Immortalis CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

La floriografía era una de las pocas ciencias inexactas que entusiasmaban tanto al pueblo llano como a la excéntrica Lenore.

A falta de algo mejor con lo que entretenerse en su primera temporada social, en la que no habían faltado ramos de pretendientes prendados de su grosera indiferencia, había estudiado con sumo gusto y gran detalle el lenguaje de sus flores, y esto es el significado detrás de cada una de las especies.

En los cementerios nunca faltaban las rosas y los lirios blancos, que referenciaban el profundo pesar de la pérdida y la pureza respectivamente, las siemprevivas por razones obvias, y las violetas; el acónito o capucha de monje era mucho menos popular, y no era de extrañar al tratarse de una planta venenosa que podía llegar a entenderse como la insignia del antagonismo.

Lenore se fijó en la delicada languidez de la inclinación del desconocido al arrojar la flor sobre el féretro.

Al incorporarse, obtuvo por fin un destello del que era su rostro, y no porque las lamparillas de gas llegaran a iluminarlo; fue por obra de un favor de la luna llena, que parecía haberse aliado con él.

El caballero solo tuvo que alzar la barbilla para que la luz plateada le recortara la línea de la mandíbula igual que el filo de un cuchillo.

Al amparo del astro, sus labios parecieron más azules que rosados, pero no fue eso lo que terminó de sobrecoger a Lenore, sino atisbar el indicio de una mueca displicente.

Tal y como seguramente habría llegado, sellado en lo enigmático de su identidad, el desconocido se marchó.

En un primer momento, Lenore no supo cómo reaccionar.

Su gesto de levantar la cabeza, que la luz de la luna hubiera cobrado fuerza e incluso significado en el reflejo de su rostro, se le habían grabado para siempre en la memoria.

La descripción de su padre relampagueó en su mente con la contundencia de un latigazo: «Poseen la belleza lánguida de la luna y a la vez son afilados como el pedernal [...

], permanecen ocultos en las horas de visibilidad y a ojos humanos, igual que se oculta una mala intención tras la palabra».

Lenore lanzó un vistazo con tintes de desesperación al ataúd.

Por primera vez se dignaba a mirarlo directamente, como había evitado hacer durante el velatorio y la misa, y solo para disculparse con su falta de educación antes de agarrar las pesadas faldas y salir tras el gabán que ondeaba a la espalda del caballero.

—¡Espere!

Nada le decía que él fuera el ser que no podía morir, non mori , homo immortalis .

Bien podía tratarse de uno de tantos pacientes a los que su padre salvó la vida, un familiar lejano, un articulista del periódico que hubiese oído hablar de las grandes gestas del doctor y hubiera querido acudir a la ceremonia para escribir el memorándum que le hiciese justicia.

Los acertijos de su padre moribundo no disculparían su comportamiento errático a ojos de Humbert e Isobel, pero Lenore sentía que debía honrar su instinto.

Y su instinto no podía equivocarse si el caballero en cuestión huía haciendo oídos sordos a sus ruegos.

Lo que él no sabía era que, por pesado que fuera un vestido de terciopelo negro húmedo por la lluvia y por las capas de enaguas que bloqueaban el frío, Lenore corría como alma que llevaba el diablo.

Y lo que era más, no le importaba si unos pares de ojos juiciosos prestaban atención a sus tobillos expuestos durante la carrera.

Logró reducir la distancia que los separaba cuando ya habían salido del cementerio.

Las calles de los barrios residenciales estaban desiertas a esas horas.

En el fúnebre silencio de la ciudad, el eco de sus botas con tacón resonaba como una advertencia hacia el extraño, pero también como el soplo de su posición.

Estuvo a punto de resbalarse en la acera, empapada por la nieve que se derretía con el impulso de la lluvia; lluvia que, como si pretendiera convencerla de no dar un paso más, incluso castigarla por su inexorable persecución, no hacía sino arreciar.

—¡Deténgase, por favor!

Lenore tuvo que celebrar que el desconocido se hubiera internado en un callejón sin salida. Así pudo posicionarse con los brazos extendidos en la boca de la calle, jadeando por el esfuerzo.

Le habló a las sombras que todo lo devoraban con la absurda seguridad de que él seguía allí.

