Immortalis CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Como si quisiera recordarle lo que había ido a hacer allí, la cerilla se consumió.

Los ojos le ardían en las cuencas cuando se alejó de la bata y prendió otra con las manos temblorosas.

Se dirigió físicamente al escritorio, pero todo lo demás, todo lo que no era carne y huesos, permaneció orientado hacia la prenda, como los espíritus que no cruzaban al otro lado y se dedicaban a atormentar a sus seres amados.

Tuvo que parpadear deprisa detrás del cristal de los anteojos para leer el título de los papeles amontonados junto a su cuaderno.

Sir William Osler le había hecho llegar al doctor una copia del manuscrito que publicaría al año siguiente, The Principles and Practice of Medicine .

Comprometido con la labor de editor, que de seguro el soberbio Osler no le habría pedido que desempeñara, su padre había realizado anotaciones en los márgenes: había palabras tachadas, otras rodeadas y, sobre todo, numerosos signos de interrogación.

Lenore se sorprendió riendo pese a las lágrimas.

Al menos alguien celebraría el fallecimiento de Nightingale: Osler, que había tenido la inmensa suerte de no recibir jamás el manuscrito de vuelta.

No habría soportado el énfasis con el que su padre subrayaba su rotundo desacuerdo y hasta sentenciaba: «¿De qué demonios estás hablando, Will?

Las sangrías son remedios de carnicero, ¡una práctica tan en declive como evitar el aseo!

¿O es que no has leído a Pierre Charles Alexandre Louis? ».

Pretendía dejar a un lado sus divertidos reproches y seguir investigando, pero al pasar una página se topó con una hoja escrita a mano.

El corazón suspendió toda actividad al reconocer un término en latín: Homo immortalis .

Luego retomó su pulso natural con la agitación que merecía un descubrimiento de tamaña genialidad.

Gulliver había protegido su investigación de ojos curiosos empleando el manuscrito de Osler como soporte, un pesado tratado médico que los eruditos como él, surtidos de la pertinente copia, no estarían interesados en releer.

Por si acaso, había tornado el texto ininteligible para el pueblo llano redactándolo en una lengua que ignoraban las personas de a pie.

Suerte que Lenore había prestado relativa atención a las lecciones de latín. Aunque habría de rescatar las empolvadas declinaciones de la memoria, daba por hecho que lo descifraría con tiempo y dedicación.

Dobló el manuscrito como lo permitió su grosor y se decantó por esconderlo bajo la falda. Aprovecharía la maleabilidad del papel para envolverse el muslo y lo mantendría sujeto con la media. Ya a lomos del caballo, pensaría...

La segunda cerilla se apagó de repente. El sobresalto la hizo soltarla y arrodillarse a renglón seguido para encontrarla antes de que lo hiciese un esbirro de Winthrop.

Palpaba la alfombra en busca de la anatomía familiar del fósforo cuando se topó con la superficie lisa de cuero de una bota Wellington.

La reconocería en cualquier parte de tantas veces que había aprovechado la ausencia de su padre para fantasear con que era el gran doctor Nightingale montándose en su magnífico calzado.

No le dio tiempo a asimilar que ya no estaba sola; que quizá no lo había estado en ningún momento.

Una corriente fría como el aliento de la muerte pareció levantarla del suelo, pero no fue obra de un conjuro, sino de la fuerza de una mano implacable.

Lenore sintió en sus carnes, en los vellos como escarpias y en el ardor de la sangre que aquella mano pretendía matarla.

Podría haberlo conseguido si, al estamparla contra la pared, la joven no se hubiese protegido la nuca, el punto más sensible, pegando la barbilla al pecho.

O más bien al dorso de la garra que la alzaba en vilo por la garganta.

—Veo que ha encontrado lo que estaba buscando —dijo él en tono lánguido, acentuado por el deje de un idioma extranjero.

La reacción de Lenore fue estremecerse. Un eco leve pero siniestro unía unas palabras con otras como en una sinalefa—.

Seguro que tendrá la gentileza de devolvérselo a su legítimo dueño.

—¿Su dueño? ¿Se refiere a mi padre? —logró articular.

Se había aferrado con la mano libre a la pequeña caja de cerillas. Aun luchando por su vida y por llevar aire a los pulmones, se concentró en deslizar la tapa, y cuando estuvo segura de que lograría su propósito, soltó la muñeca del agresor para rescatar un fósforo.

Lo prendió tan cerca de su rostro como lo pudo facultar el temblor de los dedos. Tal y como había sido su propósito, la llama centelleó por un instante entre los dos, tiñendo de dorado los rasgos hasta el momento secretos de la criatura.

Lenore contempló, sobrecogida, la cara de ángel caído que le fue revelada: la mandíbula alargada pero firme otorgaba un aire fiero al conjunto de su fisonomía, tallada en una piel de alabastro sin imperfecciones visibles, ni insinuación de barba, ni cicatrices, ni protuberancias o curvaturas en la nariz, que seguía su curso recta y orgullosa para apuntarla como una flecha.

