Ilimitado (Generations 2) 24. Los ojos del mundo
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24. Los ojos del mundo

L OS OJOS DEL MUNDO

La mujer, oscura y hermosa, sujetaba una figura con forma de pájaro entre las manos alzadas; el cuerpo de cristal recogía la luz y resplandecía bajo el sol de la tarde. Yvonnel susurró a su última creación y la lanzó al aire, que aleteó y comenzó a volar.

—Si esas cosas están vivas, ¿empezarán a poner huevos? —preguntó Athrogate, sentado en una gran roca junto a un pequeño prado. Ya se encontraba mucho mejor y podía hacer rodar, entre sus fuertes manos, Rompecráneos , la maza para dos manos que había pertenecido a su querida Ambargrís.

—Harían el mundo más hermoso, ¿no crees? —contestó Yvonnel.

—Bah, pero el sol que brilla sobre ellos me hace daño a los ojos.

Yvonnel rio ante la idea de que un enano, cualquier enano, se quejara a una elfa oscura sobre la luz brillante.

—¿Cuántos llevas lanzados ya? —preguntó Athrogate—. ¿Los primeros están muertos, o lo que sea, o están todos por ahí?

—Todos. Docenas, aunque he perdido la cuenta exacta.

—¿Y ves a través de ellos? ¿De todos? Me parece que te vas a marear un poco.

—Me avisan cuando tenga que ver algo a través de ellos —contestó la drow—. No tengo la intención de que me sorprendan aquí fuera, enano, y hay mucho por ahí que nos destruiría. Nos enteraremos de cualquiera que se acerque.

—Y de cualquiera que se esconda —coincidió Athrogate, y se volvió de lado para llevar la mirada de Yvonnel hacia una colina cercana de la que él acababa de bajar—.

Los metemos dentro a todos y ¡matamos a los que haga falta!

—Quería seguir hablando, pero se detuvo al notar que la mujer no lo estaba escuchando.

Yvonnel se hallaba con los ojos cerrados; una pista clara para Athrogate. Saltó de la roca y se dio una palmada en la mano con Rompecráneos.

Los ojos violeta de Yvonnel se abrieron de golpe y esta sonrió al enano.

—Demonio —dijo—. Un demonio en el cuerpo de un enano.

—Entonces, un demonio muerto —repuso el enano.

—Pero un enano vivo —le advirtió Yvonnel.

Los dos se clavaron la mirada. Claramente, ella se estaba refiriendo a su última batalla, en la que Athrogate no había detenido sus golpes con suficiente rapidez y, por tanto, había matado a un enano que llevaba uno de los collares de posesión.

—No vuelvas a cometer ese error —le dijo Yvonnel.

—¿Error?

—Enano, te podría mandar lejos. Podría haberte dejado morir. Concédeme este favor a cambio.

—No, me necesitabas —replicó Athrogate con su sonrisa dentuda mostrándose de nuevo entre los negros matorrales que eran su barba—. Y también me amas, aunque te esfuerzas mucho en ocultarlo.

—Es difícil contener ese poderoso sentimiento, pero debo hacerlo —respondió la mujer con igual sarcasmo, lo que le valió una «¡Juajaja!» de Athrogate, que de nuevo estrelló la poderosa maza contra su mano.

—Si quieres ver si puedo salvar a un enano, entonces, bien —dijo con un tono más serio y siniestro—. Puedo esperar unos instantes antes de convertirle la cabeza en polvo de hueso.

—Athrogate…

—Tú haces lo que tienes que hacer —respondió él—, y yo haré lo que yo mismo necesito hacer. —Alzó la maza y la besó—. No voy a olvidar nada.

—Ser inteligente no es ningún insulto a tu amor perdido.

—No voy a olvidar nada —repitió Athrogate, y su rostro era una mueca perpetua—. Nada.

Yvonnel suspiró profundamente.

—Emprendamos el camino, enano, si deseas acompañarme.

Athrogate saltó de la piedra.

—Se lo diré a nuestros invitados.

—Se lo diremos —le corrigió Yvonnel—. Nuestra cacería nos llevará justo más allá de la cueva.

Athrogate suavizó su expresión cuando entró en la cueva, que no era muy profunda.

Una docena de humanos, incluyendo a tres niños, estaban repartidos por el suelo del interior, en corrillos que conversaban en susurros, la mayoría preocupados por las granjas que habían abandonado o sobre lo que harán si los demonios los descubrían.

Yvonnel y Athrogate los habían rescatado, los habían llevado allí y los protegían. Con su magia, Yvonnel los alimentaba.

Athrogate no podía seguir molesto con ella con respecto a cómo disponer de un enano poseído por un demonio cuando miraba a ese grupo.

La drow no ganaba nada salvando a esa gente, y, de hecho, se había puesto en peligro para rescatar a la mayor parte de ellos de las granjas que poco después serían invadidas.

Aunque la mayoría de las experiencias de Athrogate con drow había sido con Drizzt y Jarlaxle, esos descubrimientos inesperados sobre la raza en conjunto, sobre todo proviniendo de una supuesta sacerdotisa de Lloth, le dejaban desconcertado.

