Immortalis CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Lenore esperó con la ropa puesta bajo las sábanas a que Theresa pasara a desearle las buenas noches.

Puntual como un reloj —se acostaba a medianoche, así su marido intentase engatusarla con una última partida a la brisca—, llamó a la puerta de su habitación y se asomó con una sonrisa maternal.

Ella le devolvió el gesto desde la cama, tumbada en una posición incómoda y con las sábanas a la altura de la barbilla.

Nada más percatarse Theresa de que las luces de Lenore permanecían encendidas hasta tarde, habían establecido esa bonita costumbre.

Más adelante, la joven se lamentaría de que su único pensamiento durante la brevísima conversación con ella hubiera sido «márchate, márchate, márchate ya». No era justo tratar a la baronesa como una molestia cuando se había erigido su firme defensora desde su llegada a la familia.

Dispuso una serie de almohadones bajo la colcha para abultar, se calzó las botas con tacón y se acodó en la repisa del ventanal para estudiar el modo de escabullirse.

Naturalmente, nadie iba a acompañarla en la aventura. Si se lo hubiera pedido a la doncella que la había escoltado esa mañana al hospital, la habrían encerrado en Bedlam antes de que hubiese salido el sol.

Mientras se ayudaba de las repisas de las ventanas inferiores y de la misma suerte para bajar sin ser descubierta, se preguntó cómo reaccionaría Theresa en el caso de descubrir sus objetivos.

Era consciente de que en la familia se la consideraba una jovencita peculiar, pero no se señalaban sus excentricidades como un rasgo que pudiera poner en peligro la reputación de los Loxley.

Eso se debía, lamentablemente, a que percibían su interés en la medicina como una afición pasajera; incluso la ruta a través de la que procurarse la validación paterna.

Antaño se había esforzado por demostrarle a todo el mundo con su dedicación ciega que sus ambiciones académicas no caducarían pronto.

Ahora entendía que le convenía más beneficiarse de la ignorancia popular para llevar a término planes como aquel.

Si la creyeran de veras una amenaza para la reputación, habrían colocado a un criado a montar guardia en la puerta o visitarían su dormitorio a lo largo de la noche para cerciorarse de que no se movía.

Ahora iba a traicionar la confianza que su abuelo y Theresa habían depositado en ella.

«Se lo han buscado —se dijo mientras trotaba sobre los metatarsos para que los tacones no tocaran la grava del patio—. La condescendencia debería pagarse cara.»

Lenore tomó prestado el caballo más obediente y lo condujo agarrado por las riendas calle abajo.

Una vez que había perdido de vista la mansión de los Loxley, lo montó con arrojo y se alejó al trote.

Cada tanto comprobaba que el vaivén del animal no le había vaciado los bolsillos de la falda.

Había pensado que más le valdría no llevar un morral colgado del hombro por si la cazaban en plena sustracción.

Ya pensaría dónde guardar los documentos, si es que la intuición no le había fallado y de verdad encontraba anotaciones reveladoras en el despacho.

Había estimado conveniente llevar consigo una caja de cerillas, pero no velas que pudieran gotear sobre la alfombra.

Apostaba a que Winthrop, en su enfermizo afán de respetar la rigurosidad, obligaba a los criados del hospital a relatar con pelos y señales qué anormalidades habían encontrado en sus sesiones de limpieza.

Tal y como Barnes le había advertido, el hospital estaba prácticamente vacío a altas horas de la madrugada.

No se cerraban las puertas por si acaso ocurría una emergencia, como ya se había dado el caso: nunca olvidaría la truculenta historia del bebé abandonado junto a la escalinata de acceso.

La criatura podría haber muerto de frío si por casualidad una enfermera no hubiese elegido ese momento y esa noche para citarse con su amante al amanecer.

Lenore sonrió en su camino de puntillas hacia la planta superior, recordando la grandilocuencia con la que Gulliver había contado una y otra vez aquel acontecimiento.

Tenía sus relatos preferidos, como todo hombre que llevaba una fascinante vida de aventuras de piratería, pero solía decir que la supervivencia del recién nacido había sido el único hecho en sus cuarenta y cinco años que le había inspirado creer en Dios.

O, como mínimo, en que de veras había unos bienaventurados sobre la Tierra.

Insistía en que la criatura debería haber perecido. Ya presentaba signos de hipotermia avanzada y había perdido la conciencia, razón de que nadie se hubiese percatado de su agonía en la escalera.

La enfermera, sin ir muy lejos, podría haberlo pisoteado en su precipitada salida a la calle..., pero sobrevivió.

—Me gustaría saber dónde está ahora —decía a menudo.

La última vez que confesó seguir pensando en ello fue un par de meses antes de su muerte.

