Immortalis CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Pensándolo largo y tendido en los días posteriores, Lenore concluyó que, al no haber recibido una confesión explícita de parte del misterioso sujeto, sus deberes para con el estudio de los no-muertos no podían tocar a su fin.

Por desgracia, le fue imposible avanzar en la cuestión mientras se materializaban las órdenes de su abuelo.

Lenore no se había opuesto con la esperanza de que, a modo de agradecimiento o solo concesión, Humbert no se entrometiera en sus objetivos, que distaban mucho de guardar relación con las obligaciones de una señorita.

La primera noche que pasó bajo el techo de los Loxley, su abuelo no desaprovechó la ocasión de listar sus responsabilidades con el rigor por el que era conocido.

Había seguido las recomendaciones de su esposa de no atosigarla a lo largo de la cena para terminar sacándolo a colación durante la ociosa hora posterior, cuando los tres disfrutaban de una copa de brandy junto al fuego del hogar.

—Imagino que eres consciente de que estás en edad casadera —señaló Humbert.

Lenore había previsto la emboscada nada más oírle aclararse la garganta, el preámbulo habitual de una de sus sentencias—.

Cierto es que sería un escándalo que te pasearas por los salones en la inminente temporada con un vestido amarillo.

No queremos que se cuestione el saber estar de esta honorable familia...

, pero si cumpliéramos las imposiciones del luto a rajatabla, volverías al mercado con veintiún años, y eso sería inadmisible.

Además —añadió sin ocultar su desdén—, creo que estuvimos servidos de excentricidades más que suficientes emparejando a tu hermana con un simple abogado y esperando a que el tipejo se graduara para celebrar el casorio.

Sería una vergüenza que la segunda Nightingale también se conformara con un pretendiente muy por debajo de su nivel social y esperase a los veintitrés para alumbrar a su primer hijo.

—En mi humilde opinión —repuso Lenore, que había aprendido muy pronto cuándo se esperaba que aportase un comentario y en qué tono debía hacerlo—, el señor Bainbridge es un hombre muy educado y trabajador que hace feliz a mi hermana.

—Ese es exactamente el problema, Eleonora.

Que es trabajador. Las nietas de un barón nacieron para disfrutar de los privilegios de la más alta alcurnia, no para depender de que se solicite un número específico de divorcios para traer pan a la mesa.

¡Divorcios, para colmo! ¡Solíamos ser un país con principios antes de la Ley de Causas Matrimoniales!

—había añadido Humbert, escandalizado—. Quiero que tú apuntes más alto, ¿me has entendido?

—¿Tiene a alguien en especial en mente? —había inquirido ella, cubriéndose la boca con el vaso de brandy para que solo su mirada inocente quedara a la vista.

Theresa, no obstante, se percató del ligero rastro de sarcasmo y ahogó una risa agachando la cabeza.

Huelga decir que Lenore prefería ver morir las horas encorvada sobre un caso de contagio vírico que alternando con caballeretes de sangre azul.

No obstante, no podía negar que fuese diabólicamente divertido sortear las turbias aguas de una interacción social, en especial cuando ocurría en ambientes clasistas.

Estaría mintiendo si dijera que el carácter complejo de la vida pública no había llegado a picar su curiosidad.

Isobel solía reprocharle que se burlara de forma velada de todos cuantos se le acercaban con buenas intenciones, pero Lenore se justificaba con que, mientras que nadie se percatara de su profundo desdén o su aburrimiento, no la retarían a duelo por insolente.

Sin ir muy lejos, ni su mismo abuelo se daba cuenta, porque respondió desde la solemnidad.

—El legado Loxley ha de volver a significar algo, y solo será posible que alcance su antigua relevancia vinculándose de nuevo con la aristocracia.

—Pero si en el futuro Lenore desarrollara afectos por un hombre con un noble empleo y que se comprometiera con su felicidad, no dudo que darías tu bendición —intervino Theresa con naturalidad.

Se inclinó con elegancia hacia la mesilla y depositó su copa vacía—.

A fin de cuentas, la aristocracia ya no es lo que solía ser.

Prueba de ello es que tú mismo me eligieras a mí antes que a una marquesa viuda para acompañarte en tu decrepitud.

Las dos mujeres intercambiaron una sonrisa cómplice al ver al barón Fellowes torcer el gesto con la última palabra.

No se identificaba con la edad que tenía.

—Pero celebré mi primer matrimonio con la hija de un duque, como era mi obligación. Un hombre puede permitirse concesiones únicamente cuando alcanza cierta edad y su vida sentimental ya no suscita el menor interés en el escenario público.

—Bueno —suspiró Theresa mientras se arreglaba los volantes del vestido. Le lanzó una mirada risueña a su marido—. A mí me gusta pensar que también me habrías elegido para esas primeras nupcias si me hubieras conocido antes.

