CAPÍTULO 1 #2
—Pobre padre —murmuró Isobel a espaldas de la hermana pequeña.
Debía de haber regresado a la habitación en algún momento del excitado monólogo; Lenore estaba tan abrumada que no la había oído—.
Ya no es capaz de distinguir entre los cuentos de terror que nos relataba antes de dormir y la realidad misma.
Hasta el temor a Dios le tiene alucinando.
—¿Temor a Dios? Padre jamás ha sido un hombre devoto —replicó Lenore sin apartar la vista de Gulliver.
Tenía la mirada desenfocada y, aun así, reconoció en esa expresión de alivio fascinado la misma cara que se le ponía cuando acertaba un tratamiento—.
Ni siquiera en este estado hablaría del diablo si no pretendiera decirnos algo.
—Noor, está delirando. Lo sabrías si hubieras estado aquí con él en algún momento de los últimos días. No ha dicho nada con el más remoto sentido desde el jueves. Entonces balbuceaba términos en latín y juraba ver a madre en mí.
—No me parece descabellado —lo defendió Lenore—. Eres su vivo retrato.
Gulliver volvió a apretarle la mano a su hija pequeña y la encaró con los ojos fuera de las órbitas. Había empezado a sudar con profusión.
—El secreto de la vida eterna —le dijo entre dientes— es habitar las sombras.
Lenore se inclinó hacia él con el aliento contenido.
—¿Qué quiere decir con eso, padre? ¿Ha encontrado el elixir de la inmortalidad?
A su espalda, Isobel emitió un bufido que acabó transformándose en un sollozo quebrado.
Lenore ni se planteó reprocharle su falta de sensibilidad: Gulliver había sacudido la cabeza en sentido afirmativo con una efusividad que no era del todo impropia en él.
No cuando se le había revelado una verdad que cambiaría el curso de la humanidad.
Isobel no podía entender lo que esto significaba. No había estado presente en los instantes de complicidad en los que padre e hija atinaban en sus juicios tras una larga deliberación.
—Si existe una persona en el mundo dispuesta a apoyar la locura de un hombre en su lecho de muerte, era evidente que esa serías tú —murmuró la hermana mayor.
Y se arrepentiría para siempre de haber pronunciado aquellas palabras, porque con toda probabilidad fueron las últimas que escuchó el doctor antes de entregarse a la Parca.
Como si hubiera cumplido por fin el cometido por el que había sido puesto en la Tierra, apoyó muy despacio la cabeza en el almohadón.
Se abandonó al descanso con una laxitud tal que Lenore no habría podido cuestionar la veracidad de su confesión ni aunque hubiese querido: la sonrisa serena con la que Gulliver se despidió de su familia no fue la de alguien satisfecho por haber llevado una vida plena.
Era la del genio que había encontrado solución al problema que tanto le había atormentado y cuyo secreto tenía la tranquilidad de haber dejado en buenas manos.
En las increíblemente capaces —aunque por desgracia femeninas— de Lenore Nightingale.
La joven se aferró a la sensación de que su padre le había encomendado una misión para no derrumbarse sobre su cuerpo aún caliente.
Mantuvo las rodillas clavadas en la moqueta, aunque habían empezado a dolerle, los dedos entrelazados con los de Gulliver y la vista prendida de sus pupilas por siempre dilatadas.
Se quedó allí, convenciéndose de que la enormidad de su descubrimiento debía pesar más que la tragedia de su pérdida, y lo consiguió: lo consiguió gracias a la obstinación que, paradójico o no, había sacado de quicio al doctor Nightingale, a su hermana y a su madre desde que apenas levantaba unos palmos del suelo.
—¡No lo mire a los ojos, señorita, o le llevará con él! —se horrorizó la doncella al ver que Lenore le devolvía la mirada al cuerpo exánime con turbadora fijación.
«Ojalá», pensó, pero se cuidó de verbalizarlo o darlo a entender con su expresión para no alarmar a Isobel, a quien le sobraban razones para temer cómo sobrellevaría la pequeña el segundo luto.
Thea tuvo que intervenir cerrándole los párpados al finado.
El finado. Que tan solo unos segundos antes era un hombre. Su padre.
Lenore se quedó prendada de la suavidad de aquellos párpados pintados de finas pinceladas azules, venas por las que había dejado de circular la sangre.
Se le asimilaron a las alas translúcidas de una mariposa.
La palidez cenicienta que había presentado el enfermo en sus horas límites se iba atenuando hacia la tonalidad propia del lirio, un blanco tan puro que si acaso lo sombreaba el color violáceo de las arterias.
Trajo a su mente lo que Gulliver había dicho antes de morir, cuando habló del encanto lánguido de la luna, y contrapuso el último recuerdo de su madre moribunda para aseverar, convencida, que la verdadera belleza no se sublimaba hasta la muerte; era entonces cuando adquiría la sobrecogedora categoría de lo inescrutable.
Cuando Isobel había empezado a desesperarse en sus ruegos para hacerla reaccionar, Lenore se levantó como un autómata y se dirigió a la única ventana de la estancia.
Según aprendió a los catorce años, era menester abrirlas para que el alma del fallecido no permaneciera atrapada entre las cuatro paredes a las que se habían adherido los hedores de su muerte.
Tiró hacia sí de las contraventanas de madera, que habían sellado para que no entrara el frío, y empujó los cristales hacia delante con una energía insólita, movimiento que podría haberse entendido como la desesperación de una hija condenada al luto...
o como el brío esperanzado de quien ansiaba ver de nuevo amanecer.
La brisa de la noche cerrada corrió a refugiarse en la habitación, pero antes le agitó la melena con una caricia traviesa.
Apoyó las manos sobre la repisa y se inclinó para comprobar que la calle y la ciudad seguían siendo las mismas aun después de un hecho profundamente devastador.
Pero algo llamó su atención cuando ya iba a unirse a las mujeres para rezar por el alma del doctor: una figura tan oscura como las mismas sombras del Londres que a tan altas horas de la madrugada dormía o bien perpetraba felonías.
Aquella silueta se las ingeniaba para distinguirse del marco nocturno sin halo de luz angelical que valiera.
Era difícil percibirlo, pero ella supo de su presencia, de su paciente y respetuosa compañía en la distancia, y hasta atinó a describir la forma de un elegante sombrero de copa y un largo gabán de piel.
Aunque resultaba extraño e incluso inquietante que un desconocido hubiese detenido su paseo de madrugada para orientar el rostro hacia la última fechoría de la Guadaña, lo que atrajo a Lenore en su dirección fue lo que la movía en todos los casos: la curiosidad.
Para desdicha de su hermana mayor, abandonó la habitación sin mediar palabra para investigar la misteriosa sombra.
Primero cruzó el pasillo, presa de una suerte de sonambulismo, tan aterida estaba; pero al mismo tiempo sensibilizada a la caricia de la alfombra bajo los pies descalzos, al roce de la madera de la baranda que bajaba las escaleras; a los enigmáticos crujidos de la casa, esos que de niña se deleitaba escuchando con el aliento contenido cuando se quedaba a solas en el dormitorio.
A pocos pasos del vestíbulo, la invadió una impaciencia inexplicable, alentada por la idea de que el misterio se desvanecería ante sus ojos si no se apresuraba.
Salvó la distancia corriendo y se abalanzó sobre la puerta.
Abrió de golpe con una fuerza sacada de solo Dios sabía dónde para confirmar la sospecha que la había embargado como un presentimiento; no uno malo, sino acompañado de ilusión.
Pero ya no había nadie allí.
Si es que lo había habido en algún momento.