Ilimitado (Generations 2) 25. Es mi amiga
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25. Es mi amiga

E S MI AMIGA

Probablemente podría haber cruzado directamente la puerta principal, pensó Regis mientre Dalia y él avanzaban sigilosamente por el salón vacío y a oscuras de la planta baja de la Casa Margaster.

La mansión no estaba visiblemente defendida, y ¿por qué iba a estarlo, ya que era una de las casas nobles de una ciudad totalmente dominada por esas casas y por la ley?

Claro que la casa tampoco carecía de guardias.

Los intrusos habían visto a un par de ellos descansando cerca del carruaje, bajo un toldo en una vía de servicio que salía de la carretera semicircular de entrada a la mansión.

Regis cruzó la sala hasta llegar a la puerta que daba al pasillo y escuchó cuidadosamente, luego la abrió solo un poquito.

Se echó atrás mientras cerraba la puerta sin hacer ruido y le indicaba a Dahlia con gesto que había otro par de guardias justo al otro lado, en el pasillo entre esa puerta y una segunda.

Dahlia le señaló y le indicó que avanzara deprisa, y luego se dirigió a la segunda puerta.

Regis respiró hondo; luego alzó su ballesta de mano y salió de la sala, intentando planear esa esperada secuencia de acontecimientos.

Dos guardias se hallaban ante él: un hombre delgado que hablaba muy animado, moviendo las manos y bailoteando, y una mujer gruesa que se apoyaba contra la pared y trataba de parecer interesada, aunque apenas lo conseguía, pensó Regis.

Dio otro sigiloso paso con la esperanza de llegar muy cerca, pero el hombre, en medio de su bailecito, lo vio y se volvió hacia él.

La ballesta de mano disparó y la saeta le dio al hombre en el pecho. Este la agarró y se tambaleó un paso atrás. Comenzó a gritar, pero solo balbuceó una palabra, porque el veneno narcótico ya estaba haciendo su trabajo.

Regis no se había detenido para admirar su disparo o sus efectos, sino que saltó corredor abajo, de modo que cuando la mujer se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, se encontró con la elegante punta del florete en el cuello y el halfling de pie ante ella con el dedo índice de la otra mano sobre los labios fruncidos.

La mujer alzó las manos vacías en señal de rendición, pero no importaba, porque también Dahlia estaba avanzando ya.

Regis soltó un gañido y saltó hacia atrás cuando su compañera atacó por sorpresa y le reventó el cráneo a la guardia con su nunchaku, regando a Regis en sangre, huesos y sesos. La guardia se desplomó sobre el suelo como si hubiera sido pisoteada por la tarasca.

—¿Por qué has hecho eso? —tartamudeó Regis.

—¡Shh!

—Se había rendido —susurró Regis.

—¿Y?

—Podría haber tenido información —añadió el halfling, pero más por Dahlia que por él. Tanto si hubiera tenido información como no si no, él no habría herido así a la guardia. Miró a la mujer caída, que gemía, y pensó que un fuerte vendaje tal vez la salvaría.

—Ni se te ocurra —le advirtió Dahlia como si le leyera el pensamiento, lo que, bien pesado, no era un truco tan difícil en ese momento.

—No podemos dejarla…

—Sí, sí que podemos. Estamos aquí por una razón.

Regis trató de calmarse.

—¿Crees que te hubiera dado cuartelillo si los papeles hubieran estado invertidos?

—Eso no importa. Se supone que somos mejores, sino ¿qué sentido tiene?

—El sentido es que estamos aquí para rescatar a Artemis Entreri, al que se ha llevado esa gente, ¿o lo has olvidado?

—¡Claro que no!

—Entonces, cállate —le ordenó Dahlia—. Y olvídate de la clemencia o harás que te maten. —Comenzó a avanzar.

—Que nos maten —corrigió Regis resignado, ante lo que Dahlia giró en redondo hacia él con los ojos entornados y un brillo salvaje.

—No —dijo ella, con una calma que le puso de punta los pelos de la nuca al atribulado halfling—. Que te maten.

Regis tragó con fuerza y siguió a Dahlia por el corredor, recargando torpemente su ballesta de mano, que, como mínimo, no solía ser letal.

Dahlia se pegó a la pared del pasillo antes de entrar en la siguiente habitación abierta, y Regis la siguió; ambos se quedaron mirando cuando otro miembro de la casa, una niña de rizos pelirrojos, cruzó esa habitación ante ellos.

Contuvieron el aliento, y más aún cuando la niña se volvió para mirarlos directamente y esbozó una sonrisa extrañamente inquietante.

Regis ahogó un grito al verle los ojos: blanco puro, solo blanco.

La niña siguió adelante y la perdieron de vista; Regis contuvo el aliento y se volvió hacia Dahlia, temiendo que incluso una niña tan pequeña no se librara de una muerte violenta.

La encontró apoyada en el muro, temblando, totalmente desconcertada.

—¿Dahlia?

Esta comenzó a jadear. Sacudió la cabeza y Regis supuso que sería para aclarársela; luego le hizo un gesto para que siguiera adelante y rápido.

Regis metió la cabeza en la sala y vio a la niña saliendo por otra puerta, y vio algo más importante: a un par de guardias de la casa que se quedaban tiesos y sin aire a ambos lados de ella cuando esta pasó entre ellos.

