Capítulo 9. Tyre
Tyre
Llevo un rato escuchando desde mi despacho a Dakota en la cocina. No le presto atención hasta que me llega el olor a tacos. Su madre nos los hacía cada viernes por la noche y era mi comida favorita.
Voy hasta la cocina y la veo cocinando la carne picada con un delantal mío negro que le queda enorme. Lleva el pelo cobrizo en una coleta y, como siempre, está preciosa.
—Eh…, hola. —Se sonroja y sé que esta cena no es casualidad.
—¿Cena de la paz?
—Algo así. —Muerde su boca, esa boca que siempre me tienta. Da igual la edad que tenga, todo lo que sentía está ahí anclado para joderme la vida.
Y no, no pienso caer. Ella y yo ya demostramos que juntos solo somos un desastre andante.
—Con un «lo siento, fui una cabrona por no creerte e irme como si tuvieras la peste» hubiera bastado.
—Mira que eres insoportable cuando quieres. —Pone cara de enfado—. Voy a acabar la cena.
—Vale, preparo la mesa en la terraza exterior.
—Como quieras —dice entre dientes.
Vaya forma más rara de pedirme perdón, pero en ella me divierte. Llevo diez años odiándola por lo que pasó, sin darme cuenta de que ella era apenas una adolescente.
Cuanto más tiempo paso a su lado, más se desdibuja la imagen que tengo de ella y más me doy cuenta de que lo que sentíamos tal vez fuera demasiado para dos personas tan jóvenes.
Ella, más. Por ese entonces pensaba que cuatro años no era mucha diferencia, pero sí lo era.
Yo fui su primer novio, y ya había hecho cientos de cosas con otras parejas.
Mi experiencia chocaba con la inexperiencia de ella.
Hace años no me plantaba cara como ahora.
Todo eso es nuevo en ella, se lo han dado los años. Y ahora sí, al mirarla, cuatro años no me parecen tantos.
Dakota me va diciendo qué puedo llevar. Ha hecho guacamole casero. Lo pruebo cuando lo dejo en la mesa. Está de puta madre. Mejor que el de su madre.
Al acabar de llevar todo, nos sentamos en la terraza que da a la parte trasera de la casa. Desde aquí no se ven las casas de los trabajadores, solo los campos de flores que cultivamos para la miel.
—Tiene muy buena pinta todo.
—Aprendí a cocinar con mi madre…, bueno, ya lo sabes. —Asiento—. Y luego, cuando vivía sola, le pedía recetas y las fui mejorando.
—¿A dónde te fuiste al marcharte de aquí?
Me preparo un taco con un poco de todo.
—A casa de una prima de mi madre. Pero casi nunca estaba en casa. Me tocaba hacerme las comidas.
—¿Y fue duro?
—Sí y no. Estar en este rancho siempre fue para mí duro desde la caída.
He perdido la cuenta de los primos a los que les partí la cara por meterse con su cojera, pero eso no cambiaba nada. Eran y son unos gilipollas.
—Lo entiendo.
—Mira, lo siento. Pero tenía que irme. Antes no sabía por qué, pero estar aquí ha hecho que entienda que necesitaba odiarte para que nada me atara a este lugar y tener la fuerza de irme lejos.
—Y me hiciste daño…
—Lo que sentía me vino demasiado grande, Tyre. No entendía mi cuerpo de adolescente y estaba enamorada de ti…, no sabía cómo ser fuerte con todo.
—Lo entiendo. Antes no, pero ahora, al verte, sí. Ya no eres esa niña que recordaba, dulce y sonriente. Ahora no me siento mayor a tu lado, y antes sí, pero no lo quería admitir. Lo siento.
—¿Por qué me pides perdón?
—Por precipitar las cosas. Por no entender que un amor así, aunque no hubiera sexo, era demasiado para alguien que ansiaba ver mundo, salir de aquí…, irse lejos.
—Ese fue mi sueño cuando esperaba ser jinete.
—Bueno, eres una gran entrenadora.
—Sí, y este tiempo como jinete de prueba me va a venir bien para entenderlos mejor.
