Imbatible (Amar a un cowboy 3) Capítulo 25. Tyre
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Capítulo 25. Tyre

Tyre

Dakota apoya la cabeza en mi hombro. No quiere irse, pero se la nota cansada y se ha tocado varias veces la rodilla.

—¿Por qué no quieres irte?

—Te pareceré tonta, pero echaba de menos esto cuando estaba lejos. Ver a la gente disfrutar con la música, bailar… Quiero verlos un poco más.

—Parece una despedida, Dakota, y has jurado no irte.

—No he jurado no irme, pero no, no es una despedida. Es que me hace feliz verlos felices. —Mira a sus padres. Giran y giran por la pista como un par de adolescentes.

Mi madre está también aquí, pero, como siempre, su gesto es serio, aunque su pareja le saca más de una sonrisa. Se nota que él la quiere tal como es. Cuando nos hemos visto me ha saludado y me ha hablado de trabajo. Aun así, parece contenta. O relajada. Vivir lejos del rancho le sienta bien.

Dakota toca otra vez su rodilla.

—Vamos, anda, mañana más.

—Vale.

Cuando se levanta, le falla la rodilla y hago amago de cogerla. Me golpea para que no la haga sentir más impotente. Toma aire y empieza a andar, pero de nuevo le falla la rodilla y la cojo en brazos.

—Ni se te ocurra protestar. Si fuera al revés, me dejarías que me apoyara en ti. Además, lo hago por puro egoísmo. —Me pasa los brazos por el cuello—. Me gusta tenerte apretada contra mí, y desde aquí tengo una buena perspectiva de tus tetas.

Se ríe.

—Quiero…

—No esta noche, Daki. Esta noche ya has forzado suficiente.

—Pero quiero…

—No voy a echarme atrás. Me tienes, pero no a costa de que no disfrutes nuestra primera vez. ¿Vale?

—Vale.

Apoya su cabeza en mi hombro y deja de luchar contra el cansancio y el dolor que siente.

Vamos hasta mi camioneta y abro la puerta de su lado sin soltarla.

Luego la meto dentro. Cierro la puerta y voy hasta mi lado.

Entro en la camioneta y vamos hasta mi casa.

Al poco, Dakota se ha dormido, pero se despierta al mover la pierna en sueños.

—Eres una cabezota.

—Solo una carrera y luego…, luego aceptaré mi camino y seré la mejor entrenadora.

—Ya lo eres, no necesitas joderte la rodilla con esto.

—¿Me apoyas?

—Estoy a tu lado mientras te destrozas, ¿no te parece suficiente apoyo?

—Supongo que sí.

No comenta nada y cuando llegamos bajo para ayudarla. Está tratando de salir y la miro cabreado.

—Eres una cabezota.

La cojo en brazos y esta vez no me preocupo de su falda, lo que hace que se le suba mientras andamos.

—Ahora mismo, si hubiera alguien, me estaría viendo todo —bromea.

—¿No llevas ropa interior?

—Un tanga —admite descarada—. Tyre…

—No.

—Eres un aguafiestas.

Sonrío por cómo lo dice. Meto el código de la puerta y entramos. No la suelto hasta mi cuarto. La dejo junto a la cama.

—Tengo que cambiarme e ir al aseo, Tyre…, pero antes… —Lleva las manos a su cuello y desata el vestido tras separar la tela de sus pechos.

La prenda cae en cascada al suelo y puedo ver sus pechos, preciosos y llenos. Su monte de Venus apenas está tapado por un ridículo tanga. Sale del vestido y anda hasta su cuarto. Cojea, pero yo ni me doy cuenta, porque solo tengo ojos para los hoyuelos de su espalda y su redondeado trasero.

Al final me matará de un infarto.

***

Tras cambiarme, bajé a por agua fresca. Al regresar a mi cuarto, Dakota está tumbada en mi cama, vestida solo con una de mis camisetas de dormir.

—¿Has perdido las tuyas?

—No, pero me gusta más esta y tú no las usas, ¿no? —Mira mi torso desnudo. Solo llevo los pantalones de pijama.

—No, algunas cosas no cambian.

Le tiendo el agua fresca y coge la pastilla que ha dejado en la mesita de noche.

Se la toma y se recuesta en la cama. Se ha quitado la rodillera, que le ha dejado marcas en la piel.

Cojo crema y le doy un masaje. No llevo mucho cuando, al mirarla, me doy cuenta de que se ha quedado dormida.

Le sigo dando el masaje, pero sin movimientos bruscos.

Apago las luces y me meto con ella en la cama.

No puedo dejar de mirarla. Es raro tenerla aquí. O haber aceptado que nos vamos a dejar llevar porque forzar las cosas o limitarlas nos separa.

Esta tarde estuve con mi prima. Me contó lo que le dijo Dakota de cuando éramos pareja.

De cómo hemos cambiado los dos. Y es cierto, yo ya lo sabía.

Antes no quería besarla de forma muy ansiosa por si la asustaba y eso hacía que me alejara de ella.

Tenía miedo de ser intenso y a veces no le respondía en seguida.

Tenía tanto miedo de hacer algo mal, que me refrenaba.

—¿Por qué me cuentas esto? —le dije a Meissa.

—Porque ahora que sé que no querías perder el rancho porque ella juró volver —me miró alzando una ceja, a la espera de que se lo negara o no—, creo que debes dejarte llevar y no hacer más el tonto.

No puedo negarme la razón por la que este rancho era importante para mí. Ella juró a su padre regresar, yo quería que tuviera un rancho al que volver. Y, además, no quería que nadie destrozara nuestro banco. O nuestros lugares favoritos.

Aparto el pelo de la frente de Dakota. Se mueve y me busca. Abrazada a mí.

—¿Te vas a pasar toda la noche mirándome, o vas a dormir?

—¿No hemos quedado en que debemos dejarnos llevar sin frenarnos? —Abre esos ojos verdes que siempre me han recordado a los campos de trigo.

—Puedes seguir mirándome, claro.

Cierra los ojos y se duerme. Lo sé por cómo respira. No quiero dormirme, pero al final me duermo con ella entre mis brazos y casi me parece un sueño.