Immortalis CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Luego las sorprendió la muerte de la madre con lo que eso conllevó: la locura que postró a Lenore y la tuvo debatiéndose entre la vida y la muerte hasta que encontró en la medicina y no en el afecto familiar su razón de ser.

La presentación de la mayor en sociedad tan solo un año después de la pérdida materna terminó de quebrar el vínculo entre ambas, pues Lenore jamás pudo perdonarle que aceptara sin oponer resistencia el sino de la mujer objeto.

Se burló a cada ocasión que se le presentó de que las crueles banalidades del mundo sensible, preñado de odas al despilfarro encarnadas en fiestas y escapadas a la modista, le hubiesen podrido el cerebro.

Siendo este el panorama, no fue de extrañar que a la menor oportunidad que tuvo, Isobel se arrojara a los brazos de Percival Bainbridge, su ahora esposo.

Aceptó sin vacilación su propuesta matrimonial; cualquier cosa mejor que continuar recibiendo los sibilinos desprecios basados en la superioridad intelectual del doctor Nightingale y de su hija y aprendiz.

Naturalmente, la vida se encargó de poner a Lenore en su lugar poco tiempo después, cuando fue ella quien debió renovar su guardarropa añadiendo un par de centímetros de bajo a los vestidos de muselina y robarles horas a las lecciones de aritmética y literatura para añadirlas al perfeccionamiento de la etiqueta y los modales, así como exigía el protocolo para entrar por la puerta grande en el beau monde .

El pasado año le había brindado perspectiva en lo que a las obligaciones sociales de las señoritas respectaba, y si bien sus sentimientos hacia la institución de la debutante y la buena esposa no habían cambiado, sí se había resignado.

Al menos, lo suficiente para ver con otros ojos la búsqueda infernal de marido que su hermana tuvo que emprender a costa de sacrificar horas de juego con ella.

Por desgracia, aun después de la bofetada de realidad, Lenore no había sabido cómo acercarse a ella.

Tampoco Isobel se había esforzado por resignificar el vínculo tras su boda, que, dicho sea de paso, había tenido regusto de funeral para la benjamina.

El patriarca había tenido que enfermar para que volvieran a coincidir bajo el mismo techo; para que se prendieran de la boca algo más que las cortesías obligadas en una breve visita de domingo, cuando la recién casada estipuló que iría a ver a su padre durante una hora exacta.

Ni más, ni menos.

Isobel podría desplegar sin la menor dificultad una cortesía y encanto deliciosos durante las mil y una noches que Sherezade dedicó a relatar sus cuentos.

Así lo testimoniaban las invitaciones a variados eventos que se le amontonaban en la mesilla del salón: sin lugar a dudas, sus pares la estimaban una criatura de incalculable valor social.

Si había reducido de manera dramática la duración de su estadía en Great Ormond Street era por razones distintas al tedio de la impostura.

Se debía a que, basándose en nada más que la experiencia, Isobel había terminado midiendo con precisión que sesenta minutos era lo que la familia Nightingale demoraba en abandonar el terreno neutro de las condiciones climáticas o el contenido de los últimos diarios londinenses y zambullirse en el debate sesudo...

o, dicho de otro modo, en el señalamiento burlón de su imperdonable falta de curiosidad científica.

Levantándose a la primera vuelta de reloj evitaba que la conversación tomara determinados derroteros, lo que, en opinión de Lenore, desmentía por completo las burdas acusaciones que su padre y ella habían vertido sobre su presunta simpleza: Isobel bien podía no tener idea alguna de medicina, pero seguía siendo más lista que el hambre.

Lenore sacudió la cabeza con resignación.

De poco servía rememorar el previsible devenir de las tardes de domingo o lamentarse porque el señor Nightingale hubiese fallecido sin reconocer el agudo pragmatismo de la primogénita.

Debía deshacerse de recuerdos que tiraran de ella hacia el pasado, incluso si le constaba que se vivía de maravilla anestesiada por la negación y la nostalgia.

Tenía que avanzar hacia el futuro, solo que anteponiendo la promesa que se había hecho a sí misma: continuar las investigaciones que su padre había puesto en su conocimiento en la medida en que los médicos de la clínica y sus propios saberes lo consintieran.

Dos empleados del cementerio habían aguardado la llegada del difunto sosteniendo las puertas de la cancela principal.

El carruaje se detuvo ante el modesto pero hermoso panteón que Gulliver mandó construir para su esposa.

Al haberle alcanzado la enfermedad en un imprevisto, ni se le había ocurrido encomendar un trabajo similar al maestro escultor que había replicado el rostro de la señora Nightingale con estremecedora precisión.