La señora Loxley desarmó al cascarrabias con tan simple coquetería, otro de los múltiples dones femeninos que Lenore le había admirado desde que la conoció precisamente porque los empleaba contra su abuelo.

Hasta que empezó a tratarla, no tenía en alta estima los talentos atribuidos a la mujer: las pulidas habilidades sociales y la sugestión se le antojaban recursos de segunda comparados con la dádiva y el carisma masculinos, incluso artificiosos y hasta hipócritas.

Lenore prefería ir de frente en todos los casos.

Pero Theresa la había condenado a reconocer en las damas a los verdaderos genios detrás de un éxito.

Había llegado a su vida hacía tan solo dos años.

Nunca olvidaría los momentos clave que la ayudaron a formarse una opinión de ella antes de que apareciese, entre ellos la tarde que su abuelo se presentó agitado como nunca en el vestíbulo de su antigua casa.

Dicho nerviosismo levantó sospechas ya en el recibidor.

Que tardara en ceder a la invitación de Gulliver a pasar a la salita para conversar con un té delante, como el mismo Humbert insistía en que debía hacer la gente civilizada, puso la guinda al pastel.

A Lenore le había llamado la atención que no se desprendiera del sombrero, que dedicó a girar entre los dedos a lo largo de la entrevista con una impaciencia impropia de él.

Al cabo de media hora de charla informal, en la que el abuelo no se había involucrado ni siquiera por piedad hacia la exasperación que Nightingale padre y Nightingale hija sentían por el paradigmático debate atmosférico, Humbert se secó el sudor de la frente con un pañuelo bordado y se puso en pie con precipitación.

Con una proclama pronunciada a trompicones interrumpió el desternillante relato que Gulliver había comenzado sobre una mañana cualquiera en el hospital:

—He conocido a una mujer y pretendo casarme con ella.

Su padre no solo no se ofendió, sino que actuó desde la naturalidad felicitándole de palabra y luego con unas palmadas en el hombro:

—Me alegro de que la haya conocido antes de la boda, Humbert. Me consta que entre los de su especie se estila hacerlo al revés.

El abuelo jamás lo reconoció mientras Gulliver vivió, y todo apuntaba a que tampoco lo haría ahora.

Pero si bien se había opuesto con rotundidad a que su única hija, Mary Elizabeth, lo más parecido a una princesa que Londres había visto nacer desde la prematuramente fallecida Carlota Augusta de Gales, se enamorase de un humilde estudiante de medicina, había terminado profesándole un curioso afecto paterno-fraternal.

Lo demostró que el doctor Nightingale hubiese sido la primera persona a la que informó de su compromiso.

—No ha recitado con pelos y señales su exuberante árbol genealógico —había comentado Gulliver nada más despedir al suegro, sonriéndole a Lenore con diversión—, así que asumo que al no tratarse de una dama de postín el motivo del casamiento no es otro que el amor.

Lenore se había reído, encantada, como sonrió maravillada dos años después en el salón de la casa de los Loxley.

—Le agradezco a Theresa su inclinación por defender mis sentimientos —retomó con brío—, pero no estoy interesada en celebrar una boda de cuento y sí en dejar de ser una carga familiar. Le complacerá saber, abuelo, que me preocuparé de traerle un pretendiente que se ajuste a sus querencias.

—Estupendo —le celebró Humbert, erguido en su sillón con vanidad—.

Me enorgullece el profundo conocimiento que tienes de ti misma, Eleonora.

Es insólito que una mujer acepte que ha de compensar sus entrañables excentricidades con aptitudes de valor social.

Estaba seguro de que podría confiar en tu sesera y tu disposición.

Lenore no solo no se ofendió con la mención de lo que Humbert entendía como defectos, sino que leyó entre líneas que la bautizaba una vez más su Nightingale preferida.

El título, claro estaba, le había sido entregado a costa de arrebatárselo a su hermana.

La predilecta había sido Isobel hasta que su matrimonio con «la infame rata de Percival Bainbridge» la había hecho caer en desgracia.

—Sobre todo me gustaría casarme lo antes posible por la cláusula que padre escribió en su testamento —mencionó con la misma naturalidad, esperando que el ánimo no decayera antes de plantear sus prioridades—.

Si no recuerdo mal ni él me engañó al informarme, la casa de Great Ormond Street sería mía por ley en cuanto encontrara marido.

—Así es —le concedió con gravedad— pero, aunque la propiedad figurase como tuya, tu esposo habría de gestionarla para evitar tensiones maritales innecesarias.

—No me importa. No pretendo desairar a mi futuro marido bajo su techo o poner en entredicho su potestad sobre mí —recitó como el padrenuestro, sin interiorizar una sola de las palabras—.

Sepa que le agradezco que me haya invitado a pasar una temporada con usted y con Theresa, pero desearía regresar cuanto antes a la que es mi casa.