edward había sido su confidente y único amigo hasta que su padre, el erudito señor Whishaw, ganó la discusión de si acudiría o no a la universidad. A los trece años, Lenore tuvo que verlo marchar a Oxford con todo el dolor de su corazón.

Durante una temporada se conformó con visitas ocasionales ocurridas durante las festividades o gracias a los permisos especiales que le concedieron a propósito de situaciones extraordinarias, como la gripe que contrajo su madre o el fallecimiento de su abuela paterna.

Crecer en ambientes distintos y alejados el uno del otro había cambiado inevitable e irreversiblemente la dinámica de su amistad, pero aun corrompida por las vicisitudes de la vida y el cruel abismo de las diferencias de género, el cariño entre los dos había permanecido intacto.

O de eso estaba ella convencida.

Sin embargo, recordaba con explícito detalle cuánto la había impresionado volver a verlo cuando, recién graduado, se mudó de regreso a Londres.

Se presentó por sorpresa en la residencia de los Nightingale sin haber pasado antes por su propia casa, cargado con el baúl de sus pertenencias acumuladas durante cuatro años de estudios y con unos nervios comprensibles por reencontrarse con su amiga de la infancia.