24. Los ojos del mundo #2
Por suerte, la magia de Rompecráneos no iba a permitir que esa poderosa arma sufriera daños por esa sustancia, y la rabia de Athrogate tampoco le iba a permitir asustarse por unas quemaduras menores.
Cargó sobre el demonio y lo molió a golpes antes de que pudiera ponerse en pie.
La criatura se defendió salvajemente, saltando de un lado al otro y arañando con sus horribles manos, incluso llegó a escupirle ácido a la cara al enano.
Eso solo consiguió un rugido de furia, y el enano siguió golpeando incluso más temeraria y cruelmente, y propinó con Rompecráneos una serie de golpes hacia abajo con los que machacó el brazo alzado del demonio y, finalmente, su cabeza.
Athrogate aceptó los arañazos de la criatura en el brazo, y los tres ganchos le cortaron profundamente la carne.
Él solo gritó más fuerte, como si usara la voz para apagar el dolor.
Su voz y un recuerdo.
Estaba luchando por Ámbar, y ninguna herida bajaría el ritmo de sus golpes.
El demonio cayó de rodillas y luego hacia delante.
Athrogate cambió el ángulo de ataque y alcanzó al monstruo en la cara con un gran golpe a dos manos que hizo que la cabeza se le fuera de lado, y envió a la bestia rodando al suelo.
Athrogate lanzó otro golpe, pero demasiado alto, porque la cosa estaba cayendo, y el impulso de su furia hizo que el enano pasara por encima del monstruo caído y acabara en un matorral a unos pasos de allí. El enano se retorció y se arañó hasta salir, y se volvió con intención asesina.
Pero donde el demonio había estado en ese momento se hallaba una enana a cuatro patas, que sacudía la cabeza como si estuviera grogui.
—Ah, pero tú no —susurró Athrogate, y avanzó con un gruñido bajo, y fue alzando Rompecráneos por encima de la cabeza para el golpe final.
Pero se tambaleó antes de acabar con la enana cuando un rayo de luz dorada le alcanzó en el pecho y lo tiró un paso atrás. Un segundo rayo muy similar alcanzó a la enana arrodillada y esta se desplomó sobre el suelo.
Pero no había sido un ataque hacia ninguno de ellos.
Athrogate lo comprendió cuando se dio cuenta del carácter del conjuro.
Había sido alcanzado por algún tipo de extraña magia curativa, una que proyectaba fuerza junto con la calidez para calmar el dolor y un ungüento para eliminar el mordiente ácido.
Miró al otro lado del pequeño prado y vio a Yvonnel allí, junto al poni.
—¡El collar! —le gritó—. ¡Quítale el collar!
Lo primero que pensó Athrogate fue en hundirle el cráneo a la Stoneshaft arrodillada, e incluso se movió para hacerlo, pero la orden de Yvonnel no era mundana.
Era demasiado mágica, portaba un gran peso y, viniendo tan poco después del poderoso hechizo sanador, sorprendió al enano.
Antes de poder registrar ese movimiento conscientemente, Athrogate se encontró sujetando una cadena de plata de la que colgaba una piedra lunar de un color azul lechoso.
Oyó una voz en su cabeza siniestra y grave, una voz líquida cargada de moco y enfermedad que exigía entrar.
Pero había también una segunda voz: los tonos imperiosos de Yvonnel diciendo a Athrogate que soltara la filacteria.
Athrogate, demasiado terco y furioso para que ni el demonio ni la sacerdotisa pudieran poseerlo totalmente, lo arregló a su manera.
Tiró la baratija al aire, cogió su enorme maza y la bateó lejos y bien alto.
La joya se estrelló contra un árbol cercano, crepitando entre las ramas, y allí se quedó colgada, fuera de la vista.
La enana arrodillada tragó aire varias veces. Athrogate se volvió hacia ella con su furia aún insatisfecha, pero se encontró a Yvonnel allí, entre él y su presa.
—Apártate —le dijo a la drow.
—La enana ya no está poseída —repuso Yvonnel.
—Entonces, morirá con más posibilidades de ver a Moradin.
—No lo hagas, te lo ruego.
—¿Ruego?
—Por ti, Athrogate. —Yvonnel se apartó un poco para permitir que Athrogate viera mejor a la mujer enana caída, con el pelo claro manchado de sangre y aun respirando entrecortada y raposamente—. No sabes nada de ella, de…
—¡Sé que es una de ellos!
—¿Una de qué? ¿Una Stoneshaft? Sí, pero ¿tuvo algo que ver con las decisiones? Y cuando tuvo el collar al cuello, ¿conocía su contenido? No sabes si agradecía la posesión. No sabes si no luchó contra ella con todo el valor que pudo.
—Así que andas pensado que debo suponer que esta, que todos ellos, no tuvieron nada que ver con la muerte de Ámbar, ¿no? —rugió el enano, y casi ni abrió los dientes al añadir—: Le cortaron la cabeza.
—Lo sé —afirmó Yvonnel con una voz cargada de compasión—. Lo sé, y comprendo tu dolor y tu rabia. Pero hay mucho más en juego que la vida de esta mujer.
Detrás de Athrogate, una rama crujió y cayó. Tanto Athrogate como Yvonnel se volvieron a mirarla, vieron la madera podrida y las hojas muertas y la cadena de plata con la piedra lunar rodeándola, siseando.
