CAPÍTULO 3 #3
Barnes se la quedó mirando, al principio con una ligera irritación —ni el más humilde de los médicos era inmune a que se cuestionara su autoridad— y, al final, con simple y llana compasión.
Emitió un suspiro resignado y le puso una mano en el hombro, un gesto paternal que podía permitirse después de haberla visto crecer.
—Me tendrá que perdonar la grosería de hablarle en plata, Lenore, pero ¿de qué sirve ya responder a esa pregunta, querida?
Recordó lo que Isobel le había dicho una semana atrás.
«No importa lo que sea. Lo que importa es que se lo está llevando.»
—Me sirve, doctor Barnes —replicó con rigidez—, porque, a diferencia de ustedes, para mí la respuesta a la pregunta de qué padecía mi padre no era la muerte.
La respuesta era el nombre de una enfermedad desconocida de la que podré salvar a la próxima persona que la contraiga si primero consigo detectarla y luego logro curarla.
Barnes no se dio por escarmentado con el rapapolvo y sonrió con ternura.
—Había olvidado por un momento que era hija de su padre; que no ama el pragmatismo, sino el saber. ¿Qué puedo hacer por usted, Lenore? ¿Qué viene buscando?
—Seguro que nada bueno —completó Winthrop a espaldas de la joven.
Antes de girarse, Lenore se fijó en la expresión de puro cansancio de Barnes, que si no se batió en retirada para evitar el encontronazo con su odioso compañero fue por respeto al difunto Nightingale y cariño a su hija pequeña.
Hasta la primera ausencia laboral justificada de Gulliver, ocurrida cuando contrajo la enfermedad, Winthrop y su padre habían estado disputándose el control del hospital; uno por vocación y otro por razones egoístas.
El doctor Winthrop se había atribuido con sospechoso regocijo la responsabilidad de tratar con la red de donantes, en su mayoría caballeros de clase alta con los que le convenía estrechar lazos si quería recibir botellas de whisky de Glen Avon e invitaciones a prestigiosos clubes de ocio.
Y por supuesto que quería. «Pertenece a la clase social aspiracional, al fin y al cabo», acostumbraba a apostillar su padre, no sin malicia.
—Debería estar usted encargándose del ala de tuberculosos, Barnes —le recordó Winthrop con su flamante displicencia—.
No sé si se ha percatado de que hoy el hospital está particularmente saturado.
—Desvió la mirada a Lenore, a la que debía atender con los párpados entornados, tal era su estatura y su afán por menospreciar a los insolentes.
Erguido como la autoridad que era entre aquellas cuatro paredes, abrazaba el cuaderno de turnos con un solo brazo.
El otro le caía junto a la estrecha cadera con la misma intención intimidatoria que una pistola en su funda—.
No se preocupe por su encantadora visita. Yo mismo la escoltaré a la salida.
Lenore forzó una sonrisa amable.
—Venía a recoger las pertenencias de mi padre, doctor.
Tengo entendido que su despacho no ha sido vaciado y que a la institución le urge cubrir cuanto antes su vacante.
Antes de que el sustituto arroje al fuego sus anotaciones y batines para cirugía, me gustaría quedármelos.
Valor sentimental, lo llaman. No sé si habrá oído hablar de ello.
Winthrop curvó las comisuras de los labios hacia arriba, una curiosa mueca que no le había visto a nadie más que a él. No era una sonrisa falsa porque ni siquiera pretendía fingir cordialidad; tenía toda la intención de humillar al prójimo.
—He oído hablar de ello, sí. Una enfermedad de la que adolecen sobre todo las mujeres, razón por la que se las considera inadecuadas para ostentar nobles empleos como el mío.
Por desgracia, señorita, me temo que no tratamos las histerias y las nostalgias en este hospital.
De los enseres del doctor Nightingale se encargará su prima Florence —sentenció antes de que pudiese defenderse.
Si Lenore hubiese abierto la boca para quejarse, antes le habría reprochado que se refiriese a la digna enfermera por su nombre de pila, como si se tratase de una mera criada, que por denostarla a ella—.
Es a quien le corresponde por proximidad familiar, además de que, a diferencia de usted, tiene garantizado el acceso a todas las salas del edificio.
—No sabía que la correspondencia personal de mi padre y un par de instrumentos quirúrgicos merecieran ser protegidos de caer en malas manos, doctor Winthrop.
—No creo que las suyas sean malas manos, señorita; tan solo manos incapaces.
El doctor nunca desaprovechaba la oportunidad de recordarle su inferioridad.
—Trate a la señorita con el merecido respeto, Winthrop —intervino Barnes.
—Excelente elección de palabras, Barnes, porque eso es lo que hago.
Referirme a ella con el respeto que se merece.
Claro que usted y yo podríamos diferir en cuánto respeto es ese.