—Eso si no te matas. —Me tira un nacho a la cara—. Esperemos que no. Menuda publicidad para el rancho.
—Eres tonto, Tyre. —Sonrío y él igual—. ¿Te gustan los tacos?
—Los mejores que he probado nunca.
Su sonrisa me hace feliz. Como era antes. Removía algo dentro de mí y me hacía creer que había algo bueno en mí. Cuando te pasas toda la vida escuchando que eres lo peor por parte de tu abuelo, al final te lo crees. Pero al lado de Dakota sentía que no era cierto, y quería ser mejor por ella.
Aparto la mirada.
—Mejoré la receta de mi madre, pero si se lo digo le da algo.
Habla con la boca llena y se ríe. Luego tose y le lleno el vaso de agua.
Esto lo hacía antes. Algunas cosas suyas nunca cambiarán, como lo cabezota que es.
Por eso, en vez de luchar contra su obstinación, he buscado al mejor médico, que además es fisio, para tratarla.
Conocí a Damian en los viajes que hago a la ciudad y, por alguna extraña razón, le caí bien.
Lo veía en la cafetería del hotel y me empezó a preguntar cosas del rancho.
Ha venido alguna vez, porque le encanta estar cerca de los caballos de carreras y sus jinetes.
Aunque hasta ahora no había necesitado de sus servicios.
Y son caros. Por eso, hasta ahora quería evitar contratarlo.
Pero si va a ayudar con el entrenamiento de los jinetes, tendré que meterlo en plantilla.
De momento se va a quedar en el rancho Bennet, cerca del centro veterinario.
—Me pienso hacer otro. —Le queda la mitad, y seguramente se hará otro y se lo dejará. O no. A lo mejor ahora no come con los ojos.
Un rato más tarde, acabo por coger la mitad de su burrito, porque no puede más.
—Sigues comiendo con los ojos.
—Es un defecto que tengo.
—¿Solo uno?
—Que te den, Tyre. —Sonrío y ella también lo hace—. ¿Crees que podemos ser amigos? No me gusta estar enfadada contigo. A ver, lejos, sí. Pero aquí es complicado, y más si te ibas a meter entre las llamas por mí.
—O por cualquiera.
—Cualquiera no está en tu casa. Y sé que odias a la gente cerca.
—Porque son una molestia. Me he tenido que comer tu burrito para no tirarlo.
—Qué gran sacrificio.
Acabo de cenar y recogemos. Busca algo de helado y lo pone en una taza. Así lo hacía su padre. Hago lo mismo y lo comemos en silencio.
—Lo podemos intentar. —Me mira sin comprender—. Ser amigos.
—Me parece bien, compi de casa.
—De momento. En cuanto tengas tu cabaña, te irás.
—Claro. Buenas noches…, Ty.
—Buenas noches…, Daki.
Nos miramos sabiendo que hubiera sido mejor no usar nuestros diminutivos. No somos dos amigos más, somos dos personas que comparten una historia de te quieros a la luz de la luna y de besos ardientes.
Tenemos un pasado que marca la diferencia y nos hace olvidar que un día, antes de amarnos, éramos los mejores amigos.
Dakota
Subo a mi cuarto agitada y nerviosa. Ese mote.
Ese mote cariñoso me ha descolocado, porque me lo decía una y otra vez cuando me besaba.
Nadie me llama así, solo él. Cuando nos hicimos amigos me dijo que era Dakota para todo el mundo, pero que él quería algo especial.
Yo lo llamaba Ty alguna vez. Pero ese nombre se lo daban de vez en cuando los demás; sin embargo, a mí nadie me llamaba de forma diferente, y al final me quedé con Daki.
Escucharlo de sus labios me ha hecho recordar lo mucho que me gustaba abrazarlo. Besarlo porque sí y perderme con él en los graneros de la granja.
Nunca nadie me ha hecho sentir lo mismo.
He estado con otros hombres, pero ni uno solo me hizo sentir como él.
Tal vez hubiera sido mejor no volver a intentar ser amigos. Temo recordar todas las razones por las que un día lo amé como a nadie.
No, eso no volverá a pasar.