Immortalis CAPÍTULO 1
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Immortalis

Immortalis

Por E. H. Vane

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CAPÍTULO 1

—Noor —le pareció que la llamaban desde la puerta—. Noor, querida. Ha llegado el momento.

Lenore fingió no oír la advertencia lapidaria de su hermana mayor.

Permaneció encorvada como un garfio sobre el escritorio de madera de palisandro del despacho e ignoró el paralizante dolor de cuello para acercar la llama de la vela cimbreante a sus anotaciones, unos garabatos emborronados por la urgencia y la falta de visibilidad.

Llevaba cuarenta y ocho horas buscando infructuosamente el secreto de la salvación entre los renglones de The Dictionary of Medicine de sir Thomas Clifford Allbutt.

Las largas noches de insomnio hacían arder sus ojos igual que si los hubieran atravesado dos hierros candentes.

Unos minutos antes había tenido que deshacerse de las lentes bufando por el hartazgo, pero todavía indiferente al cansancio físico, un poder sobrehumano cortesía de la enajenación.

—No logro establecer la relación entre los síntomas de padre y los diagnósticos de los últimos galenos, Bells.

El doctor Martin habló de fiebre amarilla, pero este no es un virus popular en Inglaterra, sino en las Américas, y él no presenta ictericia, sino una palidez extrema.

El doctor Winthrop proclamó que se trataba de tuberculosis por la tos sanguinolenta y, aun así, he visto a tantos enfermos de tisis que he podido detectar una variación significativa entre la densidad y la tonalidad de la sangre de unos y otros...

además de que la tuberculosis no provoca una muerte fulminante, sino eternos estertores.

El doctor Ratcliffe, por otro lado, habló de cólera debido a los vómitos y la deshidratación, pero no presenta diarrea...

Situaría el rango porcentual de acierto de sus diagnósticos, pues, en el ochenta por ciento, y como comprenderás no puedo ceder a tamaña falta de precisión...

—No importa lo que sea; tuberculosis, cólera o una gripe —interrumpió Isobel en tono perentorio—. Lo que importa es que se lo está llevando y que su único deseo es que estés a su lado cuando eso suceda.

Lenore se quedó helada, no tanto por el rapapolvo como por la certeza de que se le agotaba el tiempo.

Mantuvo la vista clavada en las letras impresas, que habían empezado a bailar una polca ante sus ojos inyectados en sangre.

Muy despacio, depositó el portavelas de cobre junto a las páginas abiertas y se enderezó vértebra por vértebra.

Le sobrevino de repente la infame cantidad de horas que había dedicado en vano al estudio.

Se pasó las manos por el escote cerrado del camisón, una prenda algodonosa y desgastada, y luego se peinó las guedejas de cabello ni rubio ni castaño, ni lacio ni ondulado.

Era una costumbre que había adquirido cuando debía esforzarse por pensar de forma innovadora.

Creía que tirándose del pelo atraería antes las conclusiones.

No podía ser la primera persona en el mundo que defendía que nada era tan inspirador como el dolor.

—Soy consciente de que en gran medida te has recluido en el despacho para no verlo vulnerable —continuó Isobel en un tono más comprensivo, que no menos apremiante—, pero así te suponga la desolación, has de ser fuerte y venir a despedirlo como es de Dios.

Lenore empujó la pesada silla de madera con la pelvis y por fin encaró a su hermana. No la miró en su precipitado y tambaleante paseo en diagonal hasta la salida, que hizo murmurando por lo bajo imprecisas reflexiones médicas.

Le pareció que dejaba a Isobel con un suspiro resignado en la punta de la lengua.

La mayor nunca se había reservado lo que le sugería que una jovencita de diecinueve años con el grandioso porvenir social de la nieta de un barón se enclaustrara en lo denominado «un espacio masculino», así pretendiera dar caza al milagro de la cura de la mortalidad.

Porque, al final, eso era lo que Lenore deseaba. No salvarle la vida a su padre, sino evitarles la muerte a todos sus seres amados.

Los pocos que aún caminaban entre los vivos.

Comprendió que el objetivo quedaba muy lejos de su consecución nada más frenar a la entrada del dormitorio principal, donde cuatro años atrás, también en los albores de un fatídico invierno, vio a su madre espirar el último aliento en idéntica postura, la de embalsamado prematuro: manos entrelazadas sobre el vientre, barbilla erguida.

Como si ansiara fundirse con la huella invisible del cuerpo de la difunta, el doctor Gulliver Nightingale había estado durmiendo —ahora muriendo— en el lado izquierdo de la cama, ese que antaño ocupó su querida esposa.

Lenore intercambió una mirada con la doncella. La suya era de pánico e impresión, mientras que la criada, cómoda en la tranquilidad de no estar perdiendo a su mayor inspiración, trataba de inspirar entereza al lance.