—Haz lo que quieras —dijo Yvonnel, y corrió más allá de Athrogate hasta la filacteria.
Comenzó a salmodiar antes incluso de llegar allí en un idioma antiguo y rasposo que Athrogate había oído las veces suficientes para haber llegado a entender que Yvonnel estaba expulsando al demonio que estaba en la gema, maldiciéndolo para que volviera al Abismo al que pertenecía.
Athrogate había sido testigo de esto antes y seguro que contra seres mucho más poderosos que ese, así que no tenía dudas sobre el resultado.
Se volvió de nuevo con los nudillos blancos de apretar la maza y haciendo chirriar los dientes. Alzó el arma, pero la dejó caer de nuevo; luego agarró un puñado de pelo ensangrentado de la mujer y le tiró la cabeza hacia atrás para poder verle los ojos.
Athrogate hizo una mueca. Porque vio el miedo allí, y algo más profundo, como si por los ojos heridos derramara la angustia por algún tipo de violación.
—¿Enano? —preguntó Yvonnel.
Athrogate la miró volviendo la cabeza.
—Hace un solo movimiento, dice una sola cosa que no me guste, y le parto la cabeza. —La soltó y se alejó de vuelta a la loma y a los refugiados, mascullando maldiciones a cada paso.
Drizzt sabía que se estaba quedando sin tiempo y que no había puesto suficiente distancia entre su perseguidora arácnida y él para seguir manteniéndose por delante sin Andahar.
Desde una elevada cumbre divisó el monstruo, o al menos divisó el rastro de devastación que iba dejando a su paso serpenteante como un río de destrucción en la parte este del boque.
Miró a su izquierda, hacía una pequeña aldea de granjas, y se preguntó si debería bajar y advertirles del peligro.
—¿Quedan granjeros aún ahí? —susurró. Después de todo, los bosques y los campos estaban plagados de demonios.
Esa idea casi le hizo girar a Andahar en esa dirección, pero lo retuvo. Seguramente, la araña no se interesaría por la aldea si Drizzt no estaba cerca de ella, igual que la otra no le había prestado atención cuando no le había cerrado el camino.
Drizzt giró su montura hacia el otro lado y salió galopando, tratando de pensar solo en el camino que tenía delante.
El unicornio era un objeto mágico, no una criatura viva, se tenía que repetir constantemente.
Podía forzar su propio cuerpo más allá de sus límites, pero no podía hacerlo con la magia; doce horas, ni una más, y una vez hubieran pasado, ya fuera en una sola llamada o en varias, a lo largo de un día, Andahar estaría fuera de su alcance durante casi un día completo.
Así que galopó a toda velocidad, sabiendo que la montura no se cansaría y sabiendo, también, que cada metro de distancia que le ganaba a la araña le daba una mayor oportunidad de sobrevivir un día entero sin Andahar.
A pesar de su terrible situación, seguía pensado también en la otra araña, la que no le había prestado ninguna atención, la que era evidente que iba detrás de otro objetivo.
Y estaba bastante seguro de saber quién era ese objetivo.
—Entonces, ¿es el poni o el halfling? —preguntó Yvonnel.
Estaba de buen humor, convencida de que la enana, que se hallaba en la cueva con los otros refugiados, no era cómplice en la oscuridad que se había cernido sobre los Riscos.
Había empleado poderosos conjuros adivinatorios en la enana, llamada Leerie, para detectar cualquier mentira durante su interrogatorio, y aunque lo enanos eran, por naturaleza, difíciles de leer y resistentes a la magia, Yvonnel se había sentido lo suficientemente segura con la entrevista para permitir a Leerie permanecer en la cueva sin vigilancia.
Aunque tampoco estaba en ningún estado capaz de causar daño a los fornidos granjeros, después de la paliza que Athrogate le había propinado.
—Sí —respondió Athrogate, y él también parecía estar un poco más alegre. E Yvonnel sabía que era porque no le había aplastado el cráneo a Leerie.
—¿Sí? —repitió Yvonnel—. ¿Uno o el otro?
—Ambos —explicó Athrogate—. Bruenor le puso el nombre a Regis hace mucho tiempo; siempre tenía hambre y le rugía el estómago. Regis le pasó el nombre al poni.
Yvonnel suspiró.
—Y yo que pensaba que los enanos eran de lo más ridículo en sus formas de poner nombres —musitó.
—Sí —rio Athrogate—. Una vez conocí a un sacerdote llamado Cordio Cabezamufin… —Empezó a contar la historia, pero se detuvo cuando un pájaro cristalino se posó en una rama cercana y se puso a piar como aviso.
—¡Bah, estoy bien listo para sacudir a otro! —afirmó el enano, y se puso en pie de un salto mientras cogía Rompecráneos.
Pero Yvonnel, que estaba escuchando el aviso, negaba con la cabeza.
—No es un demonio —dijo finalmente, y lanzó al pájaro cristalino al aire. Hizo un gesto a Athrogate para que la siguiera y salió corriendo tras su creación mágica.
No tuvieron que ir muy lejos, porque apenas habían llegado a un sendero muy usado, cuando el jinete apareció a la vista y fue inmediatamente reconocido por los dos, al igual que su montura sin igual.