—Colocad vigilantes en la entrada —les aconsejó Yvonnel—. Si se aproxima el peligro, os podrán avisar como se me avisará a mí, y os indicaré adónde debéis huir.

La mayoría asintió, pero Athrogate se fijó en que más de uno hizo una mueca o masculló algo seguramente desagradable. Los granjeros no sabían qué estaba pasando a su alrededor, y algunos de los que estaban ahí no confiaban en Yvonnel, evidentemente, aunque, a todas vistas, esta los había rescatado.

Ese era el problema con la reputación de los drow, pensó Athrogate.

Eran conocidos por envolver telarañas sobre telarañas sobre más telarañas, y nunca se acababa de comprender su verdadera intención hasta que era demasiado tarde.

Evidentemente, Athrogate tenía, de vez en cuando, algunas dudas respecto a Yvonnel, pero él ya había sabido de ella a través de personas en las que confiaba, así que esas dudas no conseguían echar raíces.

Probablemente, esa gente nunca había tratado con un drow antes, o de haberlo hecho seguramente no habría sido uno que quisiera ayudarles; a no ser, claro, que hubiera sido Drizzt.

El enano miró a su compañera mientras ella comenzaba a salir de la cueva, y se dirigía a destruir otro demonio más.

Athrogate se recordó que le debía la vida y, aunque no habría tenido ningún problema en morirse después de la pérdida de su amada Ambargrís, ayudar a salvar a esos granjeros no era ninguna tontería (y había muchos más por ahí fuera que lo necesitaban), ni tampoco lo era que estuviera teniendo la oportunidad de vengarse de aquellos que tanto daño le habían hecho a él y a su amor.

Por tanto, cuando la alcanzó y ella de nuevo le pidió su único favor, en vez de ponerse a gruñir y rugir, le contestó con un «Ya veremos».

La luz del amanecer mostró a Drizzt que no había escapado de su perseguidora; al contrario, al tratar de que la gigantesca araña perdiera su pista, solo había conseguido que esa cosa acortara la gran distancia que había puesto ente ella y él, porque esa cosa no podía ir más rápida que Andahar.

Pero el unicornio no podía permanecer eternamente en ese plano.

Era un objeto mágico y un encantamiento con una duración determinada.

Sin él, Drizzt no podía esperar correr más que la araña, y después de haberle disparado a ella y a su compañera arácnida en la cueva del exterior de Gauntlgrym, estaba bastante convencido de que tampoco podría derrotarla; a no ser, claro, que pudiera encontrarle algún punto débil.

Para eso, necesitaba tiempo. Para ganar tiempo, necesitaba alejarse mucho mucho.

Pero ¿cómo?

Un gran árbol, justo más allá de la cresta más cercana, se estremeció repentinamente y cayó con un gran estruendo, y Drizzt no tuvo que esperar para saber qué había causado eso.

Giró su montura hacia el otro lado y se lanzó a pleno galope con la intención de conseguir hasta la última zancada de Andahar antes de que la magia expirase y se le llevase al unicornio durante demasiadas horas.

Pero ¿adónde debía ir? No a Longsaddle, sin duda, ni tampoco a Luskan. Menos aún a Aguas Profunda, porque ¿cuántos morirían si el monstruo le perseguía por la ciudad, aunque esta tuviera el poder para destruir esa cosa?

Cuando llegó a lo alto de la siguiente colina, se detuvo durante un instante para recorrer la zona con la mirada y averiguar dónde se hallaba.

Durante la noche había recorrido mucho camino, y muy a lo lejos podía ver el océano.

Athrogate clavó la mirada en el poni que Yvonnel y él habían tomado prestado de Regis. No le gustaba nada emplear al animal como cebo, pero no podía negar la efectividad del plan.

El poni relinchó y coceó el suelo.

Athrogate apretó las manos aún más sobre Rompecráneos. Una sombra por un lado llamó la atención del enano, una silueta oscura que se movía entre los árboles hacia detrás del poni.

El demonio, un humanoide deforme de color negro y verde con un brazo el doble de largo que el otro y ambas manos acabadas en garras en vez de dedos, saltó de entre los matorrales y corrió hacia el animal.

Athrogate ya estaba en el aire, volando para interceptarle.

El demonio no bajó el ritmo, pero viró para cargar contra el enano; su rostro desigual parecía poco más que una boca que se extendía hasta darle media vuelta a la cabeza y un par de ojos demasiado grandes.

Una baba verde le saltaba de la boca y parecía supurar por todos sus poros; todo él apestaba a enfermedad.

Un guerrero menor hubiera huido preso del terror. Una persona menos robusta simplemente se hubiera deshecho antes ese horror apestoso.

Un enano menos furioso, incluso el propio Athrogate en otro momento, podría haberse echado atrás.

La colisión no fue entre demonio y enano, como la criatura abisal cargada de enfermedad hubiera querido.

No, fue entre demonio y Rompecráneos, cuando Athrogate dibujó un arco ante él con la enorme maza y alcanzó al monstruo a medio salto, lo que lo envió volando hacia un lado.

Un moco verde y ácido saltó de él y dejó un rastro que salpicó el arma y los brazos de Athrogate.