Immortalis CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

—Lo razonable sería que te mudaras a Hampstead conmigo y con Theresa.

La condición de recién casada de tu hermana exige una mínima intimidad, al menos los primeros meses de matrimonio; tu presencia supondría un obstáculo para el, digamos, desempeño de las actividades maritales...

Y supongo que no habrás pretendido pasar los próximos seis meses de duelo a solas en Great Ormond Street.

Sería un escándalo que se supiera que una jovencita vive por su cuenta, por más honrada que sea la práctica de su luto...

—Humbert, querido —intervino su esposa, poniéndole una mano conciliadora en el hombro—, ¿no te parece que este no es el momento oportuno para debatir según qué cuestiones?

En otro momento, Lenore se habría sonreído con la sabia precaución con la que la reciente señora Loxley manipulaba a su marido.

Cuando quería imponer su criterio al cascarrabias del abuelo, le bastaba con arrojar una pregunta retórica al aire y acompañarla de una persuasiva caricia: entonces el barón Fellowes callaba obstinadamente y se fingía ofendido por la interrupción para al final terminar conviniendo con ella.

Justo lo que sucedió entonces.

Era una suerte que Theresa Loxley empleara sus excepcionales habilidades para la maquinación en el nombre del bien. Un mal uso les habría valido a todos el mismísimo Apocalipsis.

—Es un hecho que la situación de Lenore ha cambiado —repuso el barón, ceñudo—. Por su bien, cabe establecer cuanto antes cómo serán las cosas a partir de ahora.

—¿Y «a partir de ahora» significa «a partir de este preciso instante»?

—replicó Teresa con suavidad. Abarcó con un elocuente ademán la posición que ocupaban en la comitiva tras el carruaje fúnebre.

Cuatro hermosos corceles negros, emplumados para la ocasión, tiraban del landó que contenía el féretro del doctor Gulliver Nightingale—.

Seguro que has querido decir «a partir de hoy», pero no necesariamente de este momento tan delicado.

Humbert Loxley pareció reparar entonces en dónde se hallaban: camino del cementerio Kensal Green vestidos de riguroso negro.

Deberían haber emprendido el éxodo funerario a media mañana, tal y como estaba previsto, para evitar la elevada probabilidad de lluvia y congregar al mayor número de invitados. Por desgracia, una inconveniencia relacionada con una de las ruedas derechas del carruaje los había retrasado.

En el rol de organizador como suegro del difunto que era, sir Humbert se había negado en redondo a posponer el funeral —y, por extensión, el comienzo del duelo— un solo día más.

Todo imprevisto que supusiera un trastorno para el desarrollo de sus planes, en este caso la proyección del brillante futuro matrimonial de Lenore, habría de ser atajado de inmediato; incluso si ese retraso se debía al entierro de un buen hombre.

Así pues, había enviado un lacayo al camposanto para advertir al hombre de Dios contratado para la misa que no osara moverse del sitio: se oficiaría la ceremonia aquel 22 de febrero así lloviera o tronara.

Al día siguiente, Lenore se iría a vivir con él y con Theresa a las afueras de la ciudad, donde se erigía la mansión anexionada a la baronía.

No residiría allí por mucho tiempo. Solo lo que demorara en encontrar al candidato adecuado para desprenderse por fin del apellido paterno que tanta cefalea y exasperación había traído a la privilegiada vida de Humbert.

—Supongo que sí, querida —acabó cediendo el noble—. Podemos posponer por unas horas la concreción de la mudanza.

Theresa le celebró la decisión que en realidad ella había tomado con una sonrisa orgullosa.

A pesar de que la nieve se había amontonado en las calles, razón sobrada para eximir a las mujeres de formar parte del cortejo fúnebre, Lenore había insistido en caminar en procesión tras el coche.

No había soportado pensar que, a falta de familiares masculinos que cargaran el féretro hasta el carruaje y realizaran con seguridad el solemne trayecto, su padre se quedara sin un séquito plañidero que le hiciese compañía al otro mundo.

Claro que ella no lloraba. Ni en voz alta, ni para sus adentros.

En su lugar, tramaba con la obsesiva desesperación de quienes necesitan distracciones para ahuyentar pensamientos tenebrosos.

Se había aferrado a las últimas palabras de Gulliver con una obcecación tal que resultaba comprensible que su hermana, pese a ser muy aprensiva en cuestiones relativas a la muerte, se hubiese decidido a seguirla en la ruta.

O, mejor dicho, a vigilarla. Caminaba a su lado lanzándole miradas de preocupación.

Por severa que Isobel fuese, en parte debido a su compromiso con evocar la figura materna que a Lenore le había faltado, no se había atrevido a cuestionar su manera de sobrellevar la pérdida.