Su padre sería enterrado, pues, en un foso temporal junto a la figura de mármol de su mujer en tanto que se picaba su retrato funerario en mármol de Carrara.

Sumida en un estado de desconexión mental, Lenore vio cómo su abuelo, su cuñado y dos sirvientes de la casa cargaban el féretro.

Lo depositaron ante el joven sacerdote, que se había dignado a esperar su llegada para extender las manos y recitar una introducción generalista en tono lapidario.

A diferencia del hombre de Dios, al que lógicamente le habría motivado el deseo de cobrar sus honorarios, la mayoría de los conocidos del doctor se habían cansado de esperar el cortejo y se habían marchado.

Había que ser comprensivos. Ya se había cumplido por mucho la hora de cenar.

Lenore no había visitado jamás un cementerio a tan altas horas de la noche.

Saltaba a la vista que Isobel no opinaba lo mismo que ella respecto a la belleza del camposanto cubierto por un cielo estrellado: no dejó de retorcer las manos en el regazo hasta que Percy acudió a su lado.

Entonces respiró aliviada y se agarró a su brazo con miedo a que los espíritus se lo arrebatasen... o se la llevaran a ella, quién sabía.

Inspiró hondo para empaparse los pulmones del aire húmedo, que a tan baja temperatura ardía en el pecho como el corazón de san Agustín.

Una nube de vaho salió de sus labios al exhalar.

De niña era capaz de divertirse con aquella simpleza.

Fingía fumar en pipa, como su padre, y se esforzaba por trazar aros con el humo, siempre en vano.

Él se reía a carcajadas con la torpe chiquillada y la condenaba a admirarlo de nuevo, esta vez por razones alejadas de su inteligencia, dibujando anillos perfectos con la vaharada de tabaco.

«¡Déjame probar!», le rogaba ella. «De ningún modo.

Las señoritas no pueden ir por ahí apestando», replicaba el doctor.

«Pero ¡yo no soy una señorita!» Y él, magnánimo como era, le daba el gusto de negarle la condición que tanto la angustiaba asegurando: «Cierto es. ¡Eres un peligro!».

«Basta —se ordenó, rígida por la agonía de la remembranza—. No más recuerdos.»

En reconocimiento de la virtud de su paciencia, Lenore se fijó en los rostros de los valientes que habían permanecido a la espera, firmes y leales a la despedida como torres vigías: los doctores Ulster, Torrington y Winthrop, compañeros de oficio de su padre y grandes nombres en el hospital de Great Ormond Street; una tía lejana que solía quejarse de un dolor constante y sordo en las articulaciones y que por este motivo había exigido tratamientos semanales de manos de su padre, ¡su padre y nadie más!

Destacaba, también, el brillante inspector adjunto de Scotland Yard Edward Whishaw, quien había sido su vecino en el barrio y lo más parecido a un hijo varón que Gulliver había tenido.

Lenore sintió la mirada del policía. Siempre cálida, casi ardiendo, como el reflejo de las llamas de una fogata en el rostro. Se la habría devuelto acompañada de una sonrisa de agradecimiento si otro tipo de presencia, esta irreconocible, no la hubiese distraído hacia el misterio.

Alejado por unos pasos de la congregación, un extraño hacía bailar entre los dedos forrados de cuero una única flor.

Lenore tuvo que entrecerrar los ojos para diferenciar su silueta de las sombras, que se adherían a sus contornos como las manos de un amante fervoroso.

El desconocido se refugiaba del frío y de la ligera llovizna que los sorprendió gracias a un pesado gabán de piel hasta los tobillos y un sombrero de ala ancha pasado de moda, pero de una elegancia innegable.

Lo que captó su atención no fue tanto la ostentación de riqueza añeja como la ausencia de vaho bajo el sombrero.

Ceñuda, se fijó en la que podría ser la punta de su nariz a la espera de que tomara aire.

Hacía tanto frío que el solo acto de exhalar sumía en la niebla las caras de los congregados, mas no la suya.

Porque no estaba respirando.

El corazón le transmitió con su lenguaje único de pálpitos premonitorios que podría tratarse del sujeto que intuyó a pie de calle cinco noches atrás.

Por más que Lenore trató de pintarle unos rasgos y una intención clara, la noche se negó a revelarle uno solo de sus detalles.

Ni siquiera logró echar un vistazo a su identidad una vez concluida la misa, cuando el caballero salvó la distancia autoimpuesta para depositar sobre la tumba del fallecido la flor conocida como capucha de monje; un brote de estética sobria que no era raro de ver en ceremonias solemnes como aquella, pero que a Lenore se le antojó una elección cuanto menos curiosa.