Estaban cenando a solas en el comedor, cómodos en un apacible silencio, cuando depositó los cubiertos contra el plato y se recostó en el sillón sin enfocar la vista.

Lenore había estado a punto de burlarse de su imperdonable descortesía hacia la etiqueta («¡Dejar así el cuchillo y el tenedor, apoyados contra el faisán!

¡Habrase visto, doctor!»), pero él la había desarmado con su vehemencia—.

Me gustaría saber si sirvió para algo que nos esforzáramos tanto para que prosperase; si dio buenos frutos y se ha convertido en un hombre de provecho.

Lenore se lo había quedado mirando con una sonrisa maternal.

—¿No cree que estar vivo ya es suficiente para valer algo?

—le había replicado en uno de sus «alardes de sabiduría misteriosa», como los describía su padre, pues de él no podría haber adquirido ese punto de vista—.

¿De veras necesita demostrar mediante grandes heroicidades que merecía esa segunda oportunidad?

Aunque Gulliver alegaba justo lo contrario —que a la existencia propia debía sacársele partido—, Lenore sostenía que todo cuanto ella abanderaba era de alguna manera consecuencia de que su referente hubiese sido el doctor Nightingale.

Volvió al presente meneando la cabeza, como las últimas veces que se había acordado de su padre. Ignoró la presión que estaba soportando su corazón y se detuvo ante la puerta del que solía ser su despacho.

Era poco habitual que un médico dispusiera de un espacio propio.

En un hospital público donde la demanda de camas era inabarcable, cada rincón despejado era susceptible de convertirse en el cuartillo de una víctima de malnutrición.

Pero Winthrop y los administradores que lo precedieron se las habían arreglado para gestionar estudios asépticos pero suficientes a las figuras más prestigiosas, a saber, aquellas que gozaran de títulos académicos.

Allí su padre había revisado historiales, completado informes, atendido las pocas consultas privadas que pasaba el hospital...

y, por qué no decirlo: seguro que también se habría encerrado a llorar con impotencia la pérdida de un paciente en cuya recuperación hubiera creído con fervor.

Se había llevado consigo a la tumba los nombres y apellidos de los enfermos, en su mayoría niños, a los que les había deseado de pleno corazón —pero en vano— una vida sana y próspera.

Lenore era su legado. Se había quedado en el mundo para recordarlos en su nombre, porque por supuesto que sabía qué fallecimientos habían alterado el ánimo optimista de su padre. No había relato de muerte que no le hubiera referido.

Solo se había reservado el de la no-muerte: el del ser non mori .

«Hay que ver —se lamentó con inevitable afecto—. Qué celoso eras de tus investigaciones.»

Empujó la puerta con cuidado y sacó las llaves de la cerradura para bloquear la entrada desde el interior. Levantaría sospechas si alguien trataba de pasar y descubría que había alguien dentro, pero mejor eso que ser cazada en flagrante delito.

Encendió la primera cerilla.

Aunque ardía en deseos de conocer los secretos del escritorio, contuvo su entusiasmo para examinar en primer lugar los títulos de los manuales de su vasta colección.

Sabía que algunos los tenía repetidos, o no con exactitud, porque el Gray’s Anatomy original del año 1858 no era la edición revisada de finales de siglo que su padre custodiaba en el despacho de casa.

La inmensa mayoría de los tomos que guardaba en el hospital era a los que más recurría para la elaboración de los diagnósticos: reconoció el revolucionario ensayo sobre cirugía antiséptica de Joseph Lister, las últimas ediciones de A System of Surgery de Timothy Holmes, el clásico manual clínico de A.

W. Barclay, la enciclopedia médica alemana de Ziemssen que doctores a lo largo y ancho de Europa consultaban para la excelencia de la práctica...

Frenó en seco al llegar al final de la estantería.

Colgados en un perchero con inevitable aire de abandono, reconoció la bata blanca con la que se vestía para los ansiados procedimientos quirúrgicos y el delantal de lino encerado que le había estado protegiendo los trajes de fluidos indeseados.

Lenore alargó una mano hacia la bata, pero la dejó caer antes de rozarla con los dedos.

La sensación de pérdida la asoló de forma repentina y con una virulencia inesperada.

No supo cómo hacerle frente.

Exhaló con brusquedad y se inclinó para hundir la cara en la bata.

El olor corporal de Gulliver había impregnado la tela.

¿Cómo no iban a quedar vestigios de él, allí, de entre todos los lugares?

Le constaba que había operado a un niño de urgencia la última vez que había pisado el hospital, y desde entonces apenas había transcurrido un mes.

Con toda probabilidad fue lo último que tocó antes de marcharse a incubar la enfermedad.

Fue como si lo estuviera viendo colgándola de cualquier modo en el perchero y a continuación calándose el sombrero de fieltro con gesto pensativo.