26. Por abajo
P OR ABAJO
—La matrona Zhindia Melarn ganará —dijo Sos’Umptu Baenre a su hermana, la Madre Matrona Quenthel Baenre, la mañana del día en el que se iba a reunir el Consejo Regente.
—¿Una suposición o una certeza?
—Gromph lo ve así —informó Sos’Umptu—. Desactivó los portales mágicos a Gauntlgrym porque lo sabe. Los poderes reunidos contra el rey Bruenor y Luskan son demasiado formidables, y a la Matrona Zhindia la acompañan un par de sirvientas y de recuperadoras.
La Madre Matrona suspiró y asintió, porque ya conocía estos últimos detalles.
—La Matrona Zhindia ganará, la Casa Melarn se llevará toda la gloria y regresarán aquí a la cabeza de un ejército de demonios.
—¿Crees que se atreverá a amenazar a la Casa Baenre?
—Quenthel trató de hablar con seguridad, intentó mostrar incredulidad ante esa simple mención de tal acto.
Sin embargo, sintió que no lo había logrado y, cuando miró a Sos’Umptu, vio que su hermana compartía sus dudas.
Sos’Umptu era una de las drow más poderosas de Menzoberranzan.
Era la suma sacerdotisa del Atrio de la Diosa, una catedral pública que había creado ella misma y que cada vez tenía más influencia entre la gente común y las casas menores de la ciudad.
Continuaba como directora de Arach-Tinilith, la academia drow de sacerdotisas, y aún era la primera sacerdotisa de la Casa Baenre, al menos hasta que Quenthel pudiera acabar de preparar a su hija Myrineyl para ocupar esa posición.
Y Sos’Umptu se sentaba en el Consejo Regente como el Noveno Asiento, una jugada sin precedentes de la Madre Matrona para mantener el Consejo a su favor.
—No creo que tenga que hacerlo —contestó Sos’Umptu—.
Su heroicidad en la superficie y en Gauntlgrym pondrá su casa por encima de todas nuestras aliadas, y la evidente bendición de lady Lloth puede hacer que estas reconsideren sus alianzas.
El orden de Menzoberranzan se sacudirá hasta sus cimientos, y más aún porque a los herejes Drizzt y Zaknafein se les permitió salir libres de nuestras mazmorras.
—Fueron liberados bajo la palabra de Yvonnel —le recordó la Madre Matrona Quenthel.
Lamentó esas palabras en cuanto las hubo pronunciado, porque, sin duda, la hacían parecer menor, debilitada.
Porque, a fin de cuentas, ¿cómo podía alguien salir libre de las mazmorras de la Casa Baenre sin que lo ordenara Quenthel?
—¿Y dónde se encuentra ella ahora? —preguntó Sos’Umptu, encogiéndose de hombros—. Poco importa.
—Entonces, ¿qué propones?
—Que nos unamos a la campaña de la Matrona Zhindia —contestó Sos’Umptu.
De repente, la Madre Matrona Baenre se sintió insignificante.
¡Con qué rapidez podían cambiar las cosas en las Ciudad de las Arañas!
Solo unos meses antes, después de la caída de Demogorgon en las puertas de la ciudad, la Casa Baenre había parecido más segura que nunca en su lugar, en lo alto de la jerarquía.
La Casa Melarn, siempre una molestia, había sido apaleada y bajada de rango.
Quenthel había dirigido el Consejo Regente para mantener a sus aliadas más cercanas en posiciones de gran poder; incluso había reinstaurado la Casa Xorlarrin bajo la Matrona Zeerith, lo que le había dado una aliada casi tan poderosa como la segunda Casa, Barrison Del’Armgo, y la Matrona Mez’Barris, quizá su única auténtica rival.
Sin embargo, a pesar de todo eso, la Madre Matrona Quenthel Baenre comprendía la vulnerabilidad de ese plan.
Esa gran Casa, la Casa gobernante de Menzoberranzan durante milenios, se hallaba en una peligrosa transición generacional.
Todas las hijas de la Madre Matrona Yvonnel Baenre habían muerto excepto Quenthel y Sos’Umptu.
Y de los dos hijos que quedaban de la gran Yvonnel, Gromph, aunque quizá fuera su aliado, ni siquiera estaba en la ciudad y Jarlaxle nunca había sido realmente parte de la Casa Baenre, para empezar.
Cuando miró a la única otra persona presente en la estancia, Quenthel recibió un intenso recordatorio de esa situación, porque allí se hallaba Minolin Fay Baenre, una débil sacerdotisa que solo era miembro de su corte porque había tenido a la hija de Gromph.
Ya hacía varios años que la Madre Matrona Quenthel sabía que tenía que ganar tiempo hasta que los muchos jóvenes nobles prometedores de la Casa Baenre pudieran asumir totalmente sus posiciones.
Por tanto, había debilitado la Faerzress para traer hordas de demonios a Menzoberranzan, esquiando así cualquier posible intento de las casas rivales de hacerse con el poder.
Por esa misma razón, había financiado el Atrio de la Diosa y elevado a Sos’Umptu a una posición de gran poder.
También por eso había reconstruido la Casa Do’Urden como una reencarnación de la Casa Xorlarrin, y había reinstaurado a su aliada más importante, la Matrona Zeerith, la cual odiaba profundamente a la Matrona Mez’Barris.
