CAPÍTULO 4 #3
—Si sabe que mi padre escribió acerca de su especie en el borrador de sir William Osler, debe de ser porque trabajaron de manera conjunta en la investigación, y esto es, con su pleno consentimiento —declaró, en sus trece—. ¿Por qué se niega a que yo la continúe donde la ha dejado?
—¿No puede responderse a eso usted misma? Me negaba y me sigo negando de entrada a dicha investigación con independencia de si la emprende un médico renombrado o su hija.
Lenore se percató de que había estado apretando los antebrazos contra el pecho en una postura defensiva que no se correspondía con la inexorable atracción que la acercaba a él.
No estaba asustada por más que el instinto la instara a resguardarse, por lo que le pareció pertinente relajar los hombros y tratar de mirar a través de las sombras para atisbar su rostro, aunque fuese una sola vez más.
Trató de sonar razonable e incluso ganarse su confianza volviendo a la carga.
—Puedo comprender por qué no desearía que el mundo supiera de su existencia, señor. El pueblo perdería la cabeza y habría quienes promoverían una injusta caza de brujas por el simple hecho de no entenderle. Pero yo no pretendo herirle en modo alguno. Lo único que persigo es la sabiduría.
—Los eruditos de las ciencias como usted nunca se conforman con saber.
Tarde o temprano ansían dar a conocer las conclusiones de su estudio, si no para recibir una medalla en la Royal Society, al menos para prevenir o solo informar a la sociedad.
Y no de su descubrimiento, sino de su grandiosa inteligencia.
Aquella fue la primera vez que alguien se refirió a Lenore como un científico y no como una mera mujer, y si bien ser una mujer habría sido suficiente para ella, cansada como estaba después de haber renegado y luchado contra su género por odios heredados de sus pares masculinos, él, con una simple palabra, había elevado su condición en teoría infrahumana a la categoría de admirable.
Le había otorgado una vocación más allá de aceptar su inferioridad.
Lenore tragó saliva.
—En vista de las molestias que se está tomando para proteger su secreto, asumo que nadie sabe de su existencia, y menos aún de sus padecimientos..., porque no me cabe duda de que tener un pie en la vida y otro en la muerte conlleva, a la par que ventajas, alguna aflicción.
Hubo un breve silencio.
—¿A dónde quiere llegar ahora?
—¿No desearía algo de compañía en su padecer? —preguntó sin rodeos—. ¿No significaría nada para usted compartir con alguien su experiencia, disfrutar, a cambio, del calor humano, la comprensión y el respeto de un... —vaciló— infraser?
—Dudo bastante que su insolencia le permita considerarse un infraser, señorita.
—Según la cadena evolutiva, no soy más que eso. El homo sapiens sapiens se encuentra un escalón por debajo del homo immortalis .
Él tardó otro tanto en contestar.
—No sabe de lo que soy capaz, ¿y me concede regalada su aprobación?
—Sé de lo que es capaz, señor —contravino con una sonrisa en la voz—.
Es capaz de estrangular a una dama no en una, sino en dos primeras citas, ambas cruciales para que la susodicha se forme una opinión en firme sobre sus modales.
Pero estaría dispuesta a pasarlo por alto si como contraprestación me explicara qué atrae a los seres del mundo intermedio hacia los cuellos de las mortales...
¡y con semejante vehemencia! —apostilló con un intento de humor.
El corazón le dio un brinco motivado por la intuición de que le había robado una sonrisa.
Fue una sensación única e insólita a la que no podría haberle puesto palabras, pero decidió perderse en ella con furor.
Era casi como si la criatura se comunicara a través de reacciones corporales; de las suyas propias y no de las de él, que por lo poco que sabía parecía mantener bajo llave.
Lenore se puso rígida al sentirlo avanzar. Aunque llevaba unas pesadas botas de montar, no se oían sus pasos del mismo modo que no se oía su respiración.
Se tuvo que recordar que estaba muerto.
Por eso había podido sorprenderla en el despacho.
Y, sin embargo, también estaba vivo, porque le respondió con una amenaza socarrona y Lenore tenía entendido que el sentido del humor era un rasgo único de los humanos.
