Ilimitado (Generations 2) 27. El final
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27. El final

E L FINAL

El vampiro Thibbledorf Pwent se hallaba sentado en el Trono de los Dioses Enanos, en el vacío salón de entrada de Gauntlgrym.

Los enanos habían pasado corriendo en dirección a las cámaras más profundas, después de cerrar la entrada donde habían dejado caer un trozo del muro.

En ese momento, ese muro temblaba y de él caían trocitos de piedra por los golpes que sufría del otro lado.

—Ah, dioses, ¿qué me habéis dado aquí? —preguntó el enano—. Llévame a casa, Moradin. Me tienes atrapado ente el corazón y el hambre. Eso, el hambre. Siempre está ahí…, o mejor llamarla sed. Dulce sangre.

A su derecha, el muro se derrumbó y la gigante araña golem lo atravesó correteando por el suelo, y se volvió de lado al llegar a la pared para atravesar la puerta que llevaba a los niveles inferiores.

Thibbledorf Pwent meneó la cabaza, sin si quiera saber qué podía significar eso. ¿Qué monstruo era ese?

Vio a los demonios entrando a raudales tras él. Sin duda, Bruenor y los otros habían sabido que eso sucedería, que el muro nunca podría resistir ante tal horda. ¿Por qué habían huido?

Para su sorpresa, le llegó el sonido de una terrible lucha, de repente, en las cámaras, justo más allá del salón de la entrada.

Pwent se levantó del trono y su forma corpórea comenzó a disolverse en simple humo incluso antes de llegar al suelo.

El vampiro voló para investigar. No tardó en entender que los enanos que estaban luchando furiosamente contra los demonios en los corredores y las estancias de más allá habían dejado pasar a la araña demonio.

Pero ¿por qué?

Pwent voló hacia abajo y rápidamente alcanzó al golem arácnido gigante mientras correteaba por las rutas descendentes de Gauntlgrym, moviéndose con facilidad arácnida por las paredes de las cavernas inferiores de altos techos y hasta escupiendo unas hebras de telaraña en cierto momento para acelerar su descenso.

Ni un solo enano se le enfrentó, ni una sola saeta de ballesta o una carga de catapulta voló para interceptar la carrera de la araña.

Cuando llegaron a las estancias y los túneles inferiores, los ruidos de la batalla ser fueron perdiendo rápidamente por detrás.

Pwent se dio cuenta de adónde se dirigía la araña y, en forma gaseosa, voló por delante del monstruo hacia la estancia más deseada, donde se hallaba la Gran Forja de Gauntlgrym.

No había ningún enano.

«Por la peluda barba de Moradin, mi rey, ¿qué estás haciendo?», pensó Pwent.

Se fijó en que la puerta de la cámara del primordial estaba más que abierta; en realidad, la habían sacado y por ella se dejaba ver el corto túnel que iba desde la sala de la forja al gran pozo que contenía a la bestia casi divina.

Pwent vaciló, pero la araña no, y corrió hacia ese pasillo chillando en alto, como si estuviera en una repentina y ansiosa persecución.

Pwent la siguió, pero antes de llegar a entrar en esa cámara, oyó un tremendo retumbo, a enanos gritando y una araña chillando, y cuando entró fue recibido por el destello cegador de un monstruoso rayo.

—Esto es un locura —señaló Zaknafein a Jarlaxle con los dedos, en el complicado código de manos drow.

El mercenario se hallaba junto a él al fondo de una cámara de lo más maravilloso, una larga caverna bañada por un resplandor naranja; este estaba producido por los remolinos de fuego y lava de la bestia primordial que alimentaba las forjas de Gauntlgrym.

Atrapada en una profunda sima que se extendía a lo largo de la media parte trasera de la estancia, a la derecha de Zaknafein, cuando este miraba a la esquina donde se hallaba la puerta de entrada, los movimientos de la bestia semejante a un dios mantenían la estancia en vibración constante.

Los elementales del agua rodaban justo bajo el borde de esa sima, reforzados constantemente por las cortinas de agua que llovían desde lo alto del techo.

—Le pedimos al rey Bruenor que confiara en nosotros, así que nosotros deberíamos confiar en él —dijeron los dedos de Jarlaxle como respuesta. Bruenor se había ganado eso y más.

Zaknafein miró más allá de su amigo, al enano con el casco de un solo cuerno que cargaba con una pequeña rodela en una mano y un hacha con muchas muescas en la otra. Trató de apartar sus dudas, pero ¿cómo era posible que confiaran en un enano? ¡Y, para colmo, en un enano de superficie!

Este mundo le parecía demasiado confuso al pobre Zaknafein.

Había pasado toda su vida aprendiendo la verdad del mundo, pero comenzaba a comprender que esa era la verdad solo del mundo de los drow.

Y era una verdad distorsionada por malas intenciones.

Todo lo que había aprendido, no, no lo que había aprendido, sino lo que había llegado a conocer como la verdad, le había parecido antes como un nudo que comenzaba a deshacerse, como si su mundo estuviera a punto de revelarse por completo.

