Imbatible (Amar a un cowboy 3) Capítulo 23. Dakota
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Capítulo 23. Dakota

Dakota

Gretel me espera donde hemos quedado antes de entrar en la piscina.

He estado todo el rato pensando en Tyre.

Pero, por más vueltas que le doy, sé que tengo razón.

Ayer, hablando con Meissa, me di cuenta de que como novios nos reprimimos por miedo y ahora estábamos haciendo lo mismo porque nos deseamos demasiado.

Si no ponemos fin a eso y nos dejamos llevar, teniendo claro que no queremos más etiquetas que la de amigos, todo se estropeará otra vez.

Y si tenía dudas, ayer, cuando entró en mi cuarto, supe que era eso lo que más deseaba.

Que me tocara, me besara, me hiciera de todo.

No puedo ocultar esto. Ni reprimirlo.

Y él tampoco, por eso me evita y por eso no he despertado a su lado. Que él no se dé cuenta me cabrea.

—¿Y esa cara? —me dice Gretel.

—No sé por dónde empezar. —Andamos hasta la piscina. Hoy la rodilla me duele más de lo normal y cojeo más de lo que me gustaría.

Gretel me ofrece el brazo para que me apoye en ella.

—La coja y la miss —dice una Landry, no podía ser de otro modo.

—¿Ahora las cabras hablan? —dice Gretel en alto—. No sé, lo mismo lo grabo para subirlo a redes.

Saca el móvil y nos graba a las dos.

—Esta es mi amiga Dakota, y cuando le duele la rodilla cojea, y esto molesta a las cabras. —Graba a la Landry, que ni me sé su nombre, y esta nos mira enfurecida y sale corriendo—. Ale, una mierda menos en la piscina.

Borra el vídeo y no lo sube, pero ha asustado lo suficiente a esa idiota.

Entramos en la piscina, y está ya llena de gente. Y, cómo no, me miran cada vez que ando.

—Enseña las tetas, así te mirarán los pezones en vez de la rodilla. —Gretel me guiña un ojo y yo me río por lo absurdo de su comentario.

—Estás loca.

—No, solo que hace tiempo dejé de mirarlos. —Por cómo lo dice intuyo que antes no—. Si tú eres quien más ve tus defectos, todo esto te afecta mucho más.

En eso tiene razón; si a mí me diera igual mi cojera, no me molestaría que me miraran.

—No me molesta cojear, me molesta el recordatorio de que estoy rota.

—No estás rota, estás idiota. Cuando de verdad no te importe, dejarás de ver cómo te miran.

—Vale, es cierto. Pero este dolor me recuerda que no puedo disputar carreras. Que nací con un don que nunca pude experimentar.

—Vale. Bueno, al menos tú tienes plan B, eres una entrenadora increíble. Yo no sé si seré buena veterinaria.

En septiembre empieza la carrera.

—Vas a ser buena.

—Me asusta que la gente no me tome en serio y que no vea más allá de mi corona.

No estoy acostumbrada a la vulnerabilidad de Gretel. Siempre parece brillar, o que nada le importa. Pero por un segundo he visto una de sus taras.

—Lo harán. Tal vez no al principio, pero eres cabezota, seguro que serás la mejor. Y callarás bocas.

—Eso espero. Y tú harás lo mismo cuando deje de importarte a ti. —Pasa los dedos por la cicatriz de la operación—. Tiene forma de herradura.

—Sí, eso dijo mi padre cuando la vio.

—Eres imparable, Dakota. Ni la muerte te paró. —Sonríe—. Y te dejó una herradura de la suerte para que no lo olvidaras.

La miro agitada y nerviosa. No sé cómo tomarme sus palabras, pero sí que tengo que cambiar el chip. No puedo seguir anclada.

—Y ahora, cuéntame que está pasando entre tú y ese macizo.

Se lo cuento entre susurros y me escucha atenta. Luego vamos a las duchas y en la piscina, alejadas de todos mientras hago mis ejercicios, me responde.

—Tiene su lógica. Y, bueno, ya has ido con todo y le has dicho lo que sientes.

—Sí. Y me siento bien, porque era lo que debía hacer.

—Entonces, ahora, que él decida mientras tú te paseas sexi delante de él.

—Seguro que me acusa de querer matarlo.

—Seguro. —Se ríe y yo con ella.

Nado por la piscina sin dejar de sentir las miradas de la gente. Odio que me miren y cuchicheen. Gretel sale antes que yo. Me quedo un rato, porque nada me alivia el dolor de la rodilla.

Al salir, una Landry se me acerca.

—¿De verdad vas a caer otra vez con ese? Te creía más lista.

—¿Te llamabas? Es que no me acuerdo de ti… —Me mira enfurecida.

—Soy una prima de Tyre. Marcia.

—Ah, vale. —Ando como si no me importara nada.

—La gente no cambia —grita.

Eso creía yo. Pero no somos los mismos, ni Tyre ni yo. Y me niego a creer que no puedo cambiar. Que no llegará un día en que me la sude cómo me miran porque cojeo. La gente sí cambia, y yo cambiaré.

***

Hago un buen tiempo antes de que me moleste la rodilla.

La estoy forzando demasiado. Lo sé. Por eso me detengo y, con lágrimas en los ojos, me ocupo del caballo.

La gente sí cambia, a veces por cojones.

No queda de otra. ¿Cómo puede pensar alguien que no cambiamos, cuando la vida es un constante cambio?

