Ilimitado (Generations 2) 27. El final #3
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27. El final #3

Ya de pie sobre el borde, Zaknafein tuvo que digerir la escena que le rodeaba, con enanos que corrían de un lado para el otro para ayudar a sus heridos, y había muchos. A su izquierda, Jarlaxle corría hacia él, pero se detuvo de golpe y dio un paso atrás.

Zaknafein lo comprendió cuando oyó el chillido a su espalda; se volvió y se agachó rápidamente mientras el gran murciélago, con un ala repleta de llamas, voló sobre él, luego hacia la derecha, y salió de la cámara.

—Thibbledorf —oyó decir a la reina Mallabritches.

—El Pwent —añadió su hermana, Tannabritches.

Todo eso superaba a Zaknafein, pero sin duda estaba impresionado por la demostración de camaradería de los enanos y su deseo…, no, su desesperación por ayudar a los caídos.

—Iba a por ti —dijo Jarlaxle, poniéndose a su lado cuando Zaknafein se volvió.

—¿El murciélago?

—La araña —explicó Jarlaxle—. No tengo ninguna duda. No le quité ojo desde que entró en la cámara, y su reacción fue de lo más reveladora cuando sus muchos ojos se posaron sobre Zaknafein.

Zaknafein miró hacia atrás, al fulgor anaranjado.

—Bueno, ahora ya no está.

—Eso parece.

Zaknafein se inclinó sobre el borde y miró de nuevo hacia la sima, luego cerró los ojos y respiró hondo. Comenzó a asentir antes de abrir los ojos.

—Sí —dijo a Jarlaxle—, venía a por mí y ya no está. Lo siento en mi interior; siento una ligereza, aunque antes ni siquiera había notado ninguna carga ahí.

Jarlaxle le dio unas palmaditas en el hombro a su amigo.

—Deberíamos subir y matar unos cuantos demonios. Los enanos los están expulsando de Gauntlgrym.

Zaknafein asintió, pero miró alrededor.

—Primero ayudemos a los heridos —dijo.

Sacó más de Andahar de lo que se había esperado, pero aún estaba lejos del lugar en el que esperaba estar cuando el unicornio comenzó a ir despacio, indicando que había llegado el momento en que Drizzt desmontara.

A pesar del galope directo y durante horas, desde que había dejado a Yvonnel y Athrogate, la última cima le había mostrado a Drizzt que el demonio golem no estaba tan atrás.

Pensó que eso era bueno, ya que significaba que la recuperadora sin duda había pasado por alto a sus amigos, pero como la magia de Andahar se estaba acabando, supo que sus planes estaban en peligro.

Bajó del unicornio y despidió a Andahar, preguntándose si volvía a ver su montura. Luego, Drizzt se relajó y se orientó. Aún le quedaban muchos kilómetros que correr.

Así que lo hizo. Dio su primer paso y fue tomando velocidad mientras trataba de valorar cuán rápido podía correr sin cansarse mucho antes de llegar.

Pensó en el Monasterio de la Rosa Amarilla, en el Gran Maestro Kane, en su entrenamiento allí, donde había aprendido a unir mejor el cuerpo y la mente.

Lo hacía con cada zancada, concentrándose en el movimiento de los músculos, no solo en las piernas.

No, fue hasta un nivel más profundo de contracciones y estiramientos, y sintió el funcionamiento acompasado de las caderas, los tendones de la corva, los tobillos, los pies; todo, incluido el movimiento de los brazos.

Y, con cada paso, su zancada mejoraba. Pronto se estaba esforzando menos y corriendo más rápido, con la respiración perfectamente coordinada y los brazos moviéndose en la dirección deseada para alcanzar un momento máximo.

Se volcó en su interior, en un mantra, mientras superaba un kilómetro, luego tres, luego cinco, diez, doce.

Si hubiera bajado su concentración, aunque fuera un poco, se habría maravillado de cuánto tiempo y cuán lejos había corrido, porque en ese trance Drizzt simplemente había bloqueado el dolor y el agotamiento.

No existían para él, al menos, no de un modo consciente.

Solo se detuvo una vez, en lo alto de una colina cercana, tanto para mirar hacia delante (y animarse al divisar ya su destino) como para mirar hacia atrás, para ver que la inexorable araña había acortado mucho la distancia y ya no la tenía lejos.

Drizzt miró a su destino, luego de nuevo a la araña. Sí, estaba convencido de que podía llegar antes que ella.

Pero ahora quería asegurarse de que llegara muy poco antes que ella.

Respiró hondo, tratando otra vez de bloquear el cansancio; se le ocurrió pensar que en su trance podría correr y correr y correr hasta caer muerto.

No importaba. En el amplio mundo, a sus amigos y a todos lo que amaba, a la buena gente de las regiones norteñas de la Costa de la Espada, no les importaba.

Cruzó un camino conocido y llegó a un terreno rocoso con un fondo de las olas del océano.

En ese momento fue más despacio, mirando atrás más a menudo que adelante, dejando que la recuperadora se acercara y eligiendo su camino con cuidado entre las rocas para permanecer escondido de cualquiera que pudiera estar por delante de él.

El golem se acercó. Drizzt finalmente lo vio y la araña a él, y esta siseó y chilló con fuerza y cargó.