Un golpe más abajo, al otro lado de la puerta, en el fondo de la pared de la izquierda, le llamó la atención.

—Pues que así sea —masculló el maestro de armas drow, y se preparó para morir.

Bruenor había atraído a la araña hasta allí y había colocado en la pared de la derecha una línea de extraños artefactos con enormes ruedas; a los exprimidores los había llamado Bruenor.

A Zaknafein todo eso le resultaba ridículo. Incluso cómico, de no ser porque su vida estaba entre los que se hallaban en fila allí.

La araña entró violentamente en la estancia, llevándose trozos de la puerta y la pared por delante. Se resbaló un poco cuando trató de volverse y Zaknafein tuvo, por un pasajero instante, la esperanza de que se caería a la ardiente sima.

Pero, no, la araña siguió derecha hacia él, y supo que lo miraba.

Uno de los ojos de la bestia se encendió y un rayo de luz verdosa fue a por Zaknafein; por un momento, este sintió que se le detenía el corazón, pero de impresión y no por el rayo, porque el muro de fuerza invisible que Jarlaxle había levantado ante ellos cumplió con su función y detuvo el rayo del monstruo.

Pero la araña siguió adelante, centrada únicamente en Zaknafein.

Fue entonces cuando los equipos de enanos a lo largo del muro entraron en acción: cogieron los palos de los exprimidores e hicieron avanzar los pesados artefactos, atacando de costado el enorme golem demoniaco.

Con rugidos y vítores, los enanos siguieron adelante; alzaron el costado de la araña con las angulosas placas frontales de las máquinas de guerra.

Cuatro de las patas de la araña se agitaron por encima de la parte frontal de esos artefactos, tratando de agarrarse a algo, ¡y la poderosa recuperadora se tambaleó en el mismísimo borde del abismo!

Pero allí los enanos se atascaron, porque la araña se aferró al suelo, recuperó la estabilidad y contraatacó. Otro de sus ojos se arqueó con parpadeos de repentino poder. La cámara se sacudió con un atronador contragolpe.

El exprimidor más avanzado quedó destrozado y humeante, y su equipo se retorcía en el suelo, el objetivo del rayo del monstruo. La pesadilla abisal rápidamente consiguió la ventaja al volver sus ojos por encima de lo alto del exprimidor y cargar varios de ellos con un creciente poder.

—¡Por mi hijo! —gritó Zaknafein, acelerando mientras encontraba a las tientas su camino hacia el otro lado del muro de fuerza, espada en mano.

Cargó contra la recuperadora y la bestia se volvió de repente hacia él con los ojos chispeando de ansiedad y energía.

Una telaraña voló desde uno, pero Zaknafein se tiró de rodillas, se inclinó hacia atrás y consiguió deslizarse por debajo de la pegajosa trampa. El maestro de amas se levantó y siguió corriendo, decidido a completar esas últimas zancadas.

—¡Mi rey! —Un fuerte alarido llegó desde la izquierda y, a pesar de su concentración, Zaknafein no pudo evitar mirar hacia allí boquiabierto por una fracción de segundo al ver al más extraño de los enanos que podría haberse imaginado nunca, una auténtica bola de púas y filos, que corría, saltaba, incluso volaba, ¿volaba?

, por encima de los esforzados equipos de los exprimidores.

Se lanzaba con algún tipo de magia que Zaknafein no comprendía, directo hacia el costado de la cabeza de la recuperadora, con los espinosos puños por delante.

—¿Adónde pretendes ir? —preguntó Regis mientras el carruaje seguía botando por el camino.

Después de pasarle las riendas a Dahlia, se había dejado llevar por una corta siesta de la que un bache especialmente potente acababa de despertarle—.

Dudo que seamos capaces de encontrar el camino al interior de Gauntlgr…

El carruaje dio una sacudida hacia el lado. Dahlia soltó un gritó y se dio un bofetón en la mejilla.

—¿Qué? —preguntó Regis mientras trababa de ayudarla a reducir la velocidad de los caballos. Miró hacia abajo mientras cogía las riendas y vio una mancha negra en el pescante: el insecto al que Dahlia había golpeado, que aún daba vueltas como si tratara de echar a volar.

—¡Au! —repetía Dahlia una y otra vez, y Regis tuvo que tirar con toda su fuerza para evitar que el carruaje se fuera directo a la zanja paralela a la carretera.

Miró a Dahlia en cuanto pudo y la encontró dando manotazos, incluso con el brazo roto, a varios insectos parecidos a avispas que zumbaban alrededor de su rostro.

Por un momento, Regis supuso que debían de haber pasado por encima de algún nido de avispas a ras de suelo, pero luego vio con más claridad a uno de esos insectos con un rostro más de humano que de bicho, y supo que tenían problemas.

Entonces, oyó el zumbido de un enjambre detrás de sí, justo detrás de él, y se temió lo peor.

Tiró inútilmente de las riendas, porque el carro se había metido en el barro que bordeaba el camino.

—¡Corre! —gritó mientras saltaba del pescante como podía.