Imbatible (Amar a un cowboy 3) Capítulo 13. Dakota
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Capítulo 13. Dakota

Dakota

Ayer volvimos ya de noche de casa de Meissa, tras una tarde de juegos de cartas y piscina.

Perdí a todo y, para sorpresa de todos, menos mía, Gretel ganó a todo.

Yo sabía que era buena, porque la ha visto jugar.

Al parecer, aprendió con la gente de los eventos.

Y mientras su madre dormía, jugaba con sus compañeras y les ganaba.

Gretel estaba en su salsa, y Tyre… Tyre parece otro. Más relajado, menos a la defensiva. No era así antes. En el rancho Landry siempre estaba listo para la pelea, pero yo no es aquel joven del que solo se esperaba eso o que ligara con mujeres.

Y me gusta este cambio. Me gusta cómo pica a Gretel y cómo habla con su prima con tanto cariño.

Tyre ya no está solo. Y es bonito ver que tiene algo más que una madre fría como una piedra.

Y a propósito de la madre de Tyre, la veo acercarse a mí. Ha vuelto de su viaje. Se va a quedar en el pueblo con su pareja.

Es una mujer menuda, más que yo, y no se parece nada a Tyre.

Al verme no se acerca para darme dos besos o un abrazo, tampoco lo espero de ella.

Estoy viendo montar al nuevo jinete. Y puede llegar a ser muy bueno; es joven, tiene dieciocho años y el sueño de ser el mejor.

Está dispuesto a dejarse la piel, que es justo lo que necesitamos. Alguien con ganas.

Pero está muy verde para la exhibición de este verano.

—No he podido venir antes a verte, estaba de viaje.

—Y yo que pensaba que estabas muy ocupada haciendo compotas de manzana.

—Qué graciosa. —Sonríe.

Con Egna es mejor ser así. Cuando yo era pequeña, hacía compotas de manzana para todos.

—¿Cómo ves a mi hijo? —No me mira, lleva la vista hacia la zona de carreras.

—Mejor que nunca.

—Sabía que te darías cuenta de que al fin ha dejado de sentirse como si debiera algo a alguien por haber nacido.

—No tener a su abuelo diciéndole lo mucho que odia su existencia ayuda.

—Sí, ese hombre era un demonio. Te perdiste los últimos años. Odiaba a muerte a Tyre, por eso no le dejó el rancho. —Veo dolor en sus ojos. Es fría, pero quiere a su hijo más que a nada.

—¿Quieres advertirme de que no le haga daño, o algo parecido?

—No, solo quería verte. Tú también has cambiado.

—Al final, los años son experiencia.

—Sí… ¿Has venido para quedarte?

—¿Sinceramente?

—Sabes que odio que la gente se vaya por las ramas.

—Tenía pensado irme cuando pasaran unos meses, pero ahora no sé si podría hacerlo. Aunque odiaba este lugar, lejos de él tampoco es que me fuera mejor.

—Naciste aquí, te guste o no llevas estos campos en la sangre.

—Sí.

—Tu padre me ha llamado para contarme tu loca idea de correr una carrera.

—Ya sabía yo que por algo estabas aquí.

—He prometido a tu padre que vendría a hablar contigo y aquí estoy.

—¿Y?

—No te diré que no lo hagas, te vimos crecer.

Deseabas ser jinete más que nadie. Esa caída te destrozó la vida.

Pero también te dio algo: un mejor amigo.

Seguramente, de no estar tan deprimida, no te hubieras permitido dar una oportunidad a mi Tyre.

Solo quiero decirte que corras, haz lo que tengas que hacer, pero que si no puedes seguir, pares.

No serás jinete, pero seguro que si la vida te dio a alguien como Tyre en ese momento, también te tiene preparado algo grande.

Pero si te matas…, bueno, los muertos no pueden volver a sonreír, ¿no?

—Está claro que no.

Y, sin más, se marcha. Viene, te suelta lo que piensa y te deja rayada todo el día. Lo peor es que tiene razón. Tyre y yo nos hicimos amigos a raíz de que me rompiera la pierna. Si eso no hubiera pasado, tal vez nuestros mundos nunca hubieran colisionado.

Ahora tengo que ver si, llegado el momento, me forzaré o sabré decir basta si tengo tan cerca correr una carrera. Solo una. No pido más.

Tyre

Llego a casa tarde y cuando voy hacia el despacho escucho pasos por las escaleras. Me giro y veo a Dakota con una toalla anudada en el pecho y las tiras del bañador sobresaliendo atadas a su cuello.

—Voy al jacuzzi , he tenido un día intenso y quiero relajarme. ¿Te apuntas?

—Tengo que revisar unas cosas importantes.

—Vale. He dejado cena hecha en la cocina, bueno, la trajo tu madre y la dejó con una nota. Ha estado hoy por el rancho.

—Sí, la vi. Ha vuelto de sus vacaciones, va a trabajar cosiendo ropa en su casa. Quiere algo más relajado.

—No ha cambiado nada.

—No. —Sonrío con cariño, porque mi madre no va a cambiar, es así, y tampoco quiero que cambie.

Que yo sea más cariñoso no la convierte a ella en una mala madre. Cada uno da lo que tiene. Aunque a veces me gustaría abrazarla. El problema es que temo que me rechace. Y no quiero vivir con ese recuerdo.

Dakota se despide de mí y me marcho a trabajar sin poder dejar de pensar en ella en el jacuzzi .

Al final, cansado de no dar una, subo a ponerme un bañador negro y busco una botella de buen vino.

