Ilimitado (Generations 2) 25. Es mi amiga #2
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25. Es mi amiga #2

Regis miró a Dahlia y se encogió de hombros, impotente.

Ella le sacó la daga de la mano y se tiró sobre el capullo, cortando, y cuando vio que no llegaba a ninguna parte, comenzó a acuchillar la cosa con furia, desesperada por liberar al hombre al que amaba.

Pero no consiguió ni hacerle una marca.

—Bueno, qué conveniente casualidad —oyó Regis desde la puerta, y cuando Dahlia y él se volvieron se encontraron con un par de mujeres Margaster, Inkeri y Alvilda, entrando en la sala.

¿Caigo? Ruedo .

¿Porquémeduelenaúnlaspicadas? ¡Tantasynoestoyinsensible!

Dolormengua… ¿porquéno?

No puedo moverme…, no. ¿Por qué aún vivo?

¿Vivo?

Avispasdentrodelanariz… suben, pican… Boca… No puedo cerrar la boca .

Sinruido, sinmoverme, sinnada, nadanadanadanada. Dolor. Solo dolor. Picadasymordizcos. Patitas corriendo y picadas .

Calmacalmacalma… calma… relájate .

¿Porquéaúnduelenlaspicadas?

Calmacalma… calma. Piensa .

¡Dolor!

¿Muertejusta?

Sharon caminó tranquilamente hasta el capullo caído sobre los adoquines del callejón y asintió. Su trabajo ni le gustaba ni le disgustaba.

Porque no era realmente su trabajo.

A fin de cuentas, el hombre se lo había hecho solo, y en ese momento había llegado enfrentarse a la verdad de sí mismo de la manera más brutal y dolorosa.

Sharon oyó a la mujer sollozando detrás de ella, en la entrada del callejón, así que se volvió y le ofreció una sonrisa; luego regresó rápidamente a la Casa Margaster.

—Me encanta cuando me traen la cena sin pedirla —susurró Inkeri Margaster.

—¡Sácalo de ahí! —ordenó Dahlia mientras estampaba su bastón contra el suelo y activaba hábilmente sus controles mágico-mecánicos para dividirlo en tres partes. Un palo de tres secciones. Cogió la central y la puso ante sí.

Inkeri se rio de ella.

Regis se lamió los labios, nervioso. Pensaba que sabía qué esperar de Inkeri, porque la había visto transformarse en un demonio glabrezu en las cuevas bajo el palacio de lord Neverember en la Ciudad de Neverwinter. Alzó la ballesta que le colgaba del chaleco y apuntó primero a Inkeri.

Pero movió el brazo, dudando de poder afectar al glabrezu y con la esperanza de poder derrotarlo entre Dahlia y él, y finalmente disparó a Alvilda, a la que ya había dejado inconsciente una vez antes.

Esta ahogó un grito cuando la saeta la alcanzó, y cayó hacia atrás.

Al mismo tiempo, Dahlia hizo rodar las dos secciones de los extremos de su palo triseccional, mientras movía la sección central hacia delante y hacia atrás, de modo que las dos externas chocaban de vez en cuando, porque así era como la Aguja de Kozah creaba su poderosa energía eléctrica.

Pero al mismo tiempo, Inkeri se transformó, de repente, y no en un demonio glabrezu, como Regis se esperaba, sino que fue ensanchándose con una capa de pelo naranja cubriéndola y rasgos faciales de aspecto simiesco.

Antes de que Regis y Dahlia pudieran digerir la transformación, el demonio que era Inkeri saltó, cubrió con facilidad los siete metros que lo separaban de los dos intrusos y cayó entre ellos dos, haciendo tambalearse a Regis y a Dahlia.

—¡Acaba con el otro! —le gritó Dahlia a Regis.

La hábil guerrera realizó una controlada voltereta y acabó de pie; usó su palo triseccional a la defensiva cuando el enorme Barlgura iba a matarla.

Sus manos se movían furiosamente por arriba y por abajo, y los extremos de los palos golpeaban las garras extendidas del demonio, lo que le provocaba aullidos de dolor.

Pero Dahlia no iba a vencerle, o eso creía Regis, así que corrió hacia Alvilda, mirando de nuevo desesperadamente su daga para ver si las serpientes habían vuelto a crecer.

Regis no quería matar a Alvilda. La había conocido, había cenado con ella, bebido con ella, conversado con ella y aunque no había tenido nunca la intención de acostarse con ella y su encuentro con ella había sido puramente para conseguir información, esa mujer escandalosa y divertida le había caído bien, o al menos no le había desagradado.

Así que esperaba que el veneno narcótico drow la dejara fuera de combate antes de que él llegara con su florete.

Pero no, en vez de eso, pasaron otras dos cosas. La puerta de la sala se abrió y entró la niña de los ojos blancos, aun sonriendo.

Y Alvilda dejó de ser humana con crujidos de huesos y cambios de forma, los hombros se le ensancharon y se le alzaron, la nariz y la boca se le estiraron para formar un hocico, le crecieron grandes dientes y unas pinzas gigantes que le rompieron el vestido mientras le crecían dos brazos más.

Regis casi se desmaya. Intentó llamar a Dahlia, pero solo le salió un gallo. Miró su florete, un arma muy inútil en ese momento, y supo que le sería imposible derrotar a ese enorme monstruo.