—Existe un interés personal, e incluso biológico, diría yo, de «los seres del mundo intermedio» hacia los cuellos, sí —le confirmó. Se había detenido a un palmo de su rostro—. No necesariamente de las mujeres... Aunque esa es, sin duda, mi preferencia.
A Lenore le pasó desapercibido el flirteo, entusiasmada como estaba por haberle sonsacado un dato científico.
—¿Cuál es la preferencia de los demás? Porque hay más aparte de usted, ¿no es así?
—Qué preguntas tan decepcionantes propone, señorita Nightingale. Todo lo que desea conocer se lo podría haber soplado un penny dreadful del año cuarenta y siete; no me habría necesitado a mí para nada.
Lenore trató de mantener la compostura y al mismo tiempo no espantarlo de nuevo permaneciendo inmóvil ante él. Hasta respiraba con discreción por miedo a ofenderle.
—No le estaría haciendo perder el tiempo con dudas generales si me hubiera permitido echar una ojeada a las anotaciones de mi padre antes de... acudir a mi encuentro..., señor.
—Ah, cierto es —murmuró como si acabara de recordarlo—. El manuscrito.
Lenore se vio siendo nuevamente agredida con la misma facilidad que si fuera su pequeño juguete.
No le costó empujarla contra la pared y remangarle las pesadas faldas con la mano con la que no la mantuvo inmovilizada por la cintura.
Los nervios le treparon desde el bajo vientre hasta la garganta, pero no la dominó la angustia, sino el asombro por la atractiva gentileza con la que él escarbó entre su ropa interior.
Abría la boca para gimotear una débil defensa, consciente de que no debería permitir un atropello de esa índole, cuando notó entre los muslos expuestos el frío que emanaba la criatura.
Su mano, que parecía aumentar de tamaño por momentos, aterrizó en el dobladillo de la gruesa media, ahí donde minutos antes le había parecido ideal esconder los textos de Gulliver.
En lugar de arrebatárselo sin delicadeza alguna, demostró que podía ser todo un caballero bajándole la prenda con la precaución de no tocar su carne de gallina.
Lenore jadeó en voz alta. Como verle la cara no era posible, cerró los ojos para evocar el rostro que se le había aparecido durante un delirante segundo.
Cuando ya había recuperado los papeles, le prodigó una caricia lánguida pero estremecedora al borde de su ingle.
Pese a haberla tocado por encima de las prendas, Lenore se sintió desfallecer: fue su calmada premeditación, el deseo que había manifestado de jugar con sus sensibilidades y no tanto el roce en sí mismo, lo que coloreó de rojo sus mejillas.
Su primer instinto no fue otro que separar las rodillas para invitarlo a quedarse, una reacción en la que no se reconoció pero que a la vez debía haber nacido de sus instintos más bajos, porque se sintió extrañamente liberada.
El pulso se le disparó al notar que se sumergía en ese nimbo helado que lo rodeaba. Aquello solo podía significar que se había inclinado sobre ella, y lo confirmó cuando la punta de su nariz le acarició un mechón de pelo.
—Esto es solo para que quede constancia de que puedo y sé tratar a las damas como es debido; no todo se reduce a estrangularlas —le susurró—, pero tenga presente que eso será lo que sucederá si traiciona mi confianza.
Le habría gustado defender que el manuscrito de su padre le pertenecía por derechos de sangre y herencia intelectual, pero se le había atorado la garganta y solo atinó a balbucear:
—Su secreto está a salvo conmigo.
El espíritu le volvió al cuerpo en cuanto él se separó, como también le subió la temperatura corporal varios grados. Confirmaba de este modo que la proximidad de la criatura era letal.
Y, sin embargo, una parte de sí se resistió a aceptarlo y rogó para sus adentros que no se marchara tan rápido.
Por desgracia, lo hizo después de torturarla con un silencio plagado de misterios; silencio durante el que Lenore tuvo la plena certeza de que a pesar de la oscuridad y el prejuicio de su sexo él la había visto tal cual era.