Drizzt corrió a toda velocidad sobre el último tramo hasta la pared exterior de la torre en ruinas conocida como Thornhold, con la araña que le ganaba terreno rápidamente.

Subió por la pared, brillante y rápidamente, y en lo alto, a pesar de los gritos que alzaban los enanos Stoneshaft que quedaban en el lugar, no vaciló y saltó adentro.

—¡Eh, tú! —gritó un centinela mientras cargaba con la lanza bajada como un espetón contra el drow medio desnudo y aparentemente desarmado.

Una bofetada de revés de la mano derecha de Drizzt y un ligero giro, con el hombro derecho echado hacia atrás, hizo el que ataque fallara.

El enano no se detuvo e intentó tirarse sobre el ligero drow o placarle, pero ese giro de hombro también había reforzado el golpe del propio drow, una estocada con la mano tiesa que pilló al pobre tipo de pleno en el cuello.

Lo detuvo igual que si se hubiera topado con una pared de piedra.

Dejó caer la lanza y se tambaleó hacia atrás antes de caer de rodillas, tratando de aspirar.

Drizzt esperó no haber matado al tipo, pero no tenía tiempo para comprobar si se encontraba bien, porque la araña ya estaba en la muralla y más enanos cargaban contra él desde la otra dirección en el adarve.

Saltó hacia atrás sobre el parapeto, estiró los pies y se retorció un poco antes de aterrizar unos siete metros más abajo.

Luego, tocó el suelo no con la planta de los pies, sino con las piernas vueltas lo justo para transferir la energía de la caída a una voltereta lateral, que se convirtió en una vuelta hacia atrás.

A su vez, esta se convirtió en otra voltereta hacia atrás y luego una tercera, durante la cual Drizzt se impulsó hacia arriba después de rodar sobre los hombros, se extendió y se alzó en el aire para aterrizar ágilmente de pie y mirando hacia la muralla.

El parapeto se desmoronó, los enanos cayeron, y en lo alto apareció la recuperadora.

Drizzt se volvió y corrió hacia la torre, pasó de largo la puerta, que comenzó a abrirse justo antes de que apareciera un tremendo rayo enviado por el arácnido.

Entonces, se detuvo derrapando y se tiró al suelo justo por debajo del rayo, tan cerca que pudo notar como su largo pelo se alzaba y se agitaba salvajemente.

El rayo hizo saltar la puerta de los goznes, así que él se levantó y entró, pasando a saltos ante un trío de enanos Stoneshaft que yacían justo en el interior, con la ropa humeante por la explosión.

A lo lejos, por la ruta norte, pero a la vista de la torre, dos pares de ojos observaban a la araña cubrir la muralla.

—Ah, pero se está llevando a esos sucios enanos con él —masculló Athrogate.

Con su magia, Yvonnel lo había llevado en su persecución de la araña, porque ambos querían ser testigos de la última jugada de Drizzt Do’Urden.

Iban detrás de ella, porque estaban seguros de que el golem no se volvería.

Después de todo, cuando ya había acabado su tarea, Yvonnel le aseguró a Athrogate que la bestia no permanecería en ese plano de existencia.

Ambos hicieron una mueca de dolor y Athrogate tragó aire con fuerza ante el repentino destello y el resonante trueno, pensando que quizá ya hubiera acabado todo.

A lo lejos, por la ruta sur, otros dos pares de ojos observaban a la araña gigante cruzar el terreno rocoso y luego escalar las murallas de Thornhold.

—El mundo se ha vuelto loco —comentó Dahlia a Regis, arrastrando cada palabra entre sus hinchados labios.

—Está roto —concordó Regis—. Roto por todas partes.

—Viviremos por siempre bajo el hedor y las sombras de los demonios —repuso Dahlia, hablando tanto para sí como para el saco de desesperación demoniaco (como mostró el giro de su cabeza) y el halfling—. Más criaturas y con mayor variedad de las que nunca hemos visto, ni siquiera en las pesadillas.

Después de una larga pausa, Regis se irguió en el asiento

—No. No voy a rendirme —afirmó a gritos y sin mayor rastro de temblor en la voz.

En cuanto los dos drow salieron de la cámara y entraron, hombro con hombro en la sala de la forja, se enteraron de que ir a las cámaras superiores no iba a ser su siguiente paso.

Bruenor había salido antes que ellos y ahora se hallaba en la Gran Forja, que había sido cerrada. El rey enano parecía muy preocupado.

Miró a Jarlaxle y a Zaknafein, y comenzó a indicarles que se acercaran a él, y como para remarcar su petición toda la cámara se sacudió de repente, un profundo retumbar que procedía de muy muy abajo.

—¿Qué es lo que sabes, rey Bruenor? —preguntó Jarlaxle.

—Tenéis que ir a Luskan, y rápido —contestó Bruenor.

—Llévame a los portales mágicos.

—No andan funcionando —contestó Bruenor—. Para nada. Y hemos apagado las forjas para que la maldita araña no las rompiera y dejara salir los zarcillos de la bestia de fuego; ya he visto eso antes y no quería verlo de nuevo. Pero ahora no podemos volver a encenderlos.

—¿Qué sospechas?