Immortalis CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—Comprensible, querida —la apaciguó ella.

—Si desposaras a un marqués, tomaría la lógica decisión de vender la propiedad y mudaros a un barrio aún más respetable. A Mayfair, con toda seguridad.

Lenore le sostuvo la mirada con una sonrisa distante, sujetando aún la copa por el fino cuello con los dedos índice y pulgar.

—Evitaría casarme con un hombre a quien poco o nada le importaran mis deseos, abuelo. Espero no pecar de exigente al añadirle esta pequeña característica al aristócrata con el que sueña usted.

El sarcasmo fue bastante menos sutil en esta segunda ocasión, pero Humbert no se percató o prefirió no acusarlo para tener la fiesta en paz.

Si bien la caza del esposo ideal no era asunto menor, Lenore se fue a la cama esa noche con las mismas preocupaciones en mente que un par de días atrás; preocupaciones que no acostumbraban a ocupar un gran espacio en la vida de una honorable señorita.

El diligente servicio de la casa había habilitado para su uso y disfrute una amplísima habitación con vistas a la vivienda vecina, una majestuosa mansión con rasgos góticos que presuponía deshabitada.

Fue en la soledad de su nuevo dormitorio donde recuperó el debate interno donde lo había dejado.

Las poéticas descripciones de su padre no serían suficientes para encontrar a la criatura de su estudio.

Cierto era que la había reconocido no ya a primera vista, sino gracias a una poderosa corazonada, pero dudaba que tras su encontronazo fuera a dejarse ver de nuevo...

o que ella volviera a amanecer tan avispada como entonces.

Tendría que localizarlo, y para esto necesitaba acceder al despacho de su padre en el hospital de Great Ormond Street.

Estaba convencida de que era allí y no en casa donde habría puesto a resguardo sus anotaciones al respecto.

Era conocedora de los métodos del doctor cuando se traía entre manos una investigación, y dichos métodos no podían ser más rigurosos.

Ni por asomo habría abandonado información de calibre sensible en una estantería al azar de su estudio doméstico, donde una incauta criada —o su aún más incauta hija menor— pudiera haber husmeado.

El saber que le había sido revelado era de los que uno debía mantener en secreto.

No solo porque pudiese cundir el pánico entre el vulgo, siempre susceptible a interpretar a las criaturas de las fábulas como una amenaza mortal y no como un regalo divino, sino porque sin pruebas que lo respaldaran sería rechazado por la mayoría de los estudiosos.

Si algo soportaba menos aún que la ignorancia, era que se burlaran de su intelecto.

Así pues, a la mañana siguiente le pidió a la doncella más discreta de la casa que la acompañara al hospital.

Con la excusa de recuperar un par de enseres personales del estudio del doctor, Lenore logró acceder más allá de las cámaras reservadas a los enfermos.

Tuvo que apiadarse de la criada invitándola a esperar en el vestíbulo; la había visto cubrirse la boca y la nariz con un pañuelo y mirar a un lado y al otro con gesto aprensivo.

No era para menos. Gulliver había ido a parar a aquella clínica en concreto porque trataba mayoritariamente las enfermedades bacterianas que llevaban asolando Inglaterra desde comienzos de siglo.

Sospechaba, aun así, que lo único de lo que la doncella se había contagiado era del extremo clasismo de su patrón, porque lo que en realidad la angustiaba era hallarse rodeada de críos harapientos.

Los pacientes superaban los doce años en muy raras ocasiones y pertenecían a estratos sociales ignorados por las clases altas, los especialistas de la medicina y a menudo también por sus propios parientes.

Eso había sido lo que había atraído al joven doctor Nightingale a las puertas de aquella clínica y no de otra de mayor enjundia cuando esta aún recibía el nombre de Hospital para Niños Enfermos, institución que se inauguró con tan solo diez camas en una casita adosada.

Los avances médicos, impulsados sobre todo por estudiosos europeos, habían supuesto la salvación de cientos de pacientes que se presuponían desahuciados desde su apertura en la década de los cincuenta.

No obstante, no había sido hasta la llegada de los Nightingale que se había convertido en una referencia nacional: Florence Nightingale, prima lejana de Gulliver, había redefinido el concepto de enfermería tras profesionalizarse en el hospital Saint Thomas promoviendo la limpieza rigurosa de los útiles, espacios y pacientes.

Su padre, por otro lado, se especializó en pediatría después de conmoverse con la situación de los huérfanos.

En sus palabras, «no era de extrañar que cayeran como chinches siendo esclavizados por la industria y condenados a la muerte prematura con el pasivo beneplácito de la Cámara de los Lores».

Con su título de especialista bajo el brazo, no admitió la réplica de sus compañeros una vez impuso estrictas reglas de higiene y asepsia.

Esto casi le costó el respeto de viejos amigos, adeptos de los procedimientos arcaicos, y también lo reflejaba en sus palabras, no creía que a un médico le conviniese «codearse con un presunto profesional que negaba la importancia de la desinfección.

