Ilimitado (Generations 2) 27. El final #2
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27. El final #2

Dahlia saltó por el otro lado y rápidamente dividió su vara en un par de nunchaku, que hizo girar como colas de caballo espantando moscas; los volvió a unir con un golpe para crear esa carga eléctrica mágica.

Hacía una mueca de dolor con cada contacto y el brazo roto le palpitaba atormentándola.

De repente, el zumbido del enjambre se hizo más fuerte cuando la puerta del carruaje del lado de Regis se abrió y salió una nube de criaturas minúsculas.

Regis palideció, pero estas pasaron junto a él, sobrevolaron los caballos sin picar ni una vez y se lanzaron contra Dahlia.

Esta lanzó un grito y giró, juntando los nunchaku para liberar arcos de rayos mientas le picaban o mordían, o ambas cosas, repetidamente, hasta que, finalmente, cayó y rodó, agitando los brazos desesperadamente.

Consiguió una gran descarga de electricidad, un golpe que salió de ella y también la golpeó, junto con las criaturas que la atacaban, y dejó una lluvia de muertos que caían sobre ella, que quedó temblando violentamente mientras se alzaba humo de su ropa.

El resto de los monstruos avispa huyó volando.

Regis corrió hacia ella y la ayudó a ponerse de rodillas, y así se quedó Dahlia durante un largo rato, sollozando, dolorida, con la cara hinchada y los ojos rojos.

—Tenemos que irnos —le rogó él.

Ella asintió con una mueca de dolor y se puso en pie trabajosamente, sujetándose el doloroso brazo.

—Han salido del carruaje —explicó Regis, y fue con ella hasta la puerta abierta.

En el interior, el capullo que envolvía a Entreri yacía inmóvil, aunque había caído del asiento y la mitad estaba en el suelo, incluido el extremo por el que había estado colgando del techo.

Dahlia sollozó, porque ese extremo del extraño sarcófago, cerca de la puerta, continuaba escupiendo las bestias avispa.

A ella la habían picado docenas de veces y aún notaba el intenso dolor, pero en ese momento le resultó evidente que ¡esos pequeños monstruos llevaban días alimentándose de su amado!

Estrelló sus nunchaku en la punta de ese envoltorio, uno después de otro, y envió los últimos rayos, friendo a los monstruitos antes de que pudieran salir y achicharrando el extremo del capullo.

Su rabia superó su dolor, y arrastró el capullo fuera del carruaje hasta que este se desplomó blandamente sobre el suelo.

Entonces, comenzó a tratar de rasgar el extremo quemado.

Cogió un cuchillo del cinturón y lo acuchilló repetidamente, con saña, con desesperación.

—¡No! ¡No! —gritaba cada vez que se detenía para ver si había causado algún daño real al capullo.

—Dahlia —la llamó Regis a media voz—. Dahlia. Tenemos que irnos.

—¡Ayúdame! —le gritó ella.

—Dahlia, ahora no. Tenemos que irnos.

Ella lo miró con desdén, pero su furia se suavizó cuando se dio cuenta de que Regis no la estaba mirando a ella mientras hablaba, sino el camino por el que habían llegado ahí. Dahlia volvió la cabeza.

La niña de ojos blancos estaba flotando sobre el camino hacia ellos, sonriendo.

Sonriendo de un modo horrible.

—¡Ayúdame! —gritó Dahlia; cogió el capullo y trató de volver a meterlo en el carruaje.

—Entreri ya no está, Dahli…

—¡Ayúdame! —Su voz prometía muerte, y no era una amenaza vana. Entre los dos consiguieron meter el capullo en el carruaje y corrieron a subir al pescante; Dahlia se hizo con las riendas y azuzó a los caballos hasta que sacaron el carruaje del barro y de nuevo corrieron atronadores por la carretera.

Dahlia se desmayó poco después, agotada y dolorida.

Aguas Profundas ya quedaba muy atrás y los caballos estaban cansados, pero Regis los mantuvo trotando hacia el norte.

Zaknafein se preguntó qué enano loco era ese, porque el loco, el querido y valiente loco, se lanzó directamente al rostro de la recuperadora, y unas mandíbulas gigantes se cerraron sobre él.

Entonces, recibió de llenó el siguiente rayo mágico del demonio golem, uno que comenzó a convertirlo en piedra.

Zaknafein no podía protestar, y su única esperanza era que lo que ya era la estatua de un enano pudiera ser capaz de bloquear cualquier otro rayo mágico.

Pero ¡no! Porque mientras Zaknafein se acercaba esos últimos pasos y lanzaba un fuerte tajo con las espadas a la pata más cercana de la araña, el extraño enano se transformó en una nube de humo.

Y luego volvió a ser un enano: de carne, no de piedra.

—¡Mi Pwent! —gritó el rey Bruenor no muy lejos, por detrás de Zaknafein.

—¡Mi rey! —gritó el enano Pwent en respuesta mientras se lanzaba contra los ojos del golem con sus guanteletes de púas. La araña protestó con un grito mientras intentaba apartarlo, y las docenas de enanos que manejaban los exprimidores le vitorearon y gritaron «Dale duro».

Pwent se dejó llevar totalmente por su furia, golpeando sin parar, sin prestar atención a las mandíbulas que de nuevo se cerraban sobre él. Zaknafein atacó rabiosamente la pata más cercana, intentado inutilizarla.

—¡Ah, perra! —gritó el enano.