Sin embargo, ¿se mantendría siquiera esa rivalidad si Zhindia Melarn regresaba a Menzoberranzan después de tal tremenda victoria en la superficie, con los herejes entregados a Lloth, Gauntlgrym conquistado (después de que el rey Bruenor se la hubiera arrebatado a Zeerith Xorlarrin, haciendo fracasar el intento de la Madre Matrona Quenthel de que los Xorlarrin mantuvieran ese complejo para usarlo como una ciudad satélite de Menzoberranzan, nada menos), y con una horda de demonios como aliados?
—¿Llamamos a Gromph? —sugirió Sos’Umptu.
—No —respondió la Madre Matrona sin vacilar—.
Si se ha rendido a la Matrona Zhindia, entonces, no podemos confiar en él.
La Sacerdotisa Sos’Umptu asintió obediente; luego, a pesar de su legendaria impasibilidad, hizo una clara mueca cuando Quenthel añadió—: Claro que, de todas maneras, no es que nunca haya confiado en nuestro hermano homicida.
A fin de cuentas, Gromph había tratado de asesinar a Quenthel en más de una ocasión cuando su hermana Triel se sentaba en el trono de la casa como Madre Matrona Baenre.
—No —repitió Quenthel, asintiendo, porque estaba comprendiendo muchas cosas—. No, tú —dijo, señalado a Minolin Fey—, ve a la Casa Barrison Del’Armgo e informa a la Matrona Mez’Barris de que hablaré con ella en privado hoy mismo, antes de la sesión del Consejo.
Sos’Umptu y Minolin Fey intercambiaron una mirada escéptica.
—Marcharemos —le dijo la Madre Matrona Quenthel—. Todas marcharemos. Y a Minolin Fey le dijo secamente—: ¡Ve! —Y la mujer salió corriendo de la estancia.
—¿Qué estás pensando, Madre Matrona? —se atrevió a preguntarle Sos’Umptu cuando las hermanas se quedaron solas.
—Hace mucho tiempo, nuestra madre, la gran Yvonnel la Eterna, la primera y magnífica Madre Matrona Baenre, intervino en un asunto relativamente menor que tenía que ver con el intento de asesinato de un maestro de armas de una casa relativamente menor, llevado a cabo por otra casa supuestamente menor.
Sos’Umptu no lo recordaba.
—A ti no se te incluyó en la discusión o la organización —le dijo Quenthel—. Todo quedó en manos de Gromph, Triel y de mí misma. El maestro de armas al que salvamos era Zaknafein Do’Urden. La que planeaba el asesinato no era otra que la Matrona Soulez Armgo, la madre de la Matrona Mez’Barris.
—Sigo sin entender.
—Una extraña coincidencia, dado donde nos hallamos ahora, ¿no crees?
—¿Piensas que es más que eso? —preguntó Sos’Umptu, con claras dudas—. ¿Crees que todo estaba predestinado? ¿Todo esto? ¿Con tal anticipación como para saber que Zaknafein sería el padre del hereje Drizzt? Eso es…
—No —le interrumpió la Madre Matrona Quenthel—. Pero quizá se hizo sabiendo que la chispa se hallaba en Zaknafein antes que en Drizzt.
Sos’Umptu negaba con la cabeza.
—Los rezos de la Madre Matrona Yvonnel a Lloth nos condujeron a ese lugar en aquella noche lejana para interferir con los planes de los Armgo. Eso lo sé en mi interior.
Sos’Umptu inclinó la cabeza respetuosamente al captar que le recordaba que Quenthel había recibido los recuerdos de la Madre Matrona Yvonnel Baenre.
No se los habían explicado o mostrado, sino que un ilícido se los había implantado en la mente a Quenthel y, por tanto, ya eran tanto sus recuerdos como lo habían sido de Yvonnel.
—O quizá es una simple coincidencia —admitió la Madre Matrona Quenthel—. Pero, aun así, ver dónde nos ha llevado eso con Zaknafein y con la Matrona Mez’Barris es realmente remarcable.
—No somos una nación numerosa ni una ciudad muy poblada —le recordó Sos’Umptu—. Lo que puede parecer una coincidencia podría no ser más que simple proximidad.
—Aconsejas sabiamente, como siempre —repuso la Madre Matrona—. Aun así, aquí estamos. No podemos permitir que la Matrona Zhindia gane y regrese triunfante en una gloria sin compartir.
—Así que la Casa Baenre machará, ¿no?
—Menzoberranzan marchará —le corrigió la Madre Matrona—. Con todo su poder.
El bárbaro mordió la tira de metal envuelta en tela, sin hacer más sonido que un gemido cuando la oscura sacerdotisa elfa presionó con fuerza la línea de la herida, y bolas de pus blanca le saltaron entre los dedos.
Los músculos del hombro, el cuello y el brazo de se le hincharon y se flexionaron hasta el límite.
Rápidamente, Dab’nay lanzó un conjuro que envió curación purificadora a la herida abierta. Luego se apartó, con una mano sobre el hombro de Wulfgar mientras le ayudaba a inclinarse para vomitar en el cubo que le había puesto delante.
A pesar de toda su fuerza y tamaño, de repente, Wulfgar pareció muy frágil, y la baba oleosa que siguió a su vómito fue acompañada de gruñidos de frustración absoluta.
—Estoy haciendo por ti todo lo que puedo —le soltó Dab’nay.
Él asintió y volvió a vomitar.
—Y solo porque Kimmuriel me ha ordenado hacerlo —añadió ella.
Wulfgar le dedicó un momento a recuperarse, limpiarse la boca y asegurarse de que no tuviera más vómito en camino.
—Solo llévame a la Torre, te lo ruego, y al portal para que pueda reunirme con mis amigos en Gauntlgrym.
—No puedes —le informó Dab’nay.
Se abrió la puerta y Beniago entró en la sala.