24. Los ojos del mundo #3
Drizzt también los reconoció a ellos. Hizo galopar a Andahar hasta ellos, frenó de golpe y saltó del unicornio, mirando a Athrogate sin creérselo durante unos instantes antes de envolver al enano en un gran abrazo.
—¿Cómo sobrevi…? —comenzó a preguntar, pero se detuvo y se fijó en la acompañante del enano, que era una de los clérigos más poderosos que había conocido—. Amigo mío —dijo finalmente—, me alegra el corazón verte vivo.
Athrogate no lo negó, pero aún seguía con una expresión hosca.
—Alzaremos una jarra para brindar por Ambargrís —dijo Drizzt a media voz.
Sin querer malgastar ni un valioso momento del tiempo que le quedaba a Andahar, Drizzt despidió al unicornio.
—Sí, por mi Ámbar —coreó el enano.
Yvonnel fue a unírseles, pero el guerrero drow la cortó.
—Pero, primero, debéis marcharos de aquí los dos. Corred y no miréis atrás.
—Hemos estado matando demonios —repuso Athrogate.
—Y reuniendo a los refugiados —añadió Yvonnel—. Incluida una enana que estaba poseída, pero que ahora está libre y arrepentida. Creo que podemos ayudar…
Drizzt estaba negando con la cabeza.
—Me persigue una bestia superior a nosotros, a todos nosotros. Está abriendo un camino de desolación tras de mí en su búsqueda. Si os la encontráis y tenéis suerte, prescindirá de vosotros, pero, si no, sin duda os matará.
—¡Bah! —resopló el enano.
Pero Yvonnel no fue tan rápida en reírse de esas palabras. Lo sabía todo sobre Drizzt y sobre sus amigos, y sobre los enemigos a los que habían superado. ¡Ella había organizado el salto explosivo de Drizzt a la cara de Demogorgon! Verlo tan claramente alterado…
—¿Dónde? —preguntó ella.
Drizzt miró hacia el camino por el que había llegado.
—No muy lejos. Pero tenéis tiempo de apartaros de este camino mientras yo no esté con vosotros. Se moverá hacia donde yo me mueva. Me caza a mí y solo a mí.
—¿Qué es? —insistió Yvonnel.
—No hay tiempo…
Pero, entonces, Drizzt recordó con quién estaba hablando.
Ella poseía un conocimiento íntimo y completo de los recuerdos de su tocaya, Yvonnel la Eterna, quien durante dos milenios fue la voz drow de la Reina Araña y quien sabía más de las criaturas de los planos inferiores que cualquier otro drow vivo.
Y quizá, solo quizá, ella conociera alguna manera de derrotarlo.
—Creo que un demonio.
—¿Una araña?
—Sí, y hay dos. —Drizzt calló un instante al ver a Yvonnel ahogar un grito—.
Una para mí y otra cargando hacia Gauntlgrym, la última vez que la vi.
Pensé que era mejor alejar a esta, porque me temía que Bruenor y los demás no pudieran derrotar a dos de estas bestias.
Echan fuego y rayos por los ojos, y convierten a la gente en piedra.
Les he disparado con mi propio arco, las he visto caer bajo toneladas de piedra, pero sin el menor rastro de una herida…
—Recuperadoras —explicó Yvonnel—. Son recuperadoras.
—Sabes lo que son —repuso Drizzt.
—Entonces, sabrás cómo vencerlo —añadió Athrogate.
—Sí —respondió Yvonnel a Drizzt—, y no —le dijo al enano—.
Me temo que Gauntlgrym no puede derrotar ni a una sola.
La limitación de una recuperadora es al mismo tiempo su fuerza.
Es un golem preparado para un solo objetivo, y lo perseguirá hasta que lo capture o lo mate.
Las otras criaturas del plano material apenas pueden tocar a una recuperadora, son simplemente espectadores de una situación que no los incluye.
Parte de la magia de este golem es que solo ella y su objetivo comparten su plano de existencia.
—Pero yo fui quien disparó a la bestia que me persigue.
—Con un arco que dispara flechas de rayos. No le harás daño. Está por encima de ti.
—Entonces, ¿qué? —preguntó Athrogate, que se estaba poniendo nervioso.
—Corre, Drizzt Do’Urden —le dijo Yvonnel—. Sigue corriendo. Corre todo lo lejos que puedas. Buscaré una solución, pero poco te puedo prometer.
—Bah, pero ¡no voy a apartarme para que una araña gorda mate a mi amigo! —protestó Athrogate, y se dio con Rompecráneos en la palma de la mano para mayor énfasis.
—Entonces, tu amigo verá cómo te matan —repuso Yvonnel tranquilamente.
—¿Cuál es su debilidad? —preguntó Drizzt a la mujer drow.
—No tiene ninguna. Está blindada totalmente. Es rápida y fuerte. No la matarás con magia, sin duda.
—Una de mis espadas es de hielo. Devora a las criaturas de fuego.
Yvonnel se encogió de hombros, porque no sabía si esto tendría alguna importancia.
—Voy a averiguar todo lo que pueda —respondió ella—. Y te encontraré cuando lo haya hecho y te ayudaré como pueda. Alguien o algo muy poderoso está decidido a atraparte, Drizzt Do’Urden, y a atrapar a quien sea el objetivo del segundo golem.
—¿Demogorgon? —preguntó Drizzt.
—¿Lloth? —respondió Yvonnel.
