Capítulo 22. Tyre
Tyre
Dakota quiere matarme.
Se lo ha propuesto.
Lo va a conseguir.
O me la follo, o moriré por dolor de huevos.
Noto su culo pegado a mi polla. No sé cómo me convenció para dormir juntos en mi cama. Que estaba más limpia, que podíamos hablar de nuestro día juntos y así no dejar que el sexo empañe las cosas. La cabrona sonrió, de esa forma de «sé que te voy a joder, pero no sabes cómo».
Y aquí estamos. Ella dormida y yo empalmado recordado su sabor, su sexo en mi boca y mi semen bañando su trasero.
Salgo de la cama y me marcho a trabajar. Me da igual que no haya empezado a cantar ni el puñetero gallo. O salgo de aquí, o follamos y luego a ver cómo seguimos llamándonos amigos.
Me pongo a revisar a los animales para comprobar que todo está en orden y funcionando bien. Estoy agitado y no dejo de pensar en Dakota. En su cuerpo desnudo y su sexo en mi cara. Joder, volvería a la cama a perderme en su cuerpo una y otra vez, o solo para dormir con ella.
Ha cambiado. Antes le costaba pedirme hasta un beso. Ahora me exige que me corra sobre su trasero.
Madre mía…
Y yo que me creía un experto en artes amatorias, llega mi ex y me deja a la altura del betún.
—Tienes una cara de mierda. —Giro la cabeza y veo a Lars bajar de su caballo y acercarse tras dejarlo atado y darle algo de comer.
—Tengo una ex que me está volviendo loco.
Se ríe.
—Pues mi mujer quiere hacer esta noche fiesta de chicas en casa e intercambiar ropas para ir sexis a las fiestas del pueblo.
—Seguro que mi prima sabe algo y quiere joderme más la existencia.
—¿Tan malo es?
—¿Te costó resistirte a Meissa cuando sabías que no debías?
—Me costó, sí.
—Pues Dakota ahora me tienta y me pone la miel en los labios.
—Joder…
—Sí, joder. Yo quiero hacer las cosas bien, ser amigos. No joder las cosas, y ella parece decidida a que seamos amigos pero con derechos.
—Madre mía. —Se pasa la mano por el pelo castaño—. ¿Tan malo sería caer? Lo mismo algo quedó entre los dos anclado hace años y si os dejáis llevar se apaga y podéis ser solo amigos.
—¿Y si lo jode todo?
—También lo hará si te alejas de ella por miedo a dejarte llevar.
En eso tiene razón.
—Vamos, que estoy jodido haga lo que haga.
—Sí.
No decimos nada el resto del tiempo revisamos cosas hasta que regreso a mi casa para darme una ducha y cambiarme para irme al puesto. Entro pensando que Dakota se habrá ido, pero no, está en la cocina con una de mis camisas y nada más.
Se gira y me mira divertida.
—Te doy miedo.
—Buenas —le gruño.
—Buenas. —Viene hacia mí. Con los labios aún rojos por mis besos, la marca de la sábana en la cara y el pelo cobrizo despeinado. Entonces se alza y me besa. Joder. Quiere matarme—. Así sí son buenos días. Amigo…
—Confiesa, tienes un pacto con Meissa para matarme y quedarte con mi parte del rancho. —Se ríe. Se ríe tan fuerte que al final noto como se elevan las comisuras de mi boca.
—No. Solo me he dado cuenta de que soy más feliz si no pienso. ¿Me apetece besarte? Te beso.
—Claro, es lo normal que hacen los amigos. —Me sirvo café, que por suerte ha hecho de más, y me lo bebo de un trago.
—No, no es lo que hacen todos los amigos, pero nosotros no somos como el resto. —Da un trago a su café—. Lo nuestro se cortó de golpe por mis dudas de mierda y mi inseguridad.
—Yo tampoco fui el mejor novio del mundo.
—Sí lo fuiste, pero como amigo eras mejor.
No tenías miedo de cagarla o de no ser lo suficientemente perfecto.
—Estamos poniendo las cartas sobre la mesa y sienta bien.
Nos sentamos a la mesa juntos—. Mira, Tyre, yo estaba loca por ti y a la vez no entendía qué podías ver en mí.
Ayer lo hablé con tu prima. Como amigos éramos geniales, nos hacíamos bromas, no teníamos la presión de ser perfectos, ni el miedo a hacer algo mal que lo estropeara todo.
—Cierto.
—Pero a todo eso ha sobrevivido lo único en lo que éramos increíbles…
—El sexo. —Asiente.
—Y no hicimos muchas cosas por mi edad. A lo mejor todo este fuego es porque llevamos años ansiando saber qué hubiera pasado si nos hubiéramos dejado llevar. Si lo hacemos ahora, tal vez se enfríe y podamos ser solo amigos sosos.
—Has dicho «tal vez», Daki, porque ni tú te crees que dejándonos llevar no se jodiera todo.
—Pero he estado pensando: la otra vez nuestra historia de novios se jodió por nuestros miedos, las inseguridades y la necesidad de ser perfectos. ¿Acaso no temes que ahora nuestra amistad se joda porque nos reprimimos sexualmente, y eso hará que te alejes de mí cada día un poco más?
No tengo nada con lo que rebatirle.
—Me estás rayando para que ceda.
—No, para no perderte. Solo quiero dejarme llevar contigo sin miedo, sin prejuicios y sin que cómo deberían ser las cosas lo joda todo. Somos adultos, Tyre. Los adultos follan.
—Claro, yo lo hago cada día —ironizo.
—Antes sí.
—Ahora no, ya te lo dije: me cansé del sexo de mierda solo por apagar el fuego que nunca se apaga.
—¿También te pasa conmigo?
—Sabes que no. Pero no estás teniendo en cuenta una cosa, Dakota: ¿qué pasa si el amor entra en juego de nuevo? ¿O si alguno de los dos quiere algo más?
—Pues se dice.
—Que lo veas todo tan fácil me hace preguntarme si te has dado un golpe en la cabeza o si el sol te ha frito los sesos.
—No es eso, Tyre. Llevo años huyendo de aquí por miedo. Estoy cansada de tener miedo de todo y bastante tengo con mi rodilla como para no permitirme ser feliz contigo.
Entonces lo veo claro, esta necesidad de ella de desviar la atención hacia otro lado.
—Ah, es eso, quieres usarme sexualmente para no pensar en tu rodilla.
—En parte sí, y en parte porque me gustas, Tyre. Y no, no hay posibilidad de que te vuelva a amar porque ya lo hago, idiota. Nunca te he olvidado, pero eso no cambia que te quiera como amigo por encima de todo. ¿Ves?
Me deja sin palabras y más cuando se levanta, lava su taza y se marcha tras decirme que va a la piscina como si nada, como si no acabara de confesarme que siempre ha estado enamorada de mí. Y, joder, yo también, pero, como ella, valoro más nuestra amistad. ¿Y si esta loca tiene razón? ¡Ni idea!
Ahora mismo no sé si me gusta o me cabrea esta nueva Dakota.
Nada está saliendo como tenía pensado cuando supe que ella regresaría. Todo esto, por supuesto, no lo vi venir.