No le había reprochado —ni lo haría— que aún no hubiera llorado; en todo caso temía cómo acabara manifestándose su dolor, que sabía de buena tinta no sería bajo ningún concepto subestimado.

—Sabes que puedes hablar conmigo, ¿verdad, Noor? —le preguntó en voz baja. Buscó su mano enguantada en piel de cabritilla y la apretó con cariño—. No has pronunciado palabra desde hace cinco días.

—No tengo nada que decir.

—Dudo que eso sea cierto, pero incluso si tú no tienes nada que aportar, yo sí.

No le prestes atención a lo que dice el abuelo, ¿de acuerdo?

Percy y yo nos alegraríamos enormemente si prefirieras mudarte con nosotros a Bloomsbury.

Hay habitaciones de sobra, así que estarías cómoda, y a mí me encantaría que me hicieses compañía.

No se me ocurre nadie mejor con quien convivir y compartir los albures del embarazo, que no dudo que llegará más pronto que tarde.

Lenore despertó de la semiinconsciencia en la que llevaba casi una semana sumida.

Había tenido que ser la referencia a la concepción la que le recordara que aún restaba mundo por descubrir.

Miró a su hermana con los labios entreabiertos por el asombro de que no toda criatura, nacida o por nacer, se hubiera marchitado o hubiera iniciado su tránsito a la otra vida tras la pérdida de su padre.

Esbozó una pequeña sonrisa que fungía de disculpa y de enhorabuena a partes iguales.

—No he estado a la altura de las circunstancias, ¿verdad?

—le preguntó en voz baja, y le devolvió el apretón de mano—.

Tú también has perdido a tu padre; para colmo de males, a las pocas semanas de desposarte.

Y, por si fuera poco, he estado paseándome por la casa como un alma en pena sin hacerme cargo de nada salvo de mi propio dolor.

—No es así en absoluto, Noor —se apresuró a aplacarla—. Es cierto que me duelo por él, pero no es tu obligación como hermana menor ofrecerme consuelo alguno.

—¡Por supuesto que es mi obligación! No estuve para ti cuando murió madre y no lo he estado tampoco ahora que padre ya no está. Mi egoísmo ha de resultarte sonrojante, y eso en el mejor de los casos.

—No me he sentido sola. Tengo a Percy —resolvió con sencillez. «Como si eso significara algo», pensó Lenore, distraída—, y recuerda que yo ya vivía en otra casa. Es un duelo distinto, Noor.

—Aun así, el hecho de que esto haya sucedido cuando por fin empezabas a ser feliz... Debes de haber sentido que no se te concedía tregua —se lamentó, rabiosa porque su hermana, la más generosa de entre todas las mujeres, hubiese tenido que afrontar con entereza toda suerte de tragedias.

Isobel apartó la vista con una sombra de antigua amargura en el rostro. Alzó la mirada hacia el cielo nuboso. Fue como si los primeros destellos de la noche estrellada la purificasen: cerró los ojos un instante y respiró hondo antes de volver a dirigirse a Lenore con una modesta sonrisa.

—Una carta a los corintios reza que Dios no nos dejará padecer pruebas más duras de las que podamos soportar —recitó, confianzuda.

Agachó la cabeza para que el velo que le cubría la cabeza la cubriera por ambos lados y así solo su hermana viera su expresión socarrona—, pero confieso que a veces me pregunto por qué diantres no se busca otro conejillo de Indias; si es que acaso no hay más mujeres en Londres a las que torturar.

Lenore le devolvió el gesto divertido, trastocado por la nostalgia.

—¿Mujeres como tú, quieres decir? ¿Con tus arrestos? —Arqueó una ceja—. Eso lo dudo.

Aunque Isobel era reacia a los cumplidos, humildemente cristiana como era, esta vez no se defendió de sus palabras cariñosas como si la hubiera acusado de cometer un crimen.

Dejó estar el afectuoso comentario y devolvió la vista al frente con la solemnidad que exigía la ocasión, permitiendo a la benjamina fijarse en su bonito perfil.

Por más que Isobel hubiera sido dura con ella en determinadas circunstancias, a menudo espoleada por su propio e insondable dolor, mantenían una relación tan cercana como lo admitían sus distintos caracteres.

Cierto es que cuando la señora Nightingale aún vivía, tratar de convencerlas de dormir cada una en su habitación y de salir a interactuar con el medio y no solo entre ellas desencadenaba una acalorada discusión que terminaba en un mar de lágrimas.

Todo para nada, porque de igual modo las jovencitas se escondían juntas bajo las sábanas y se encerraban en un silencio del todo grosero si un agente externo, niño o adulto, intentaba penetrar sin previo permiso en el maravilloso mundo de su fantasía fraternal.