Capítulo 4. Dakota
Dakota
Las notas de Tyre me han ayudado mucho. He podido hacerme cargo de todo ahora que mis padres han decidido irse de vacaciones por primera vez en años, y nada más y nada menos que a un crucero.
Un crucero por el Mediterráneo. Otro horario, casi sin cobertura.
Lo han hecho aposta. Y cuando se lo digo se hacen los tontos.
Y lo mejor es que su casa ahora la ocupa una familia de los nuevos trabajadores, porque han decidido venderla y comprar otra en el pueblo.
Cuando se jubilen quieren estar allí, en un piso con todas las comodidades cerca.
Cambios y más cambios. Como si mi padre hubiera esperado mi vuelta para cederme el legado de la familia y vivir su vida lejos del rancho.
El rancho tiene ahora mucha gente. Están todas las cabañas ocupadas.
Hay mucho trabajo, y luego están las fiestas del pueblo, y la carrera que tengo que preparar. Se necesitan todas las manos posibles.
Solo está libre la casa de Tyre. Él no quiere a nadie allí y nadie quiere estar allí, porque dicen que está encantada. Idiotas. Eso es lo que son los Landry, y mi jefe, más.
Por suerte, nos comunicamos por email o mensajes de texto. Evita mis zonas y yo las suyas.
—Mira qué corona de flores me he hecho.
Gretel se me acerca con la corona. Ahora que no tiene que estar pendiente de las dietas o de estar perfecta para posar, su piel se está tostando por el sol y le están apareciendo pecas. Dice que su madre pagaba para que se las quemaran.
Sé lo justo de la madre de Gretel para saber que no ha tenido una infancia fácil, y sin embargo aquí está, sonriente.
—Es preciosa. —Me la pone y saca el móvil para hacerme fotos. Luego yo le hago a ella—. A trabajar.
—Max no va a venir al final.
—Max, tu futuro marido. —Se ríe cuando lo digo.
—Bueno, él no lo sabe.
—Miedo me da el pobre, cuando regrese y te vea. No va a poder escapar de ti.
—Esa suerte que tiene, ¿verdad?
—Verdad.
Andamos hasta las caballerizas. Reviso los caballos y vamos a la zona de entrenamiento con los que he elegido para las competiciones.
Monto en uno de ellos y noto el dolor en la rodilla.
Lo ignoro y, tras ponerme el casco, lo hago ir despacio hasta que coge velocidad.
Me encanta sentir el viento en la cara, sentirme una con el caballo.
Va a ser un grande en las carreras. Solo hace falta encontrar buenos jinetes.
Ninguno de los que tenían aquí me gustaba.
Los he despedido. Tyre no ha debido de enterarse, porque no ha venido a echarme la bronca por ese arranque.
Han pasado dos semanas desde que nos vimos en su despacho. Y, aunque he dado una oportunidad tras otra a diferentes jinetes, solo han conseguido ponerme de los nervios.
Me empieza a doler la rodilla. El caballo nota mi inseguridad, y más cuando compenso mal el equilibrio para que no me duela.
Cuando me detengo, bajo del caballo y le digo palabras de ánimo.
Luego me marcho cojeando a la zona de descanso.
Mi mente recuerda el día que el caballo me tiró.
Él médico fue claro: pude haber muerto, salvé la vida, pero mi rodilla había quedado tocada para siempre.
—¡¿Se puede saber por qué los has despedido a todos?!
¡Mierda! Trato de secarme las lágrimas y ocultarlas con el pelo.
—No tengo ganas de hablar. —Me muevo y me duele la rodilla. Me trago el dolor.
—¿Que no tienes ganas de hablar? —Se pone delante de mí y me mira enfurecido hasta que ve mis lágrimas—. ¿A quién tengo que matar?
Sus palabras me golpean, porque a pesar de todo, a pesar de toda nuestra mierda, siempre fue muy protector conmigo, y ahí está ese lado de él que creí que todo esto había apagado.
—A nadie.
—¿Y por qué coño lloras?
—¡Me duele la rodilla! —Tyre entiende la realidad.
Lloró conmigo como mi mejor amigo cuando le contaba cómo me sentía cada vez que trataba de montar y me dolía. Al año siguiente tras mi caída intenté una y otra vez montar. Todas las veces mi rodilla dijo basta.
—Vale. Pero esto no cambia que estoy enfadado. —Se arrodilla y pone las manos sobre mi vaquero.
—¡¿Se puede saber qué haces?!
—Calla y déjame hacer. No he olvidado cómo era.
Lo miro arrodillado ante mí. Sigue llevando el sombrero negro de cowboy .
Es tan alto y fuerte que se me hace raro tenerlo a mis pies.
Se quedó a mi lado cada vez. Aprendió a darme masajes y nunca me dijo que no lo intentara hasta cansarme.
Los dos sabíamos que no podía, pero nunca me dijo «para».
Hasta que me di cuenta de la verdad y me dejó llorar durante horas en su pecho.
Tal vez si no nos hubiéramos enamorado no nos habríamos cargado nuestra amistad.
Sus manos en mi rodilla me hacen temblar, y no de dolor. Cada vez que las sube por mis muslos, mi cuerpo da una sacudida. Cierro los ojos para que esto me afecte lo menos posible.
—¿Mejor?
—Sí.
Se levanta y clava sus ojos verde azulados en mí.
—¿Por qué los has despedido?
—Malos tiempos, mala postura. Hacían daño a los caballos. No me hacían caso por ser mujer… ¿Sigo?
—¿Te has parado a pensar que necesitamos jinetes?
—Sí, estoy buscando. Llegarán algunos esta semana.
—Esta semana… Una decisión tan importante la tengo que tomar yo, y no.
—Ese es mi cometido, hacer que este lugar vuelva a tener caballos de carreras. ¿Estoy aquí para eso o no?
—Sí, pero no. Yo soy tu jefe, yo mando.
—No lo he olvidado. Y ahora voy a seguir haciendo mi trabajo, y seguro que tú tienes cosas mejores que hacer.
Tomo aire y ando. Odio cojear. Solo es de vez en cuando. Cuando me duele. Luego se pasa el dolor y ando normal. Pero ahora no puedo. Me he forzado con el caballo. Quería correr con él, y ahora me pasa factura.
Al poco se me pasa y nadie nota nada raro. Odio cuando la gente me ve cojear y me preguntan qué me pasa, o quieren saber por qué, o me miran con pena. O tal vez no, pero ya en mi cabeza está esa idea que me hace sentir indefensa ante miradas indiscretas.
Vienen un par de jinetes a última hora y ninguno me gusta. Tyre se pasa a verlos montar y se pone a mi lado. Cuando lo miro espero que me desafíe cuando niego con la cabeza.
No lo hace, les doy las gracias a los jinetes y se marchan.
Tyre se queda un rato, hasta que se marcha.
Es como si al irse se llevara toda la luz del lugar. Odio que su presencia me siga perturbando tanto.