¡Ni siquiera para tomar un brandy en su casa! ».

Fue uno de estos últimos presuntos profesionales el que tropezó con Lenore en el cruce de un pabellón con otro. A fin de evitar contagios, el hospital estaba segmentado en varias alas aisladas entre sí, cada una centrada en una enfermedad distinta.

—¡Señorita Nightingale! —exclamó con la voz entrecortada.

El doctor Barnes siempre iba resollando, consecuencia de arrastrar más de ciento cincuenta kilos de un lado para otro.

Se secó rápido la frente con un pañuelo empapado de tanto servir a su propósito—.

¿A qué debemos su agradable visita? Vigile por qué pabellones se mueve; está usted a punto de acceder a la nave donde tratamos a los...

—... enfermos de sarampión, lo sé. No pretendía acercarme.

—¡Ah! ¡Eso es una novedad! —exclamó con buen humor.

Se enderezó con las manos en la perfecta circunferencia de las caderas.

La cinturilla del traje con el que los médicos se uniformaban se vio en un severo aprieto cuando tomó aire—.

¿Hoy no se ha levantado con ánimos de curiosear por la zona y juzgar con crudeza nuestros modestos tratamientos?

Lenore esbozó una sonrisa convenientemente culpable.

—No le perdona usted la impertinencia a una jovencita de dieciséis años, doctor.

Barnes soltó una carcajada sana.

—Oh, por supuesto que se la perdono. ¡Y hasta se la agradezco!

Pagaría por que volviera usted a dejarle la cara de pasmo que le pintó al arrogante de Winthrop aquel día con su sagacidad.

¡Su padre y yo pasamos semanas mondándonos de la risa a su costa...

! —La amplia sonrisa se fue reduciendo en una expresión mortificada.

Escrutó a Lenore con su rasgo más llamativo, dos grandes ojos azules que, junto con el resto de sus rasgos comunes, le habían valido el apodo de Cuervo Gris; el mismo que recibió Oscar Wilde, su doble físico, en el colegio—.

No he tenido la oportunidad de darle mis condolencias.

Siento en el corazón la pérdida de su padre.

—Sé que le estimaba. Por eso me alegro de haberle encontrado —añadió enseguida, deseosa de ahuyentar un episodio lacrimógeno—.

¿No le parece que la mayoría de los diagnósticos que le achacaron eran erróneos?

¿Y que fue sospechoso que hubiese contraído de pronto una enfermedad a la que de todos modos llevaba veinte años exponiéndose en su lugar de trabajo?

Barnes sacudió la cabeza.

—Como todas las dolencias, la tuberculosis es caprichosa y traicionera. Uno nunca puede proclamarse enteramente a salvo de estas amenazas.

—Aun así, ¿no cree que los síntomas no encajaban con lo que entendemos por tuberculosis?

Barnes hizo una pausa para volver a secarse el sudor de las sienes.

Su padre, que manifestaba una curiosidad férrea por todo fenómeno insólito, se había interesado en las glándulas de su compañero hasta el punto de realizar un estudio de veinte páginas al respecto: estaba convencido de que sufría algún tipo de trastorno que le hacía sudar de manera copiosa.

Lenore apoyaba la moción. Su obesidad era un factor que considerar, sí, pero en invierno no hacía la clase de calor que justificaba tamaño sofoco.

A fin de cuentas, el hospital carecía de calefacción central.

Para preservar la temperatura de los pacientes se distribuían estufas a los pies o a los lados de las camas.

Los gastos eran sufragados por los donantes de la institución.

—Como usted sabrá, señorita —empezó con el merecido respeto hacia sus conocimientos—, no todos los síntomas listados en las descripciones de una dolencia tienen por qué cumplirse.

Hay casos «de manual», como reza la expresión, pero, por ejemplo, no todos los convalecientes de escarlatina sufren cefaleas.

Siempre le había gustado Barnes. Ya cuando era niña, el doctor destacaba entre la plantilla de especialistas porque no se mofaba de sus deseos de convertirse en un gran médico algún día.

«¿Y por qué no sucedería, señores? —solía canturrear alegremente—.

Tampoco había piratas femeninas hasta que las hubo, ¡y no sé ustedes, pero a mí no me habría gustado cruzarme con Anne Bonny! »

—No puede negarme, aun así, que haya rasgos comunes en todo cuadro sintomatológico y que por eso mismo se agrupen en un diagnóstico firme. Dudo que exista un enfermo de tos ferina que no presente episodios de tos violenta, así como es raro toparse con un tuberculoso sin fiebres.

—¿Su padre no tuvo fiebre?

—Sí, la tuvo. Pero también le salieron manchas cerúleas en el cuerpo. Eso no corresponde y ni siquiera se acerca a la tuberculosis «de manual».