Tyre ha cambiado, sí, fue un mujeriego, pero conmigo era dulce, atento y bueno. Siempre tenía una sonrisa para mí. Me encantaba cuando me esperaba a la salida del instituto y me besaba delante de mis compañeras, que se morían de envidia.

Nunca me escondió, ni negó quién era para él.

Solo que yo no estaba preparada para ver todo eso. La edad sí importa cuando no estás en el mismo momento vital. No sé cuánto tiempo llevo aquí hasta que escucho pasos. Al girarme veo a Tyre.

Mi corazón da un vuelco, y más cuando se quita el sombrero y se pasa los dedos por el pelo.

Ayer lo hice yo mientras estaba entre mis piernas. Lo quiero ahí de nuevo. Una y otra vez.

—Para de mirarme como si quisieras devorarme.

—Es lo que quiero.

Se acerca y acaricia mi mejilla.

—¿Por qué has llorado? Y, antes de que me mientas, te diré que, si quieres que nos dejemos llevar con el sexo para no reprimir nada, añado hacerlo con todo lo demás. Nada de secretos o mentiras.

—¿Te lo estás replanteando?

—Llevo todo el día duro como una piedra y cabreado con todo el mundo, porque te deseo y no quiero a nadie que no seas tú. O hago algo, o me muero por falta de sangre en el cerebro bueno. —Me río y él sonríe—. Esto puede salir muy mal.

—¿Y si nos hacemos la promesa de que, pase lo que pase, siempre lo seremos todo para el otro?

—Eso sí puedo prometértelo, pero no tengo claro aceptar todo lo demás. Pero practica, dime qué pasa.

—Me duele la rodilla, y mucho.

—No deberías haber entrenado hoy.

—Solo quedan unos días y, para no cansar a mi caballo, debo entrenar días alternos.

—He hecho algo. —Parece cortado de golpe—. Habrá una carrera de mil metros. Una más corta.

—Porque la larga no la puedo correr.

—No puedes, no. No voy a mentirte más de lo que lo haces tú misma.

Apoyo mi cabeza en su pecho y me acaricia el cuello. Sujeto su camisa.

—Vale…, pero no tienes que hacer nada, asumo que no puedo correr y…

—Te prometí que correrías. Y lo harás. Mil metros, ¿vale? —Asiento—. No puedes correr una larga, pero sí ser la más rápida en una de mil metros, para eso tienes que cuidar tu rodilla hasta ese día.

Noto como me alivia saber que podré correr, aunque no una carrera larga. Podré correr.

—Gracias, Tyre, por entender mejor que yo misma mis limitaciones.

—Tu vida no será como has soñado, pero quiero que seas feliz.

Si no estuviera ya loca por este hombre, creo que ahora mismo lo amaría para siempre. Alzo mi cabeza y lo beso. A la mierda sus dudas.

Soy adicta a su boca, y más cuando toma el control y me besa como si no pudiera vivir sin sentirme cerca. Enredo mis manos en su pelo y nos devoramos la boca como dos hambrientos. Muerdo su labio inferior y luego paso mi lengua por él. Gruñe y mete la suya en mi boca.

—Joder, Daki…, no me dejas pensar.

—Solo ha sido un beso.

—Sí, algo que ayuda mucho a lo de ir duro todo el puto día. —Me da un beso leve—. Vamos a acabar esto y nos vamos juntos a casa.

—Me gusta cómo dices «casa». Como si fuera mía.

—¿Te vas a ir, acaso?

—De momento, no. La verdad, me gusta mi cuarto, las vistas, y tú para follarte cuando quiera.

Tyre gruñe. Yo me río. Lo abrazo y me devuelve el abrazo. Todo va bien hasta que, al andar, me duele la rodilla. Me coge en brazos para que me siente mientras él acaba. No protesto; si quiero correr esa única carrera, tengo que cuidarme.

Al acabar me coge a coscoletas. Me río, es como volver al pasado. Cuando nos hicimos amigos. Me cargaba así para llevarme por el rancho. No sé cómo pude creer que alguien como él podía engañarme.

Nos pasábamos horas hablando. Éramos amigos antes que nada. Duele saber que lo estropeé todo.

Tyre solo quería ser amado. Y me amó.

—¿Qué piensas? —dice cuando estamos a punto de llegar.

—¿Cómo sabes que estoy pensando?

—Porque lo haces muy alto y porque estás callada.

—Bueno, estoy disfrutando de meterte mano. —Se gira y lo beso.

—Di.

—Me siento mal por lo que te hice…

—Era lo que tenía que pasar.

Entramos en la casa y me deja en el suelo.

—Pues vaya mierda.

—Mira, no te lo tomes a mal, pero no seríamos quienes somos ahora si hubiera salido todo bien.

Y me gusta quien eres ahora. Cuantas más cosas conozco de esta nueva Dakota, más me gusta.

Y esa seguridad no estaba en ti hace diez años.

Y si para eso he tenido que vivir un puto infierno, pues bien.

Porque esta mujer que eres ahora es increíble.

—Joder, Tyre…, eso es bonito y triste a la vez.

—Bien, pues deja de pensar en el pasado. Pasó, no se puede cambiar. Miremos hacia delante…

—Y te dejas llevar conmigo.

—Solo me lo estoy pensando. Y ahora, sube a cambiarte para comer.

—No tengo hambre, solo quiero acostarme y descansar.

Asiente y subo a mi cuarto. Me cuesta dormir. Ojalá pudiera mirar al futuro sin un recordatorio de mi pasado tan doloroso.

Asco de rodilla…