Era puro como un niño recién llegado al mundo. Pero si bien poseía la clase de belleza que hería o al menos resultaba amenazante, fue el rastro de abatimiento existencial que lo envolvía lo que le robó a Lenore la respiración.

El examen estético tuvo lugar en apenas un segundo, lo que la luz demoró en extinguirse, pero fue suficiente para que jadeara por la impresión de haber mirado a los ojos al centinela del inframundo.

Él no reaccionó a su escrutinio o a su curiosidad como a la proximidad del fuego: arrugó la nariz en señal de contrariedad y la soltó para alejarse unos pasos.

Aunque la cerilla se apagó con la furia de su aliento y el despacho volvió a sumirse en la oscuridad, en la mente de Lenore permaneció el reciente recuerdo de la chispa reflejada en sus pupilas, dilatadas por la sorpresa.

—¿Teme usted el fuego, señor? —preguntó ella en voz baja.

Ardía en deseos de entablar una conversación con él. Tanto era así que había optado por olvidar enseguida las circunstancias de su encuentro y su misión. Una interacción cara a cara con el sujeto de estudio valía mucho más que ninguna teoría en firme.

—Qué interesante que ahora le parezca merecedor de un trato cortés —replicó con un rastro de ironía.

Lenore volvió a estremecerse al oírlo. Tenía la impresión de que nunca se acostumbraría—.

El otro día no creyó que mereciera un nombre; le bastó con la descripción genérica del no-muerto para dirigirse a mí.

Ella se sorprendió.

—¿Lo ofendí la pasada noche? ¿Por eso se marchó sin despedirse?

—Me marché sin despedirme y usted apareció sin presentarse. Demos por disculpadas las mutuas groserías.

Hablaba con el aplomo altivo de quien no toleraba el desaire, así como se expresaba el barón Fellowes. Si no la estuviera distrayendo el dolor de garganta, Lenore se habría reído con el ingenioso contraataque.

—Le apelaría con la justa cortesía si no me hubiera tuteado usted durante nuestro primer encuentro...

—Me parece que ya he corregido mi maleducado traspié del comienzo respetando ahora el obligado protocolo. Tendrá que entender que olvidara por un momento la educación recibida: no acostumbro a respetar como iguales a las mujeres que me persiguen.

—... y si tuviera la gentileza de darme ese nombre suyo —añadió, obviando de manera deliberada el reproche—, señor.

—Seguro que lo haría, señorita. Ya la he visto mostrarse de lo más civilizada en casos de extremo peligro, como en este preciso instante —pretendió subrayarlo con una suerte de burla.

No lo consiguió, aun así. Lenore percibió una nota de recelo y, sobre todas las cosas, su soberana perplejidad—.

Pero no pretendo quedarme a alternar. Tiene en su haber las anotaciones del doctor.

—¿Eso es lo que ha venido a buscar a su despacho?

¿Cómo sabía que mi padre había escrito sobre su condición?

—Esperó una respuesta que no llegó. Lenore tragó saliva y, envalentonada, caminó hacia donde sospechaba que aguardaba erguido.

Su presencia era como una repentina corriente de agua fría en las profundidades del mar.

Solo tenía que perseguir el origen del escalofrío—.

¿Trató con mi padre, señor? Tuvo que hacerlo si asistió a su funeral.

Y con una flor de acónito, si no recuerdo mal...

¿Era usted el sujeto inmortal de su estudio, o hablaba de... ?

—Créame, señorita Nightingale —la cortó sin necesidad de alzar el tono. Sonaba amenazante de por sí—. No quiere que responda a esas preguntas del mismo modo que no quiere salir de aquí con el ensayo de Osler encima.

Lenore se enderezó con una mueca cargada de decepción. La invadió el presentimiento de que, aunque ella no pudiera verle, él sí podía percibirla con toda claridad, y casi mejor de lo que podría reconocerla a plena luz del día.

—Veo que las características de mangoneador y autoritario no son exclusivas de la raza humana; también los machos de su especie tienden a subestimar a las mujeres.

—La diferencia, señorita, es que desobedecer a los machos de mi especie conlleva una sanción peor que una bofetada.

—Le agradezco la advertencia —replicó, ajustándose los anteojos sobre el puente de la nariz—, pero si el ser humano no ha conseguido persuadirme de los que son mis objetivos, dudo bastante que vaya a lograrlo otra casta.

—No juegue conmigo, señorita Nightingale.

—Pronunciaba su apellido con el rastro de un acento eslavo que, además de aportar una intención amenazante, sonaba misteriosamente cautivador—.

Ahora que nada en el desconocimiento, no me opondré a que conserve su vida, pero si siguiera indagando, tendría que matarla.

Hágase valer entregándome el manuscrito por propia voluntad.