Capítulo 39. Dakota
Dakota
Tyre ha mandado construir una piscina climatizada cerca de la casa.
He visto el proyecto y va a remodelar el jardín, para que tenga una zona más familiar y abierta, cerrada al resto del rancho por paneles con flores y cristaleras que permitan ver lo de fuera, pero sin que nadie vea lo que pasa dentro, y en un lado una piscina climatizada con techo de cristal y una zona de gimnasio.
Si hace esto es porque confía en que yo siga aquí. Porque cree en mí.
En nosotros.
Ahora me toca a mí avanzar.
Me paso el día con la madre de Tyre, hablando y ayudándola con la ropa que está cosiendo.
No sé mucho de costura, pero algo la puedo ayudar con los botones.
Tengo sesiones con la psicóloga y veo vídeos de carreras para tomar notas y aprender.
Max viene a la hora de comer para contarme todo lo que ha pasado en los entrenamientos.
Mi padre ha contratado a dos jinetes más.
También muy jóvenes y con ganas de aprender.
—He pensado que podríamos abrir una escuela de jinetes. —Miro a Max—. O, si eso es demasiado, una escuela de verano para jóvenes jinetes. Para que les pique el gusanillo y algunos quizá acaben siendo grandes corredores.
—Lo de la escuela de verano no lo veo mal —respondo—. Yo estuve en una cuando me fui y me gustó.
Hablamos sobre esto y Max me cuenta que se ha apuntado para hacer varios cursos y además va a trabajar en un hipódromo. Me gusta ver su ilusión, me recuerda a la mía. Nunca es tarde para encontrar tu camino.
Yo también voy por el buen camino.
Mi situación mejora cuando puedo apoyar la rodilla con muletas y empiezan las rehabilitaciones. Voy hasta la zona de carreras por las mañanas y ayudo a mi padre con todo.
Tyre está muy ocupado durante el día, pero por las noches siempre duerme conmigo. Me encanta cuando entra en la cama y me abraza. Mi cuerpo se amolda al suyo como dos piezas de puzle perfectas.
No nos hemos besado, pero me muero por perderme en su cuerpo.
Sé que necesita tiempo.
—Mira, hija —mi padre abre una puerta—, es tu despacho. Y el de Max estará al lado cuando regrese.
—Pienso volver. —Max me ayuda a entrar—. Lo hemos ampliado y te he instalado en el ordenador programas para que podamos estar en contacto por videollamada y mandarte todas mis ideas.
La ilusión de Max es la mía. Quiero hacer esto más que nunca.
Podría haber sido una gran jinete, no lo fui, pero sí puedo ser una gran entrenadora. La mejor.
Es hora de que deje ir los sueños de niña, que no nacieron para cumplirse, y juegue con la nueva mano de cartas que tengo, que puede ser brillante si la dejo.
Antes de irme a la casa de Tyre, doy consejos a los jinetes tras verlos correr. Me encanta cómo me miran. Con esa emoción y ganas de ganar. Si ellos triunfan, yo lo haré con ellos.
De camino veo a Tyre montado a caballo. Al verme se nos acerca a Max y a mí.
—¿Cómo vas? —Tyre se baja del caballo y viene hasta mí.
El corazón me late tan fuerte que creo que se me va a salir del pecho. Necesito que me bese, que derribemos las murallas. Que crea que lo amo y no voy a volver a irme. Necesito sentirlo cerca.
Tyre alza la mano y me acaricia la mejilla.
—Bien. Hemos estado con los jinetes. —Se pierde en mis ojos.
—Se te ve feliz.
—Lo estoy. Dejar ir el pasado es bueno para avanzar.
—Sí.
Va a decir algo, pero luego se aparta. Odio que haga esto. Me está dando espacio, pero no lo quiero. Quiero ser como antes, antes de que me fuera por miedo a lo que él pudiera hacer.
—Tyre…
—Nos vemos luego en casa.
Sube al caballo y noto como el corazón se me rompe un poco.
—Ha dicho «en casa» —apunta Max—. Eres su chica, pero necesita tiempo para dejar de temer que salgas corriendo. Tyre no lo ha tenido fácil en la vida. No lo ha querido mucha gente. Igual que tú tienes heridas que están sanando, él también.
—Lo sé. Vamos a mi casa. —Sonríe y, cuando no puedo seguir andando con las muletas, dejo que me coja en brazos. Hoy me he esforzado demasiado.
Al llegar nos espera la madre de Tyre para comer.
Comemos con ella y por la tarde Saril se acerca con Rob.
Meissa también se pasa y miro con ella una tienda de muebles online, porque quiero dar a esta casa mi toque.
Peter está arreglando algunas habitaciones, ayudando a Tyre en sus ratos libres.
Quieren hacer una biblioteca con una zona acogedora para leer juntos.
—Si te casas con mi primo, serás mi prima—me dice risueña mientras mojamos galletas en leche en el jardín.
—Quiero todo con él. No era consciente de las heridas que tenía sin cerrar de cuando era pequeña.
—¿Y ahora?
—Ahora voy por el rancho con muletas y ha dejado de importarme que me miren. Ya no pienso en que cojeo, solo que ando de forma diferente.
—Eso es buena señal.
—Soy mucho más que alguien con andares distintos. Si la gente no lo ve, son ellos quienes tienen el problema, ¿no?
—Mientras tú veas lo increíble que eres, al resto que le zurzan.
Cuando llega la hora de irse a dormir, Tyre no ha regresado. Lo espero despierta hasta que entra en la cama.
—¿Me evitas? —le digo abiertamente.
—Sí.
—Joder, podías haber disimulado. —Sonríe en mi cuello y acaricia mi estómago—. Tyre…, no voy a irme. Voy a quedarme. —Me giro como puedo y lo miro—. Esta es mi casa, este es mi rancho y tú eres y siempre serás mío.
—¿Eso crees?
No respondo, lo beso. Me pierdo en su boca y en su cuerpo medio inclinado hacia el mío. Lo deseo tanto que me duele. Paso las manos por su cuerpo mientras él sube las suyas hasta el bajo de mis pechos, que de golpe se sienten pesados y necesitados.
—Tyre…, te necesito…
—Daki…
—Sé que lo hice mal, pero volví. Te conté quién fue, confío en ti, en nosotros. No voy a abandonarte más. Soy tuya.
Besa mi boca lentamente y me lame el labio.
Duda, pero sube su mano hasta mi pecho y gimo con fuerza cuando tira de mis pezones. Muevo mi cuerpo hasta poder restregar mi trasero con su polla. Está muy dura. Saber que lo pongo así me relaja. Tenía miedo de que no siguiera deseándome tanto como yo a él.
—No quiero precipitar las cosas…
—No me rechaces.
Duda un momento antes de buscar mi boca y besarme de nuevo. Tira de mi ropa y yo de la suya hasta quedar desnudos. Se pone sobre mí con cuidado de no hacerme daño en la rodilla. Cuando entra en mi cuerpo nos quedamos quietos.
Nuestras respiraciones agitadas son lo único que interrumpe el silencio.
—No vuelvas a dejarme.
—No lo haré nunca. Eres mi hogar.
Nos besamos mientras sale y entra dentro de mí con fuerza. Noto como me llena por completo. Como me abro a él. Le pido que vaya más fuerte. No deja de moverse con fuerza contra mi cuerpo hasta que me corro y me sigue.
Luego nos quedamos quietos, jadeantes. Abrazados y ansiando que este comienzo sea el definitivo.
Para ello tengo que dejar ir todo lo que fuimos, por todo lo que seremos.