—Usted es el que no puede morir —atinó a decir, hiperventilando.

La paz que envolvía las certezas la inundó como una bocanada de aire limpio: ella misma había reconocido una verdad incuestionable en su inicialmente arriesgada acusación—.

Lo es, ¿me equivoco? No, sé que no me equivoco.

La criatura no-muerta, humana e inmortal, que hasta los dioses temen...

Por un momento pensó que se había quedado a solas en el callejón.

Solo se oía su propia respiración intervenida, el arrítmico goteo del agua acumulada en un toldo tratando de imitar la caída serena de la lluvia; el aullido de las ratas que habitaban las alcantarillas...

y el silencio. El silencio que atraía el miedo.

Pero no se le escuchaba a él.

La idea de haberse puesto en una situación peligrosa surcó su pensamiento de manera fugaz. No le prestó la debida atención, entusiasmada como estaba con la revelación.

Una brisa gélida le agitó los cabellos y a punto estuvo de aflojar el broche que mantenía la capa en su sitio.

Lenore trastabilló hacia atrás por la potencia de una defensa que solo podía haber venido de él; el viento soplaba del este y aquel había venido del norte, de la posición que la figura había estado ocupando hasta que reveló su desproporcionada estatura dando un paso al frente.

No pudo ver su rostro, pero no necesitó ese golpe de efecto para que su voz la estremeciera de pies a cabeza. Pareció brotar de la tierra, igual que la garra firme como la rama de un árbol que le rodeó el cuello.

—Y si hasta los dioses me temen, ¿por qué no me temes tú también?

—Yo no soy una divinidad —se oyó contestar.

Notaba la sangre agolpada en los oídos, como si su cuerpo quisiera protegerla de escuchar y sentir lo que no debía escuchar o sentir; lo que no pertenecía al mundo de los vivos.

—¿Quién eres, entonces?

—No soy nadie.

Lenore cerró los ojos. Se entregó a la sensación de ser tocada por una mano en la que confluían la vida y la muerte.

Tuvo la certeza de que la mataría para proteger su secreto, y entonces comprendió que esa era la razón por la que había corrido hacia él sin pensarlo; había querido confirmar que su padre no murió enfermo de locura para a continuación acompañarlo en la eterna sombra.

La respuesta sincera habría sido, pues, que no le temía porque no le daba miedo morir.

Pero él sí debía reservar un mínimo respeto al latido vital de los mortales, porque retiró su garra helada como si le hubiera quemado.

Lenore abrió los ojos, extrañada y hasta cierto punto decepcionada.

La noche no le tenía reservada ninguna otra revelación, como la visión de su rostro.

Lo comprendió por las malas siendo repentinamente impulsada por un viento huracanado fuera del callejón; viento que él había vuelto a ocasionar para desvanecerse.

Lenore se llevó la mano al punto que había tocado con sus dedos. Ahí donde había presionado las yemas había depositado un recuerdo de frialdad inhumana, la temperatura de la piedra y de los cuerpos en descomposición.

Inhaló con fuerza esperando averiguar a qué olía un nomuerto.

A nada, descubrió con asombro.

No olía a nada.

—¡Lenore! —oyó que la llamaban a gritos.

Se giró en dirección a la voz de su hermana y de Edward, que habían salido en su busca. Corrían calle abajo con el Jesús en la boca.

El alivio de Isobel fue palpable nada más detenerse ante ella y ponerle las manos en los hombros.

—¡Noor, Dios mío! ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué te has ido así? ¿Te encuentras bien...?

—¿Quién era ese hombre? —fue lo que preguntó Edward, resguardado por unos pasos del helor que la criatura había dejado a las puertas del callejón.

Lenore notó bajo sus dedos el esfuerzo que hacían los músculos de la garganta al tragar saliva. Se acarició distraídamente el cuello, donde supo que no tardarían en florecer los cardenales.

Sonrió para sus adentros de una manera y a la preocupada primogénita de otra distinta. Por una vez no le dolió no poder compartir con ella un secreto, incluso si poseía un carácter sobrenatural. Se regocijó en que la verdad fuera solo suya.

—No lo sé —respondió al cabo de unos segundos—, pero eso es lo que quiero averiguar.