(IM)PERFECTO RECOMIENZO: UNA FAMILIA PARA EL RANCHERO Alessia Ricci #2
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Alessia Ricci #2

Pienso em cómo ella haría esto mejor, o al menos, yo tendría compañía, com alguien al lado diciendo respira, va a salir bien, deja que mañana lo resolvamos.

Pienso que yo tenía veinte años y um futuro por delante, y em cuestión de pocos meses todo se convirtió em um cuartito, um acta de nacimiento y uma bebé em mis brazos que necesitaba uma palabra para llamarme y eligió la única que no tuve el valor de quitarle, veinte años, y yo no estaba lista para ser madre soltera.

Alejo los recuerdos, quedarme reviviendo cómo llegué hasta aquí no va a cambiar nada, solo va a empeorar las cosas.

—Mama, ¿tienes hambre?

Celina aparece a mi lado sin que la escuche. Ella hace eso. Es ruidosa todo el tiempo, menos cuando necesitas que lo sea.

—Um poco —miento—. ¿Y tú?

—De comida.

Esa es su especialidad: distinguir los hambres. Está el hambre de comida, que es la de verdad. Está el hambre de dulce, que aparece casi todos los días, porque es uma hormiguita. Y está el hambre de brazos, que inventó um día y que yo nunca supe cómo rechazar.

—Entonces vamos a ver qué tenemos.

Hay pasta. Casi siempre hay pasta, porque la pasta es lo que logro comprar em cantidad por poco dinero. Hay uma salsa em la nevera, y hay um poco de queso.

Coloco la olla em el fuego, y Celina arrastra la silla hacia cerca, se sube em ella y asume el puesto de supervisora jefa.

—¿Puedes ponerle bastante queso, mama?

—Poco queso.

—Medio queso.

—Medio.

Ella apunta com el dedo cuál fideo de pasta es el suyo mientras yo revuelvo, como si yo pudiera identificarlo y separarlo. Me cuenta la historia entera del frijol outra vez, com detalles que no existían hace hora y media, porque Celina no repite historias, ella las hace crecer.

Yo revuelvo la salsa y la escucho. La escucho de verdad, esta vez, porque su voz es la única cosa em este apartamento que no viene com um número pegado.

No tiene precio. Ni vencimiento. Es gratis, infinita y llena nuestra pequeña casa de vida, y por um instante el nudo em mi pecho se deshace —porque ella está aquí, viva, habladora y llena de frijoles com nombre, y fue exactamente por eso que no me derrumbé em la salita del fondo hoy por la mañana.

Yo no puedo. Yo soy la planta donde esta niña vive.

Pongo la mesa, todavía prestando atención a la historia del frijol, que solo cambia cuando la pasta es servida. Celina come a su manera, conversa más de lo que mastica, y yo como mirándola comer, que es um vicio que no pretendo dejar.

—Estaba bueno —decreta al final, com um bigote naranja de salsa.

—Qué bueno.

—¿Mañana puede haber outra vez?

—Puede.

Puede porque la pasta es todo lo que hay. Pero no lo digo em voz alta. Hay verdades que uno sirve em pedazos del tamaño de quien se las va a tragar, y mi niña no necesita, a los cuatro años, la información de que el menú es cuestión de presupuesto y no de gusto.

Le doy um baño rápido. Le pongo el pijama de unicornio, el único que acepta, lavado y relavado hasta quedar delgadito.

Leo la mitad de um libro que se sabe de memoria y corrige cuando me salto uma línea para adelantar.

Me acuesto al lado de ella em la cama estrecha hasta que su respiración se vuelve suave, hasta sentir que la manita que sujetaba mi dedo se afloja.

Me quedo um rato más ahí, sintiendo su olor.

Después me levanto sin hacer ruido y vuelvo a la mesa.

Tomo papel y bolígrafo y escribo lo que entra y lo que sale, y lo que sale gana por goleada, y no hay matemática nueva que cambie esse juego.

Pienso em vender algo y miro a mi alrededor para ver qué, y no hay nada.

Pienso em pedirle más costura a la señora Bruni y a sus tres amigas, y eso da unos cuantos centavos que de todos modos no cierran el agujero de las cuentas, pero alcanzaría para pagar la cuenta de la luz.

Y ahí, em medio de la lista de cosas, recuerdo la única que me quedó: los martes de la señora Carmela.

La limpieza semanal em su casa sigue em pie.

El mercado se llevó el salario completo, pero todavía tengo lo que gano los martes —cuatro horas restregando uma casa que está prácticamente impecable cada vez que voy, a cambio de um dinero que Carmela se empeña em redondear hacia arriba y de um almuerzo que jura que hizo de más y me hace traer varios envases de todo tipo de comida.

El dinero no es mucho. No alcanza para pagar todas las cuentas.

Por es la única renta que me va a salvar por um tiempo, es la única que el despido no me arrancó, y me aferro a esse pedacito de suelo firme como quien se aferra a uma rama delgada sobre um precipicio: sabiendo que no aguanta todo el peso, pero sosteniéndome de todos modos, porque es lo que hay.

Y mañana es martes.

Como si hubiera escuchado seu próprio nombre, el celular vibra em la mesa. La pantalla se enciende em la oscuridad de la cocina. Um número que conozco bien.

Carmela.

Miro el nombre parpadear. Carmela es uma excelente persona.

Hago la limpieza em su casa desde hace dos años, todos los martes, y em algún momento de esos dos años dejó de ser solo la patrona y se convirtió em uma gran amiga, de esas que te mandan a sentarte y comer antes de hacer cualquier cosa.

Vio a Celina crecer desde los dos años em la alfombra de su sala.

Me trajo sopa aquí a la casa cuando me dio uma gripe que no se quitaba.

Pero ver su nombre em la pantalla del celular me dio um pequeño rastro de pánico, ¿qué querría ella?

Si llamó solo para conversar, o avisar algo sobre la limpieza de mañana, eso iba a exigir aliento, y mi aliento hoy se gastó por completo em parecer entera para mi niña.

El teléfono insiste. Se detiene. Parpadea el aviso de llamada perdida.

—Mañana —me digo—. Mañana la veo em la limpieza.

Empujo el celular a um lado y respiro profundo.

Allá em el cuarto viene la voz de Celina, enredada por el sueño, diciendo algo indescifrable.

Y yo me quedo ahí, sentada em la oscuridad, sin la menor idea de lo que voy a hacer el jueves.

Pero mañana me despierto. La llevo a la guardería. Voy a la casa de Carmela.

Busco la forma.

Siempre lo hago.