—Pero Lloth me tenía en un túnel y no me cogió —repuso Drizzt—. Y si el otro golem es para Zaknafein…, sospechamos que fue Lloth quien lo devolvió a mi lado.
—No fue Lloth quien hizo eso —afirmó Yvonnel tajante—. Y mantenerte vivo solo para cazarte ahora le cuadraría mucho a la Señora del Caos. Corre, Drizzt Do’Urden. Mantente por delante de la bestia. Averiguaré lo que pueda.
Drizzt se quedó parado ante la declaración de la mujer; la cabeza le daba vueltas.
—El tiempo con Andahar se está acabando. La magia muy pronto se acabará. No puedo correr más que la recuperadora sin mi corcel.
—Entonces, ve a esconderte. Busca un túnel estrecho por el que la bestia no pueda seguirte con facilidad. Se abrirá camino para seguirte, pero no le será tan fácil.
Drizzt calculó cuánto más tiempo le quedaba, mientras trataba de establecer dónde se hallaba exactamente y qué lugares quedaban lo suficientemente cerca para poder llegar con Andahar.
Aunque… ¿tendría alguna importancia? Si no podía luchar contra el monstruo, si este era demasiado para él, ¿había algo que importara realmente?
Sí lo había; se dio cuenta de ello y lo aceptó con rapidez. Algunas cosas sí importaban, incluso a los que estaban perdidos. Se desabrochó el cinturón de las espadas.
—¿Tenemos que correr para escondernos? —preguntaba Athrogate a Yvonnel.
Esta se lo pensó un momento antes de contestar.
—Sí. Y haré que mis espías mágicos vigilen atentamente.
—¿Tan mala es esa araña?
Yvonnel asintió, muy seria.
—No descansan. No paran. Son casi imposibles de derrotar, por no decir imposibles del todo. Son los cazadores más fiables de todos los planos de existencia, y Lloth o Demogorgon, o ambos, parecen no haber escatimado ningún recurso en esta cacería.
—Bah, pero eso no me lo creo, ¿eh, elfa? —dijo el enano, y se volvió hacia Drizzt.
Drizzt se dirigió bajo un olmo de gran copa y dejó caer sus armas al suelo.
—¿Eh? —le dijo Athrogate—. Vuelve a ponerte el cinturón, elfo, y vamos a matar arañas. Aunque dudo que podamos comernos esa maldita cosa.
Drizzt se inclinó y dejó la bolsa que llevaba a la espalda encima del cinturón y las armas. Alzó la mirada hacia el enano y le sonrió. Se alegraba de ver a su amigo haciendo sus típicas bromitas ridículas.
—No a esta araña, Athrogate.
Se quitó la capa y las tobilleras, y también el carcaj que le proporcionaba un torrente inacabable de flechas para Taulmaril, y lo dejó todo sobre la pila.
—¿No estás queriendo matar esa cosa?
—Oh, amigo mío, yo… sí estoy queriendo —contestó Drizzt, imitando el acento del enano—.
Pero no podemos. Cuando os vi, tuve la esperanza de que quizá pudiéramos derrotar a la bestia, porque el poder de Yvonnel es el mayor que he visto jamás.
Pero ella sabe, y nos acaba de decir que incluso los tres juntos no tenemos ninguna oportunidad de defendernos contra ese golem abisal.
—Entonces, corre, porque está llegando —dijo el enano, sombrío—. ¿Por qué te quitas todo eso? ¿Crees que tu caballo será más rápido?
—Cabalgaré —dijo Drizzt sin responder exactamente la pregunta.
Se llevó a los labios el silbato que aún le colgaba del cuello y sopló para llamar al unicornio.
—A Andahar le queda poco que ofrecerme, pero espero que sea suficiente para llegar a mi destino. Yvonnel y tú os quedáis lejos de la bestia. Esta me seguirá solo a mí.
—Elfo…
—Por tu bien, por mi bien y por el bien de los refugiados en la cueva.
No sé si se fijará en vosotros. Ya he visto veces en las que esos monstruos se han vuelto contra los que están en su camino y otras en las que los monstruos simplemente han pasado de largo.
Si se vuelve contra ti, te matará, y a Yvonnel y a aquellos que protegéis.
—Entonces, ¿qué intención tienes? ¿Tienes un plan?
—Cuida de mis posesiones —fue todo lo que Drizzt estaba dispuesto a responder.
Se quitó las botas y la camisa de Mithril, y las dejó sobre el monto, y se quedó solo con los calzones y la cadena de plata que le colgaba del cuello.
—Llévales todo esto a Bruenor y Catti-brie si no vuelvo. Parto confiando en la victoria, y lo que es seguro, incluso si fracaso en eso, es que ese monstruo no me llevará con su amo ni se quedará para llevar la destrucción a aquellos que amo.
El gran unicornio llegó galopando hasta su lado; Drizzt se cogió de su crin y saltó ágilmente sobre el lomo del corcel.
—Confía en mí —le dijo a Athrogate, y después de sonreírle y guiñarle el ojo partió a todo galope.
Athrogate se quedó mirando el camino por el que Drizzt y el unicornio habían desaparecido.
—Drizzt encontrará la manera —masculló.
Yvonnel solo podía abrigar la esperanza de que eso fuera cierto. También se preguntaba si Bruenor seguiría en el trono de Gauntlgrym o incluso si seguiría habiendo uno.