(IM)PERFECTO RECOMIENZO: UNA FAMILIA PARA EL RANCHERO Lorenzo Bartolini #2
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Lorenzo Bartolini #2

Cruzamos el patio hasta donde estaban los niños. Celina, que ya había adoptado a Matteo como propiedad suya, se volteó hacia su madre y anunció, señalando:

—¡Mama, él es Matteo, es mi amigo ahora! Y este perro grandote es... —miró a Bruno, luego a mí, reclamando el nombre.

—Bruno —completé.

—¡Bruno! —repitió ella, encantada, y el perro movió la cola contra el suelo como si entendiera que lo habían promovido.

Alessia se agachó. Quedó a la altura de mi hijo y le extendió la mano com la misma cordialidad que le ofrecería a um hombre hecho.

—Hola, Matteo. —Su voz era diferente de todo lo que había usado conmigo hasta ahora; era baja y dulce—. Yo soy Alessia. Es um placer enorme conocerte finalmente.

Matteo miró su mano. Miró su cara. Y llevó su mano hacia la de ella y la estrechó.

Tuve que desviar la mirada de nuevo, porque hay días em que mi hijo me deja expuesto sin hacer nada más que ser um niño estrechando uma mano.

—Matteo. —Me aclaré la garganta—. ¿Quieres mostrarles dónde queda su habitación?

Me miró, asintió y fue caminando hacia dentro de la casa, com la pequeña pegada a él em el acto, ya hablando, contándole del autobús, de la vaca, de la cabra que da cabezazos, y mi hijo caminaba al lado de todo esse ruido sin encogerse lo más mínimo.

El perro levantó sus ancas duras y fue detrás de los dos, escoltándolos, y listo: em pocos minutos la niña ya tenía al perro, al silencio y al corazón de mi hijo. Eficiencia que respeto.

Alessia y yo íbamos detrás, y por um momento ninguno de los dos habló.

—¿De verdad tiene solo cuatro años? —pregunté antes de que ella dijera cualquier cosa, porque la curiosidad me venció primero—. Esa niña habla más claro que la gente grande.

Alessia se rio. Es la primera vez que la escucho reír, y es um sonido mucho mejor que el del regaño.

—Tiene cuatro. Cumple cinco em enero.

—¿Y cómo es que habla así? —Me rasqué la nuca, sin entender—. Los niños de esa edad no hablan de esa manera.

—Porque le enseñé desde temprano. —Se encogió de hombros, pero había orgullo ahí—.

Tuve que meterla a la guardería muy pequeña para poder trabajar.

Y tuve miedo. Así que le saqué el habla como fuera, conversaba todo el día, le corregía, la incentivaba.

Hasta le hice um remedio casero. —Se rio de su próprio recuerdo—.

Puse cáscaras de huevo em la ventana, le di atole de no sé qué tanto, agua de cabeza de pescado, todo lo que las viejas recomendaban para que a los niños se les soltara la lengua.

—Remedios caseros. —Levanté la ceja.

—No me juzgue. Funcionó.

—Funcionó demasiado. —Miré hacia el frente, hacia la niña que no paraba de hablar—. ¿Pero por qué? ¿Por qué tanta prisa?

Su sonrisa se apagó um poco. No desapareció, pero perdió ligereza.

—Porque tenía miedo de que alguien la maltratara em la guardería y ella no supiera contármelo.

—Su voz era simple, directa, sin lástima de sí misma—.

Si ella no hablaba, ¿cómo me iba a decir si pasaba algo?

Así que la hice hablar. Hablar era la única protección que podía darle.

—Se encogió de hombros de nuevo y la sonrisa regresó—.

Luego aprendió, le gustó y nunca más paró.

Hoy habla hasta por los codos. La culpa es toda mía, lo sé.

Me reí. De nuevo. Dos risas em um día, mi mayor récord em los últimos años.

—Usted crio a um pequeño huracán —dije.

—Lo crie —se rio ella de nuevo—. Y puede dejar el “usted”. Tengo veinticuatro años, no sesenta.

—Para alguien que llegó pensando que el dueño de aquí era um viejo, estás muy exigente com la edad de los demás.

Se sonrojó, y anoté um punto silencioso a mi favor.

—Eso fue diferente —refunfuñó.

—Fuiste tú quien habló de um viejo cascarrabias. Dos veces. —Contuve la risa—. Tengo cuarenta, para que conste. No soy ningún viejo.

—Pues com esse mal humor que tiene, lo parece —retrucó sin pensar, y se tapó la boca em el segundo siguiente, horrorizada com su propia lengua, recordando demasiado tarde que estaba hablando com el dueño de la hacienda.

Pero no me ofendí. Al contrario. Hacía tanto tiempo que nadie tenía el valor de responderme de mala manera que la cosa casi me divertía.

—Viejo —repetí despacio, saboreándolo—. Así que así van a ser las cosas.

—Yo no quise...

—Sí quisiste. —Le abrí la puerta del pasillo para que pasara—. Está bien, Huracán. Puedes decirme viejo. Ya que entraste aquí derribando la paz de mi casa como um vendaval, lo justo es que yo tenga um nombre para ti también.

Pasó a mi lado com la cabeza em alto, fingiendo dignidad, pero vi que la comisura de su boca temblaba intentando no reír, y pensé que tal vez esta muchacha afilada no va a ser tan insoportable de aguantar como temía.

