27. El final #4
—Mantener al primordial en el pozo comienza en Luskan, bajo la torre que ahora gobierna Gromph —explicó Bruenor—.
La torre no nos está dando el uso de la magia que necesitamos.
Si sigue así de lento, no importará si los demonios entran o no, porque todo el lugar volará por los aires, no lo vayas a dudar.
Jarlaxle miró a Zaknafein con una clara mirada de preocupación, porque comprendía todo lo referente a la conexión entre la Torre de lo Arcano y el primordial de fuego.
Otro enano corrió hasta Bruenor y le apartó para una conversación susurrada. Un momento después, el enano salió corriendo, indicando a los otros que lo siguieran.
—¿Qué sabes tú, Jarlaxle? —pregunto Bruenor directamente.
—No lo entien…
—¿Por qué la Torre nos está cerrando el paso?
—No sabía que lo estuviera haciendo, pero iré, como deseas…
—¿Y por qué están aquí? —añadió Bruenor.
—¿Los demonios?
—Los drow.
—¿Qué drow?
—El ejército drow —respondió Bruenor—. Una gran fuerza, y con estandartes de muchas casas, acercándose a las puertas bajas.
Jarlaxle se quedó boquiabierto, algo realmente raro.
Bruenor le hizo un gesto para que lo siguiera y lo condujo, junto con Zaknafein, a una sala cercana, muy fortificada y vigilada.
En el interior, se hallaban los clérigos enanos, muchos colocados ante bolas de cristal.
Se dirigieron a una cercana y el sacerdote que hacía magia escrutadora le indicó a Bruenor que mirara dentro de la esfera.
El rey la miró con algo que sonaba medio a suspiro medio a rugido, luego miró a Jarlaxle y señaló el objeto mágico.
Entonces, Jarlaxle supo que estaban perdidos, porque en la bola de cristal vio marchar a Menzoberranzan, los estandartes de la Casa Baenre y la procesión de la Casa Barrison Del’Armgo; solo la presencia de esas dos casas enemigas desde hacía tanto tiempo marchando juntas le transmitió a Jarlaxle que el grueso de la ciudad había llegado a través de los túneles.
Y eso, a su vez, le hizo creer que sabía por qué la Torre de lo Arcano, y en particular su poco fiable archimago, estaba ahora poniendo al rey Bruenor en una situación comprometida.
—¿Y bien? —preguntó el rey Bruenor.
—¿Bien qué? —replicó Jarlaxle, inocentemente.
—¿Por qué están aquí, elfo?
—No lo sé.
—Cuando me pediste que confiara en el rey Bruenor, no me di cuenta de que esa fe iba a demostrar ser tan poco correspondida —interrumpió Zaknafein antes de que Bruenor pudiera decir nada más.
—Quizá deberíamos ir todos a Luskan —sugirió Jarlaxle—. Al menos, a Luskan.
—O quizá deberíamos ir a cazar a alguna sacerdotisa —propuso Zaknafein—.
No creías realmente que nuestras encantadoras hermanas de Menzoberranzan iban a permitir que una oportunidad tan magnifica como esta simplemente pasaría ante ellas, ¿no?
Un ejército de demonios a la espera, una fortaleza de enanos a punto de caer…
Jarlaxle suspiró ante el cinismo infinito y, tristemente, por lo general, acertado de su amigo.
Por los pasillos y las salas de la torre, los túneles y las cámaras de las catacumbas por debajo y de nuevo arriba, en la torre, Drizzt fue arrastrando a la recuperadora en una gran persecución, mientras la araña dejaba un rastro de destrucción y de enanos convertidos en piedra a su paso.
Mientras se acercaba a la salida de la estructura, Drizzt encontró un pequeño escondrijo, una grieta en la piedra, y dejó dentro su collar y su silbato mientras ofrecía una última sonrisa a Andahar y esperaba que nada malvado encontrara el maravilloso unicornio.
De vuelta al patio, Drizzt echó a correr, pero se detuvo allí y no fue hacia el muro.
De prisa, la araña salió quebrando la hoja y las piedras alrededor de la puerta, y fue directa hacia Drizzt, que permaneció en calma, concentrado, con los brazos a los costados.
La recuperadora se echó hacia atrás, agitando las patas delanteras para protegerse de cualquier ataque y con los ojos reluciendo de poden; luego, lanzó un rayo de brillante color violeta sobre su objetivo.
Drizzt no se movió; sabía que no valía la pena y se alegraba de que hubiera enfadado al golem tanto que capturarlo no le resultara suficiente.
El rayo se acercó…
Y entonces él desapareció, partiéndose en esquirlas de luz flotantes como mil pequeños pétalos de flores que descienden bajo una suave brisa. Sus calzas se sacudieron y se estremecieron, luego también se transforman en nada, desintegradas por el rayo final y más poderoso de la recuperadora.
El demonio arácnido corrió en estrechos círculos; sus sentidos, tan afinados a la fuerza vital de su víctima, le transmitían la verdad: que esa criatura ya no era Drizzt.
La bestia lanzó un chillido, victorioso, con la misión de su vida completada.
Comenzó a rodar sobre sí misma en ese punto donde su presa se había disuelto; sus ocho patas correteaban en lo más parecido a la felicidad que un monstruo así podía conocer.
Y allí también se disolvió, y su enorme forma corporal se fue reduciendo rápidamente a hilillos de humo que atravesaron los planos.
Ya había completado su malvada tarea.