Una vez la niña ya hubo pasado, los dos guardias, fornidos y armados hasta las cejas, respiraron muy hondo con un terror palpable, hasta que uno de ellos tendió la mano y cerró la puerta con cuidado.

—Tengo una idea —dijo Regis a Dahlia. Cerró los ojos y se concentró durante un momento, luego le dio unos golpecitos a su gorra y, ante los ojos de Dahlia, se convirtió en una réplica casi exacta de la niña que acababan de ver.

Dahlia pareció a punto de caerse de culo.

—Despejaré el camino —le informó Regis, alegremente.

—Vete ya —dijo ella agitando las manos e intentando que se marchara rápido. Regis la miró sorprendido. Nunca había visto a Dahlia tan incómoda.

—Solo era una niña —comentó él, pero Dahlia negó con la cabeza enfáticamente.

—Vete ya. Vete ya. Vete ya.

Regis intentó suponer qué era lo que le molestaba tanto.

La niña los había visto, suponiendo que pudiera ver algo a través de esos ojos sin pupilas.

Parecía seguro que los había visto. Pero, aun así, Regis solo había sentido una sensación de calidez y bienestar cuando la había mirado, y esa imagen se le había quedado rondando en la cabeza de un modo tan intenso que había empleado su gorro con más poder que nunca antes.

¿Cómo había sido eso?

¿Y por qué los dos guardias, y también Dahlia, se habían quedado tan desconcertados y alterados, incluso aterrorizados, al ver a la niña?

Sus reacciones realmente dejaban perplejo al halfling, que solo sentía cosas buenas; claro que eso le hizo preguntarse por qué sentía él algo tan positivo hacia alguien que rondaba por una casa de enemigos y demonios.

Pero, en ese momento, no tenía tiempo de pensar en ello, así que siguió avanzando, atravesando salas y pasillos; por suerte, a medida que se adentraba en la casa, iba oyendo a cada vez menos gente, y no vio a nadie.

El borracho libidinoso salió tambaleándose del callejón, arrastrando a su mujer.

Mientras se rascaba las muchas heridas de la cara que le habían producido aquellas asquerosas avispas, el hombre señaló con la barbilla hacia una taberna al final de la calle.

Rebuscó en el único bolsillo que le quedaba y sacó una moneda de plata, que luego empleó para rascarse la cara antes de dirigirse hacia allí.

—No tenemos suficiente para que yo también beba —protestó la mujer.

El hombre se volvió y le alzó la mano del revés; ella se echó hacia atrás para esquivarle.

El borracho asintió satisfecho, e iba a seguir su camino cuando se fijó en la repentina expresión de confusión de su esposa.

Le siguió la mirada detrás de sí y hacia arriba, hacia los aleros de un edificio donde vio una gran bola de tierra y, más alarmante, las criaturas semejantes a avispas zumbando alrededor.

—¡Eh, aléjate rápido! —le dijo a su esposa.

Pero él no fue lo suficientemente rápido.

La gran bola cayó del alero justo detrás de él y comenzó a desenrollarse alrededor de él y luego por encima, apagando sus gritos cuando se cerró a su alrededor como un capullo de insectos mordedores, imparables y crueles.

La mujer chilló y chilló. Otros fueron a mirar.

Pero nadie se acercó, y el viejo libertino se quedó allí, retorciéndose bajo el castigo de la manta viviente, gritando de dolor hasta que expiró de puro tormento, lo que lo dejó gritando eternamente en los reinos inferiores bajo la condena de la niña.

Regis abrió la puerta un poquito y vio el salón del segundo piso; una habitación muy grande y con una agradable decoración. A su izquierda, el fuego del hogar ardía con fuerza y la luz danzaba sobre el extraño objeto que colgaba del techo ante la chimenea.

El capullo de Entreri.

El halfling convertido en niña ahogó un grito y se dio la vuelta, mientras hacía señas a Dahlia para que se apresurase a reunirse con él.

Entró en la sala y se acercó sigilosamente al extraño paquete.

No parecía seguir con vida, al menos por fuera, y se había cubierto de una costra que lo hacía parecer más un gigantesco nido de avispas que la especie de bola de tierra del principio.

—Debe de ser él —susurró Regis a Dahlia cuando esta se pegó a él.

—Es él —aseguró la elfa—. Ayúdame a cortarlo.

Regis recuperó su forma normal y sacó su daga. Se detuvo durante un instante y observó el arma al notar que las hojas laterales, las de forma de serpiente, no habían vuelto a crecer aún del todo. Si tenía que luchar, él aún no podía contar con sus espectros estranguladores aliados.

Antes de que pudiera decir algo, Dahlia lo agarró y lo alzó. Él intentó no tocar al capullo demoniaco, pero tuvo que apoyarse en él para mantener el suficiente equilibro que le permitiera cortar la cuerda de la que este colgaba.

El capullo se estrelló contra el suelo, rebotó, pero no se abrió, y ni Regis ni Dahlia pudieron encontrar ninguna juntura.

—Córtalo —le dijo la mujer.

Con cuidado, Regis puso la punta de su daga mágica sobre la extraña sustancia. Esforzándose por controlar su movimiento, porque no quería cortar al hombre que había dentro, apretó y deslizó el arma.

El filo era bueno, pero ni siquiera dejó una marca sobre ese extraño material.