25. Es mi amiga #3
El glabrezu se estremeció mientras los dos grandes seres en su interior luchaban por el control.
La niña fue directa hacia él, y con sorprendente destreza y unos dedos muy hábile, le sacó la cadena de plata de la que colgaba la lechosa piedra lunar.
El glabrezu se estremeció, la niña se fue hacia atrás y cayó al suelo, luego se puso al lado de Dahlia, que comenzó a apartarse amedrentada, hasta que se fijó en una segunda niña quieta en la puerta, sonriendo.
La niña a su lado alzó la filacteria.
—Mátalo, mami —susurró.
El demonio se encogió, se transformó en Alvilda, luego otra vez en el glabrezu, luego fue Alvilda de nuevo y, en ese momento, la piedra lunar en la cadena de plata destelló de repente al recibir el espíritu.
Alvilda Margaster cayó hacia atrás.
La niña junto a Dahlia volvió a ser Regis. Inmediatamente, metió la mano en su bolsa mágica y sacó un tarro lleno de algún líquido negro. Sacó el tapón y dejó caer la filacteria dentro, luego rápidamente volvió a poner el tapón y lo selló.
Dahlia iba a acabar con Alvilda, pero Regis le cogió el brazo.
—¡No!
—No puedes…
—No, te lo ruego —pidió el halfling—. Ella no representa ninguna amenaza. —Tiró del brazo de Dahlia con todas sus fuerzas, reteniéndola.
Dahlia rugió.
—¿Y qué hay de ella? —preguntó, indicando la niña a la puerta.
Oyeron ruidos en el pasillo; sin duda, serían los guardias de la casa.
—Todos le tienen miedo a la niña, pero no durará —razonó Regis—. ¡Vamos! ¡Corre!
Regis saltó sobre el capullo caído. Asustado, pero sin más opciones, se agachó y se lo cargó al hombro, luego avanzó sobre piernas temblorosas hacia la gran ventana que daba a la puerta principal de la casa, un piso más abajo.
Dahlia le ayudó todo lo que pudo, limitada por el dolor, y cuando llegaron a la ventana, no se entretuvo buscando el pestillo; simplemente, la golpeó con la Aguja de Kozah y liberó el rayo que le pudiera quedar, suficiente para resquebrajar la ventana con un dibujo como el de una telaraña, que luego fue dejando caer trozos de vidrio a los adoquines de abajo.
Eso causó un aullido desde el pasillo de más allá de la sala.
—¡La puerta principal! —gritó más de una voz.
Regis saltó rápidamente al alfeizar y siguió empujando.
—Perdóname —susurró, y dejó caer el capullo, luego bajó del alfeizar tras él e hizo un guiño de dolor al oír el desagradable plaf por abajo.
Una frenética Dahlia fue bajando tras él, maldiciendo y prometiéndole gran dolor, pero el capullo continuaba intacto.
—¡El carruaje! ¡Rápido! —le dijo Regis.
Volvió a empujar el capullo.
—Oh, esto te lo voy a cobrar —masculló pensando en el peligroso hombre que había dentro—. Si aún estás vivo.
Curiosamente, realmente esperaba que Artemis Entreri siguiera vivo, lo esperaba más de lo que se hubiera imaginado.
Dahlia llegó con el elegante carruaje, saltó del pescante y abrió la puerta; luego, ayudó a Regis a meter dentro a Entreri.
Regis fue más rápido que ella en subir al pescante y sacudió las riendas; los caballos ya corrían por el camino adoquinado cuando la puerta delantera se abrió de golpe y los gritos comenzaron a sus espaldas.
Caigo…, caigo… ¡caigocaigocaigo!
Sin ruido, sin movimiento, sin nada, nadanadanadanada. Dolor. Solo dolor. Pero sololaspicadassololaspicadas. ¿Porquésololaspicadas? Mordizcosypicadas. Patitas corretando y picadas .
Calmacalmacalma…, calma…, relax .
¿Porquéaúnduelelaspicadas?
Calmacalma…, clama. Piensa .
¡Dolor!
Alvilda Margaster estaba sentada en el suelo contra una silla volcada, temblando y llorando.
—No tengas miedo, mami —dijo Sharon; Alvilda la miró y ahogó un grito.
¡Su niñita volvía a tener los ojos grises!
Pero detrás de Sharon había otro doble que salía por la puerta, la misma niña, con los tirabuzones pelirrojos botando.
—No tengas miedo, mami —le aseguró Sharon—. Es mi amiga.
—Es un monstruo —respondió una confusa Alvilda.
—No, mami. Me enseña. Me muestra cosas. Es mi amiga.
Alvilda la miró boquiabierta, horrorizada.
—Como me dijiste de tío Brevindon.
—¿Tío Brevindon?
—Sí, mami.
—Que era… —Alvilda se detuvo, asombrada, pensando en lo que había oído en la puerta del dormitorio de Sharon—. ¿Que es tu mentora? —preguntó Alvilda, al recordar los murmullos.
—¡Sí! —exclamó Sharon—. Me muestra cuando soy buena o mala. Quiero ser buena, mami.
—Mentora… Atormentadora —susurró Alvilda para sí, anonadada y confusa. Miró hacia la puerta con la boca abierta.
Regis redujo la velocidad del carruaje por las calles de Aguas Profundas, sin querer llamar la atención. Los Margaster se habían quedado muy atrás.
¿Adónde podía ir? Se preguntó el halfling. ¿Debía llevar al Entreri en el capullo a los señores de Aguas Profundas? ¿Qué señores? ¿En quién podía confiar en esa ciudad?
—¿Yasgur? —preguntó Regis mientras cogían el bulevar principal con las puertas de la ciudad ya a la vista.
—Estoy con vosotros —oyeron los dos; era una voz de niña portada por la brisa nocturna.
Regis se puso en pie, Dahlia se volvió y se alzó, y ambos miraron por encima del techo del carruaje.
En la distancia, vieron a una niña de cabellos rizados en un vaporoso vestido blanco que flotaba bajando por el camino.
Dahlia cayó, jadeante, apretándose el brazo, pero claramente más alterada por la impresión que por el dolor.
—El látigo, el látigo —le imploró a su compañero.
—No nos hará nada —afirmó Regis, pero estaba incluso más sorprendido que Dahlia por la seguridad que había en sus palabras. Aun así, él eso creía y vacilaba.
Frustrada por la lenta respuesta de Regis y con un rugido de dolor, Dahlia le sacó las riendas de las manos y las sujetó sin fuerza en la mano del brazo roto, luego le cogió el látigo al halfling y lo aplicó sin miramientos sobre los dos caballos negros que tiraban del carruaje.
Y corrieron saliendo de Aguas Profundas y por el camino del norte.
—Dámelas —le pidió Regis—. Con el brazo así, no puedes.
Dahlia lo miró incrédula y amenazante, pero lo cierto era que no podía discutírselo.
Dolorida y angustiada, la elfa se cedió las riendas, luego se sentó en el pescante y se esforzó por relajar la respiración.
Se cogió el brazo roto con la otra mano para tratar de mantenerlo firme mientras el carruaje botaba por el camino.
Aun conseguía reprender a Regis cada vez que este permitía que los caballos bajaran el ritmo.
Dolor… Picadasmordiscos .
Corretean. En mí, sobre mí .
¡Dolor! Calma .
¡Dolor! Calma .
Calmacalmacalmacalma. Unesconditeunlugarprofundo…, calma .
Disminuye, lejos, marcha… vete .