Dahlia presionó con su palo triseccional golpeando al enorme Barlgura y formando arcos de rayos que le quemaban el pelaje naranja y lo mantenían a raya. No le estaba haciendo mucho daño, realmente, pero siguió presionando, intentado encontrar algún espacio, alguna manera.

El demonio saltó en el aire, por encima de ella, y mientras Dahlia lo seguía con la mirada cogió la Aguja de Kozah por el extremo con una mano y la sacudió como un látigo para que el otro extremo provocara otra descarga.

Barlgura desapareció; se volvió invisible tan de repente que, por un segundo, Dahlia tuvo que recordar qué estaba haciendo.

Pero rápidamente se rehízo y corrió para seguirle el salto, tratando de suponer dónde aterrizaría.

Oyó el golpe cuando bajó a unos cuantos pasos por delante, pero volvió a saltar inmediatamente.

Y esta vez ella fue incapaz de seguirlo.

Giró en redondo, moviendo el palo para tratar de mantenerlo a raya, y sí que le alcanzó a acabar el giro, pero ¡demasiado cerca! Porque el demonio había reaparecido a su lado y su enorme puño fue a machacarla.

Dahlia alzó el brazo para bloquearlo, notó que se le quebraba el hueso del antebrazo y se encontró volando hacia atrás.

De algún modo consiguió colocar el cuerpo correctamente para absorber el impacto de la caída, pero aun así cayó rodando, haciendo muecas de dolor, tratando de ponerse en pie y prepararse.

Porque el demonio avanzaba hacia ella.

Adormilada por el veneno, Alvilda notó que el demonio se alzaba en su interior, haciéndose con el control.

Esa vez lo notó diferente, porque se encontró en una extraña fuga disociativa, como si fuera ella la que perpetrara las acciones, pero tampoco lo fuera, una extraña dualidad que despertó en ella la idea de que el demonio no era una entidad separada.

Que ella era el demonio.

Miró al halfling que avanzaba, al que conocía por el nombre de Regis Topolino, de Viñas Sangrantes, una cosita muy nimia, la verdad. Pero luego se abrió la puerta y Alvilda no pudo no prestar atención a la niña que entró.

Su niña.

Su querida y pequeña Sharon.

Ella miró al halfling y sonrió, y, a pesar de su situación claramente desesperada, Alvilda notó que Regis se calmaba profundamente ante la presentación del dictamen de la niña.

El dictamen agradable de Sharon.

Alvilda no lo entendía, pero se esforzó por detener las pinzas asesinas del demonio.

Oyó el rugido del glabrezu. Reverberó por todos los puntos de su cuerpo y su mente. La rabia más profunda, más asesina, más malvada y exigente.

—No pasa nada, mami —dijo Sharon, y esas palabras golpearon a Alvilda como un rayo.

Y se despertó como de un sueño.

El glabrezu rugió.

Alvilda Margaster, la madre de la niña en la puerta, que había sido tan corrompida, rugió más fuerte.

El enorme demonio glabrezu saltó.

La sangre abandonó el rostro del halfling.

Pero el demonio pasó por encima de Regis y aterrizó en una carga arrolladora, ¡cerrando las pinzas sobre la cintura y el cuello de Barlgura!

La habitación tembló, la casa se sacudió bajo el forcejeo de los dos poderosos demonios; las pinzas del glabrezu hacían profundos cortes; los puños de Barlgura golpeaban al monstruo con cara de perro.

Dahlia no quiso perder la oportunidad y chasqueó su palo triseccional en el rostro de Barlgura; incluso se le llevó un grueso colmillo con un golpe.

Cuando los dos se fueron de lado, ella recuperó el palo y comenzó de nuevo ese movimiento giratorio para crear más potente carga eléctrica, luego la selló en un único bastón de nuevo.

El brazo izquierdo, roto, le palpitaba dolorosamente, pero no podía dejar que eso la ralentizara. No en ese momento.

Barlgura se levantó arrastrando con él al glabrezu y con sus dos enormes manos aferrando la pinza que le rodeaba el cuello.

Los cordados músculos se le hincharon con el esfuerzo, pero Barlgura consiguió abrir esa pinza y siguió tirando hasta partir la base de la garra y conseguir un grito del glabrezu.

La lucha iba a acabarse pronto, así que Dahlia atacó con dureza y puntería; le dio con la base del bastón directamente a Barlgura en el rostro, luego retorció brillantemente el palo hacia abajo para meterlo por debajo del pesado collar de su adversario.

Luego, soltó la energía, un rayo que lanzó la cabeza del demonio hacia atrás por la pura fuerza e hizo saltar en añicos la cadena de metal que sujetaba el rubí filacteria, lo que dejó a Barlgura momentáneamente atontado.

El rubí voló hacia un lado y Inkeri Margarte instintivamente se hizo con el control de la atontada criatura; de repente, la enorme forma cambió a la de una humana, aunque solo brevemente.

Pero lo suficiente para que el vencido glabrezu lanzara el brazo con la pinza rota hacia arriba y horizontalmente, y que una parte de la pinza le cortara el cuello, ya rajado, a la mujer.

Inkeri y Barlgura comenzaron a revertir de nuevo a la forma demoniaca, pero demasiado tarde, y la bestia cayó hacia un lado, casi decapitada, con su forma atrapada entre humana y demonio.

El glabrezu saltó para enfrentarse a Dahlia, pero tanto el demonio como la elfa se echaron hacia atrás y se detuvieron cuando la niña pelirroja se metió entre ellos.

—Dame tu collar, mami —dijo con toda dulzura.