A lo largo del padecimiento de Gulliver, Thea había seguido a rajatabla las indicaciones médicas de Lenore.

No había detenido su encomiable dedicación ni siquiera ahora que de poco serviría aminorar las fiebres del enfermo: acababa de escurrir un paño en el balde de agua fresca para depositarlo con dulzura en la frente de su patrón.

Tan solo hacía unas semanas el doctor Nightingale había sido un hombre de gallardía, un genio médico con opiniones progresistas más allá del ámbito de la salud que se entregaba en cuerpo y alma a su vocación de ayudar al prójimo, a menudo a costa de su propio bienestar.

Negarse a acudir religiosamente a las misas de domingo no había impedido que las feligresas del barrio le profesaran el más sincero afecto.

Su dedicada labor en el hospital de Great Ormond Street con independencia del poder adquisitivo de sus pacientes y el amor incondicional con el que abrigaba a sus hijas le convertían en un buen cristiano a ojos de cualquiera.

Pero él siempre se había bastado con describirse como un mero ciudadano de a pie.

Por desgracia, el doctor no era ya más que el antecedente de un despojado. La brusca pérdida de peso le había ahuecado las mejillas y hundido la mirada, por lo general rebosante de vitalidad y, ahora, antes de que la cerrara por el peso del cansancio, vidriada por efectos de la alucinación.

Los delirios de los últimos días habían sido la razón de que Lenore hubiese huido en desbandada para refugiarse en los libros. Gulliver no habría soportado saberse víctima del deterioro cognitivo, y ella, que ante todo lo admiraba por su agudeza, menos aún.

Los médicos habían prevenido a la familia del desenlace.

Más pronto que tarde, el doliente perdería el habla y se debatiría entre la pesadilla y los espejismos de la duermevela.

Deberían haber imaginado, no obstante, que el doctor Gulliver Nightingale no sucumbiría jamás a la pérdida de facultades sin oponer cierta resistencia: Lenore observó con el alma pendiendo de un hilo que su padre separaba los labios cuarteados por la deshidratación.

No debía temer tanto como ella que el último hálito de vida se le escapara a través de la palabra, porque la llamó con una voz que no era suya.

—Noor... ¿Noor? ¿Eres tú?

La insinuación de mejora instó a Lenore a precipitarse de rodillas a un extremo del lecho y buscar su mano. Contempló una vez más los dedos huesudos y las manchas cerúleas que habían aflorado en los dorsos, en los brazos, en el pecho.

«Este síntoma no aparece en ningún tratado. Ni en el de Allbutt, ni en el del señor Willan —pensó—. No tendría que haberse considerado siquiera la fiebre amarilla.»

—Soy yo, padre. Estoy aquí.

—Lenore, esto no... No es tuberculosis.

El rostro de la joven se iluminó y le apretó la mano en señal de connivencia.

—¡Pienso lo mismo! Ha de tratarse de otra dolencia aún desconocida. Averiguaré qué la ha ocasionado y descubriré la cura, padre, se lo prometo. Usted solo tiene que aguantar unos días más. Siento que me acerco a la respuesta...

—Es obra del diablo —decretó él sin apenas despegar los labios.

La sonrisa de Lenore se resquebrajó. Aunque no miró a la doncella, supo que Thea había agachado la mirada, apenada porque el instante de lucidez hubiera sido una falsa impresión—.

De los no-muertos, ¿entiendes, Noor, hija?

Solo tú puedes comprenderlo. Solo tú puedes comprender que este es el precio que he de pagar por haber descubierto la verdad del universo; por haber desentrañado los misterios de la muerte...

El Juicio Final no es idéntico para todos, hay quienes nunca llegan a rendir cuentas ante los dioses porque incluso los dioses les temen...

—No se fuerce a hablar, doctor —le rogó Thea, esperando que se apiadara del espanto de Lenore como lo hacía ella misma. Desplazó el paño húmedo al cuello, también salpicado de manchas. El vehemente soliloquio le había tensado la garganta—. Su estado empeorará...

—¡No! —gritó, y abrió los ojos por primera vez en días.

Buscó el rostro de su hija para clavar en ella una mirada demente.

Gulliver le apretó tanto la mano que creyó que se la dislocaría—.

¡Los no-muertos, Lenore! ¡Existen! ¡Esa es la única certeza que me llevaré a los infiernos!

Los he conocido... He hablado con ellos...

Poseen la belleza lánguida de la luna y a la vez son afilados como el pedernal; permanecen ocultos en las horas de visibilidad y a ojos humanos, igual que se oculta una mala intención tras la palabra.

Son una suerte de divinidad y, a la vez, prueba fehaciente de los cursos de la brujería...

Son humanos e inmortales... Yo lo he descubierto...

solo yo... El homo immortalis , Lenore, el escalón final de la cadena evolutiva; el perfeccionamiento del hombre y a la vez su depredador... Non mori. ¡Non mori !