No crea usted, señorita —continuó el administrador con la barbilla alzada.
Una incipiente barba castaña, del mismo tono de sus cejas enarcadas, la sombreaba.
Tenía un talento encomiable para lograr que las cortesías clásicas, como el simple «señorita», sonaran blasfemas de tan peyorativas—, que no se me ha ocurrido pensar que pretende meter sus narices en los expedientes médicos que Nightingale pueda haber dejado atrás.
Las investigaciones y descubrimientos de su padre, en especial si fueron documentados en un despacho del edificio, son jurisdicción del hospital, no de su familia y ciertamente menos aún de su hija de diecinueve años.
Buen intento —se abrió para dejar de bloquearle el paso y le indicó la salida con un ademán—, pero voy a tener que invitarla a marcharse. Este no es lugar para una joven dama.
«Sí es lugar para impertinencias, sin embargo», se cuidó de espetarle.
Con mucho gusto se habría enzarzado en una discusión con Winthrop, pero su prioridad era sustraer los textos que su padre hubiese abandonado allí y sabía que sin su beneplácito no iría a ninguna parte.
Además de haberse labrado un gran nombre como profesional por haber introducido en el hospital los estudios sobre microbiología de Pasteur y Lister, Reuben Winthrop era quien recibía a la mayoría de los enfermos y les asignaba un médico, además de quien estructuraba los turnos de los especialistas.
Regentaba la clínica igual que una gobernanta su edificio de apartamentos.
Lo que tanto Gulliver como ella habían llevado peor del sujeto en cuestión no era su arrogancia, sino que tuviera razones de peso para fardar de brillantez.
No se le podía reprochar su afán de notoriedad cuando sus logros no estaban exentos de gloria, sino que para colmo constituían milagros en toda regla y brindaban tanto nuevos inversores como mejoras significativas en las instalaciones.
Y todo esto lo había conseguido con tan solo treinta y seis años.
A Lenore no le quedó otra que obedecer y dirigirse a su doncella con resignación.
Se planteó pedirle a Barnes que robara el cuaderno de turnos en una distracción de Winthrop o le escribiera una nota a Hampstead para informarla de cuándo disfrutarían de la ausencia del perro guardián.
Pero sabía que era improbable que el doctor se tomara unas vacaciones.
Había abortado toda fantasía de familia o vida propia en pro de la grandeza profesional.
Su padre había bromeado en alguna que otra ocasión con que Winthrop dormía entre los enfermos de raquitismo con tal de estar allí el primero cuando se personaran nuevos pacientes, siempre antes que el amanecer y, por supuesto, antes que su rival inmediato.
—¡Lenore! —oyó que la llamaba Barnes. La alcanzó después de recorrer la distancia con un esforzado trote. Ella ya le había hecho un gesto a su doncella para que se levantara de la banqueta—. Me disculpo en nombre de Winthrop por su vergonzosa descortesía, y...
—Yo diría que para pedir perdón en nombre de alguien, Barnes, ese alguien debería mandarle primero a transmitir dicha disculpa —se rio Lenore— y los dos sabemos que Winthrop es incapaz de arrepentirse.
—Eso es cierto —se lamentó con un suspiro.
Luego miró a la derecha y a la izquierda para cerciorarse de que nadie pegaba la oreja.
Con discreción, se inclinó sobre ella y le dijo—: Venga esta noche, bien entrada la madrugada, y no encontrará vigías ni resistencia alguna en el camino al despacho de su padre.
Winthrop se marcha a casa a las once; como mucho se deja retener hasta medianoche.
Seguro que no necesita las llaves de la habitación.
—No. Mi padre guardó una copia... —Miró de hito en hito a Barnes, aunque sin recelo—. ¿Me ayuda solo para llevarle la contraria a Winthrop... o porque soy la pequeña Noor?
—No le llevo la contraria a Winthrop. Él mismo ha dicho que solo los familiares directos pueden acceder a los documentos privados de Gulliver, y ¿qué es usted?
Además... Su padre admiraba a su prima Florence en el plano profesional, pero dudo que le hiciera ilusión enterarse de que ha metido las zarpas en sus cajones privados.
Lenore le dio la razón con un cabeceo distraído.
Ella misma era de la escuela del doctor Nightingale: le profesaba un profundo respeto a la enfermera, que no en vano había recibido de mano de la reina la Real Cruz Roja.
Sin embargo, como miembro activo de la familia siempre había dejado bastante que desear.
Florence era el ejemplo de que había que escoger entre la carrera y la prole mientras que su padre había demostrado que podía tenerlo todo.
Aunque ya no tuviera absolutamente nada.
Lenore se enderezó con una profunda inspiración y le dio las gracias a Barnes con un guiño.
Esa noche tenía una misión.