Salgo y la veo con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en uno de los respaldos.

Este lugar tan pijo no debería gustarme tanto, pero he de admitir que lo uso bastante.

Me mira cuando entro en el agua tras dejar las copas. Le sirvo una y cuando la prueba gime de puro placer. Su gemido va directo a mi polla y ansío sacarle más. No, joder, los amigos no se desean.

—Es muy bueno.

—Sí, es una prueba. —Me mira curiosa—. Vendemos nuestra mejor uva a una bodega de la zona.

La etiqueta no lleva nuestro sello, pero si sale bien podemos ganar mucho con ello.

Lo hacen en el rancho Bennet. Tras muchas pruebas con la zona ecológica decidieron dedicarla a una sola cosa.

Las uvas. De calidad. Las mejores. Fue idea de Max.

—El futuro marido de Gretel. —Sonrío.

—No sé si Max volverá algún día, pero como Gretel salga corriendo tras él con la corona y las botas de cowboy , se marcha. —Se ríe, seguro que de imaginarla.

—Es que la estoy viendo. A veces siento que ella es así para ocultar todos sus matices de gris.

—Todos fingimos ser lo que no somos para que la gente no vea nuestro dolor.

—Ya.

—¿Te gusta el vino?

—Mucho, es muy suave —Da otro trago—. ¿Has visto a Max?

—Sí, cuando comentó la idea de centrar todo lo de la zona ecológica en una sola especialidad, alguien tenía que ir a la ciudad a visitar bodegas.

Todos tenían algo que hacer cuando Max podía, así que me ofrecí a ir yo.

Tiene una mente brillante. No sé como puede acumular tanta información en esa cabeza.

Nos llevamos bien y hablamos casi todas las semanas.

Siempre tiene ideas para mejorar las cosas.

—Yo lo recuerdo de pequeña. Pero lo veía siempre con libros y distante.

—Sí, pero siente que vivir aquí lo asfixiaría. Mis primos le jodieron la vida de crío por ser un cerebrito.

—No lo sabía, qué mal.

—Sí.

Da un trago y de nuevo emite esos gemidos que me van a volver loco. Intento no mirar sus pechos sobresaliendo del agua, pero es imposible. Su cuerpo tiene más curvas atractivas. Me vuelve loco toda ella.

—Tu madre me ha dicho que si no me hubiera roto una pierna nunca hubiéramos sido amigos. Que me quedé sin ser jinete, pero la vida me mostró otro camino: tú.

—Mi madre y su forma de ver la vida.

—Creo que es verdad. Tú y yo nos llevamos cuatro años. Ahora no se nota, pero antes eran un abismo. Y te acercaste a mí porque odiabas verme triste. Me traías flores para verme sonreír.

—¿Tanto se notaba? —Asiente.

—Al final, nos hicimos amigos mientras yo me estaba ahogando por la tristeza. Fuiste mi salvavidas. Eso no hubiera pasado de no haberme roto la jodida pierna.

—Y te ha dicho eso por…

—Porque mis padres la han llamado. Y quiere que corra, pero que sepa decir «no puedo». Al final, la vida me mostrará mi camino. Uno que solo recorreré porque no puedo ser jinete. Ah, y también me dijo que los muertos no pueden volver a sonreír.

—Bueno, es un buen consejo.

—Ya… Creo que, aunque soy entrenadora y me gusta, en el fondo no he dejado de ser jinete. O de esperar un milagro.

No digo nada, no puedo. Como ella, he perdido mucho y he tenido que aceptar cómo son las cosas, pero nunca me rendí.

—Un día tendrás que aceptar que no puede ser.

—No sé rendirme —admite. Pero lo sé.

Cuando nos miramos no puedo evitar pensar que conmigo sí se rindió.

Tal vez no estaba tan enamorada de mí como yo de ella.

Y no la culpo. Una cosa es querer a tu mejor amigo, desearlo, pero amar a alguien es para toda la vida.

El amor se te mete bajo la piel para destrozarte los cimientos y crear unos nuevos donde nada será igual.

—Entonces, no lo hagas.

—¿Puedo confesarte algo?

—Sabes que puedes decirme cualquier cosa que te pase por la cabeza.

—Tengo miedo… Miedo de que algo pase y no pueda correr esa única carrera.

Para ella es importante. Lo puedo ver en su respiración agitada y en sus ojos verdes.

—Te juro que haré lo posible para que la corras.

—Ty…

—Confía en mí. Pero si yo hago lo imposible porque estés ahí, haz tu lo imposible por estar solo si estás bien.

—Lo haré. Muerta no puedo volver a sonreír.

—Mi madre y sus frases. —Se ríe y me encanta escuchar los gorgoteos de su risa.

He vuelto a los recuerdos de ella riendo demasiadas veces. Cuando estaba solo no podía evitar volverme hacia tiempos más felices, y todos eran con ella, a pesar de jurar que la odiaba.

De repente estamos muy cerca. No sé cuál de los dos ha acortado la distancia en un intento fallido de abrazo. O de un gesto de cariño. Su boca mojada me tienta. Me hace desear pasar mi lengua por ella y abrirla para degustar su sabor.

No, eso solo me haría perderla.

—Estoy arrugada como una pasa. Voy a salirme. Nos vemos.

Sale y sé que está huyendo de la tentación, como yo. He visto sus pezones duros y sus ojos más oscuros por el deseo. Todo sería más fácil si ella no ansiara tanto como yo dejarse llevar.