Zaknafein miró hacia arriba. Los rayos se arqueaban entre los ojos de la araña, y el maestro de armas pudo notar que preparaba otro rayo explosivo. Lo vio en la cara del enano y también vio que este lo sabía: ¡ese valiente loco estaba condenado!

Sin embargo, justo antes de que el rayo saliera, un pegote de masa viscosa, verde y pegajosa voló entre el enano y la cara de la araña, y enganchó al enano con los brazos totalmente extendidos, al monstruo arácnido.

Zaknafein volvió la cabeza para ver de dónde había salido: Jarlaxle, el rey Bruenor y sus dos reinas corrían hacia él.

Un rey que corría hacia una muerte casi segura para ayudar a sus amigos.

Esa idea dejó anonadado a Zaknafein. ¿Qué Madre Matrona haría eso?

Y para mayor sorpresa, el rey Bruenor no parecía un enano en ese momento, sino un gigante, uno que crecía a cada paso.

Zaknafein tuvo que echarse a un lado cuando Bruenor cargó, corriendo con el escudo contra el primer exprimidor, golpeándolo con una fuerza tremenda, mayor que la presión de todos los otros enanos que lo empujaban.

Más arriba se fue la recuperadora, y los enanos presionaron por toda la línea hasta volver al monstruo de lado y luego del todo.

Y para abajo que se fue el monstruo, con el enloquecido Pwent aún pegado a él y varios exprimidores cayendo detrás. Uno le dio a la monstruosa araña cuando esta trataba de agarrarse a la pared; otro casualmente interceptó el hilo de telaraña que el monstruo había conseguido producir y lanzar.

Zaknafein se retorció y contorsionó; dejó caer las espadas para quedarse colgado por los dedos del borde de la sima.

Entonces, ¿esto es la muerte?

Así que esto es la muerte, el misterio, la desaparición, la aniquilación, la caída final, la conclusión del juego, el crujido del cuello al extremo de la cuerda, la cabeza que rueda desde el hacha del verdugo, el último aliento de los pulmones aplastados, el último trozo de entrañas arrancado.

Peor que la vida, ¡ohascoohmierdaohmaditostodosportodalaeternida!

La pifia del final del sueño, nada bueno, todo susurros de palabrotas .

¡Mierdamierdamierdamalditaspalabrotastodo!

¡Mierda de vida! ¡Afortunado brevemente, tan brevemente, demasiado brevemente! ¿La alegría de Calihye, la calidez de Dahlia, el abrazo de Jarlaxle, el respeto de Drizzt? ¡Oh, mierda, no lo sé!, ¡ohascoohmierdaohmaditostodosportodalaeternida!

Vida, el sueño, puffff, acabó… y llenollenolleno de hedor, nariz hinchada.

Solo hedor, siempre hedor. Niego el hedor, pero no, y ahora ¿soy culpable?

¿Cómo soy? ¿Qué justicia? Mundo desalmado de dolores débiles, iluminado de luna monocroma con días de sol demasiado cortos.

Un parpadeo de luz. Solo un parpadeo. ¡Rápido! ¡Una imagen, un momento! ¡Robados!

¡Ohascoohmierdaohmaditostodosportodalaeternida!

¡Demasiado tiempo…, demasiado tiempo! Latidos de chispas, horas de odio y culpa .

Tanta sangre caliente en la muñeca, en el brazo, seca en los ojos .

Tanto veneno, tanto dolor .

Una esperanza, uno pide, solo una, pero no, no puedo morir para escapar al dolor…, ¡no! No, ahora lo sé, sin salida, y ahora solo hay desesperación-profundo vacío-oscuridad-oscuridad-eternamente. Mas allá de las picadas de mil millones de miles avispas, pequeños fuegos, dolor incesante…

El picor, el ardor, las imágenes destellodestellodestello, ¡Calihye!

La víctima, la víctima, la víctima. ¡Dahlia!

La víctima, la víctima, la víctima. ¡Jarlaxle!

La víctima, la víctima, la víctima. Tantas, las víctimas.

¡Mis víctimas, tantas! ¡So sabías! ¡Drizzt, lo sabías!

¡Ohascoohmierdaohmaditostodosportodalaeternida!

Pero no .

No .

¡No!

¡No puedo!

¡Ojalá hubiera usado mi daga contra mí mismo! Sin existencia…, sin existencia…, eso, lo aprendo demasiado tarde, mi única salvación .

¡Ohascoohmierdaohmaditostodosportodalaeternida!…

Colgado del borde, Zaknafein miró hacia abajo, a través de la espesa niebla hasta el fulgor naranja del primordial de lava.

Vio uno de los exprimidores romperse al chocar contra la pared, caer en la lava e inmediatamente arder en llamas.

Vio a la araña golem caer sobre la espalda, gritando, arañando y tratando de lanzar un hilo de telaraña.

Una oscuridad que creyó que era una nube de humo, se alzó, pero entonces tomó la forma de un gran murciélago y voló subiendo desde el pozo.

La araña casi logra enderezarse, pero un zarcillo de lava se alzó por detrás de ella lo suficientemente cerca para que Zaknafein sintiera el repentino e intenso aumento de calor; luego rompió como una ola sobre el monstruo abisal y salpicó también al murciélago.

Los gritos pararon inmediatamente bajo la pesada sustancia derretida, y la lava se aplanó como si digiriera el golem.

Zaknafein trató de aguantar, trató de clavar una bota para ayudarse a subir.

Notó una mano cerrarse sobre la suya izquierda, luego otra sobre la derecha, y al alzar la mirada vio no a una sino a dos rescatadoras, las reinas de Gauntlgrym que lo cogían y lo subían.