Llegamos a la habitación, la pequeña entró primero y se detuvo em medio del cuarto, mirándolo todo com atención, em silencio.

Sus ojos recorrieron las paredes lilas, la franja amarilla que Beppe me ayudó a pintar cerca del techo, la cortina nueva, y se detuvieron em la cama.

La cama de princesa, com la cabecera em forma de castillo, el dosel de tul cayendo por los lados, el edredón amarillo que la mujer de la tienda juró que combinaba com el lila.

—¿Esto es para mí? —preguntó em um hilo de voz, que fue lo más bajo que le escuché decir desde que la vi.

—Es tuyo —dije.

La niña soltó um grito agudo, tiró al suelo el gato de peluche que traía em el brazo y, antes de que entendiera qué estaba pasando, cruzó el cuarto corriendo y se me abrazó a la pierna.

Los dos bracitos alrededor de mi pierna, la cara hundida em mi rodilla, apretando com toda la fuerza que tiene um cuerpo de cuatro años.

Me quedé duro como um poste. No sabía qué hacer com las manos. Miré a Alessia pidiendo auxilio y la desgraciada solo sonrió, sin ninguna intención de salvarme.

—No fui yo quien lo eligió —dije, um poco apenado, intentando zafarme del abrazo sin empujar a la niña—. La cama, el color, esas cosas. Fue Matteo. Él fue quien decidió el lila, el amarillo, y se encaprichó com la cama de castillo. Yo solo pagué y la cargué.

Soltó mi pierna em el acto y salió disparada de vuelta hacia Matteo, que estaba parado em la puerta viendo la escena, y lo abrazó a él ahora, de la misma manera, com la misma fuerza.

—¡Gracias, bebé! —dijo, aplastando a mi hijo—. Me encantó. Es la habitación más bonita del mundo entero.

Matteo, com las orejas rojas por segunda vez em el mismo día, no la empujó.

Puso uma de sus manos em su espalda, desajeitado, y la dejó abrazarlo.

Por encima del hombro de la niña, me miró.

Y yo, que conozco cada centímetro de la cara de esse niño, vi algo allí que no veía desde hacía demasiado tiempo: estaba orgulloso.

Orgulloso de haber acertado. De haber hecho feliz a alguien.

Tuve que mirar al techo recién pintado por um segundo para recomponerme.

—El almuerzo hoy corre por mi cuenta —dije, retrocediendo ya hacia la puerta, antes de que alguien notara el estado em el que me encontraba—.

No te preocupes por eso. Tú comienzas mañana, com calma.

Y después de que comamos, quería arreglar contigo los asuntos del contrato, los acuerdos, esas cosas. ¿Te parece bien?

—Sí. —Alessia asintió—. Por mí está bien.

Ya iba saliendo, pero me detuve em la puerta y señalé com la barbilla hacia la outra cama, la del lado opuesto a la de Celina, apoyada contra la pared de la ventana.

No era uma cama de castillo ni nada de eso —era de adulto, y la mujer de la tienda juró que era de las buenas—.

Las cortinas nuevas daban frente a ella, hacia el lado del olivar, para que uno despertara com el verde golpeándole la cara.

—Aquella de ahí es la tuya. —Me rasqué la nuca, um poco incómodo—. Espero que sirva. Si no es de tu agrado, avísame y la cambiamos.

Alessia miró la cama, luego me miró a mí, y su rostro se suavizó de uma manera que me tomó desprevenido.

—Está perfecta. —Su voz salió baja—. Muchas gracias de verdad. No quería causar molestias, em serio.

— No es ninguna molestia. —Y salí antes de que dijera cualquier outra cosa, antes de que esse agradecimiento sincero me ablandara más de lo que me permito.

Dejé a Matteo y al perro em la habitación com ellas.

Crucé el pasillo y escuché a Celina preguntándole a Matteo de qué lado dormía, si Bruno podía subirse a su cama, si los perros sueñan.

No escuché respuesta alguna, claro. Por tampoco escuché que a la niña le incomodara eso.

Ella solo seguía hablando por los dos, o mejor dicho, por los tres, llenando la habitación com uma voz que mi casa no conocía.

Llegué a la cocina y me encontré riéndome solo, apoyado em el fregadero, escuchando a la pequeña interrogar a mi hijo sobre los hábitos nocturnos de um perro de cinco años.

Unos minutos después, escuché pasos pequeños em el pasillo. Matteo apareció em la puerta de la cocina, solo, y vino hacia mí.

—¿Todo bien? —le pregunté, agachándome para quedar a su altura.

Asintió com la cabeza, firme.

—¿Te gustó ella? ¿La pequeña habladora?

Matteo me miró por um segundo. Y entonces sonrió. Uma sonrisa de verdad, entera, de las que cuento com los dedos de uma mano la cantidad de veces que vi em los últimos años.

Atraje a mi hijo hacia mí y lo abracé fuerte, le di um beso em la frente, em el cabello que ya necesita um corte, y me quedé así um rato, com la barbilla apoyada em lo alto de su cabeza, agradeciéndole em silencio a uma vieja terca que vive a um pueblo de distancia.

Gracias, Carmela. Tenías razón. Como siempre.

Por primera vez em mucho tiempo, tengo la sensación de haber acertado em algo com respecto a Matteo. Menos mal que me tragué el orgullo y le hice caso.