23. El hundimiento de la Nave Kurth #3
—Pero cuando llegue el momento de partir nos iremos, y, si no estáis preparados para ese viaje, os dejaremos atrás.
Caecilia volvió a la Torre a lomos de su nube negra y se encontró a Gromph esperándola en la puerta de sus aposentos privados.
—Se acerca una gran horda —le informó—. Tus amigos de la Nave Kurth se verán superados.
—Claro —concordó el archimago—. Tres de los grandes capitanes de la ciudad se han unido a los invasores incluso antes de que llegaran. La flotilla que ha atacado Luskan era más numerosa después del encuentro en el mar que la fuerza original que zarpó para atacarnos.
Caecilia tenía una expresión de confusión.
—Son unos canallas —explicó Gromph—. Los atacantes le ofrecieron una mejor posición, sin duda.
—¿O quizá no les entusiasmase la idea de que los gobernaran los elfos oscuros?
—También hay eso —admitió Gromph—. Te digo con toda imparcialidad que la ciudad estaba prosperando mucho bajo el callado mando de Jarlaxle, pero a veces eso no es suficiente. Y no les iba bien a todos los capitanes, claro, ya que el Gran Capitán Kurth les había restringido mucho la piratería.
—Porque podían ganar con más facilidad por las vías de comercio abiertas, si lo he entendido bien.
—A veces eso no es suficiente —repitió Gromph.
—¿Debo crear una nueva tormenta para fastidiar a los que avanzan sobre la Nave Kurth?
Gromph pensó un momento, y luego negó con la cabeza.
—No sé hasta donde llegarán. Si interferimos demasiado abiertamente, quizá vengan contra nosotros otra vez.
—El campo ante la torre está cubierto de sus muertos.
—Pero saben que lo magos se cansan. No, dejemos que la ciudad se arregle sin nosotros, caiga hacia donde caiga.
—¿Y tu amigo en la Nave Kurth?
—Todos los que deben preocuparnos no corren peligro —le aseguró el archimago.
Caecilia lanzó un pequeño resoplido, pero intentó disimularlo al ver el ceño en el rostro de Gromph y darse cuenta de que él sabía que ella se estaba burlando de él.
—Una cosa muy drow que decir —admitió ella—. Si todo Luskan, a parte de aquellos a los que consideras valiosos para ti, fuera masacrado, ¿te importaría, archimago?
—¿Debería?
Caecilia lanzó un largo suspiro y lo dejó estar. Curiosamente, mientras atravesaba la puerta que la llevaba a su mansión extradimensional, se dio cuente de que realmente no creía a Gromph.
¿Le habían machacado tanto con la distorsionada cultura de Menzoberranzan que consideraba que admitir la compasión era señal de una gran debilidad?
«¿Cuántos más?», se preguntó la giganta de las nubes. ¿Cuántos otros elfos oscuros habían sido obligados a pensar así?
—Ha sido un día interesante —dijo Wulfgar a Bonnie Charlee cuando se quedaron solos en el salón de la Nave Kurth. Estaban sentados el uno frente a la otra en una mesita, aún envueltos en las mantas, mientras su ropa se secaba ante las llamas del hogar.
—Sí, esa es la palabra —repuso la mujer—. Quizá yo emplearía otras, pero interesante ya le pega.
—¿Calico Grimm? —preguntó Wulfgar, mientras rememoraba las frenéticas últimas horas—. ¿Cómo ha muerto?
Bonnie Charlee meneó la cabeza.
—El elfo rojo con la espada pudo con él. Lo cortó por la mitad.
—¿Llevabas mucho tiempo con él?
—El suficiente para saber lo suficiente de él para no llorarlo, vaya.
Wulfgar tardó un rato en registrar eso.
—¿Y qué harás ahora?
—Te lo diré cuando descubra que tengo algo que decir —contestó, y añadió con evidente intriga—. Lo que has dicho, ¿iba en serio?
—¿Lo que dije?
—¿Sobre el Reliquia ?
—Ah, bueno…
—Puede que ni esté destruido —aventuró Bonnie Charlee—. Cuando les rompiste el barco, cogieron el nuestro; no tenían ninguno más. Sin duda, ahora se hallará en el puerto de Luskan, vaya.
—Entonces, lo podríamos recuperar.
—¿Y yo seré la capitana, y tú te enrolarás para luchar?
Wulfgar se encogió de hombros.
—Ya nunca sé adónde me llevará mi camino, seño…, esto, capitana Charlee. ¿O sería capitana Bonnie?
Bonnie Charlee sonrió y se encogió de hombros.
—Sí que hablaba en serio sobre el barco —añadió Wulfgar—. Cuando esto esté arreglado, espero que seas una gran capitana y una mejor aliada, y, sí, espero navegar contigo, al menos, algunas veces.
Eso hizo brotar una sonrisa en el rostro atribulado de la mujer.
—Deberíamos descansar un poco —indicó Wulfgar, señalando los cojines que estaban esparcidos sobre el suelo ante el hogar.
—Sí —aceptó la mujer, y rápidamente añadió—: Descansar.
Pero incluso antes de que se levantaran de la silla, la puerta se abrió y entró una alta mujer drow.
—Es hora de irnos —les dijo.
Recordando la advertencia de Beniago, Bonnie Charlee se apresuró a coger su ropa; Wulfgar la siguió, agarrotado.
El hombretón se quedó parado al notar la mano de la drow en la espalda, y, antes de que pudiera preguntarle qué pretendía, notó el calor de la curación mágica fluyendo por él.
—Daos prisa —dijo ella—. Tendrás más sanación cuando estemos a salvo, lejos de aquí.
Salieron al pasillo y se unieron a una procesión de otros que huían rápidamente.
A su espalda, en dirección a la calle, oyeron los embates de un ariete en la puerta principal y el crepitar de las llamas que de nuevo cubrían los muros de la Nave Kurt.
Pasaron a través de una puerta secreta en la pared y bajaron por una larga escalera de caracol hasta llegar a una cueva oscura, muy oscura, que olía a océano.
—¡Ciérrala definitivamente! —gritó Beniago desde algún rincón de la cueva, y detrás y muy por encima oyeron el golpe de una piedra enorme, y el suelo se movió bajo sus pies. La puerta secreta había dejado de ser una puerta.
Solo ardían unas cuantas antorchas, y esas se hallaban muy separadas; eso recordó a Wulfgar que la tripulación de la Nave Kurth era drow y no necesitaban mucha luz.
Fueron bajando por un corredor descendente y entraron en un túnel que le resultó bastante estrecho al enorme bárbaro.
—Nos hallamos bajo la bahía —susurró Bonnie Charlee desde detrás de Wulfgar. Mientras hablaba, las antorchas se fueron apagando y el grupo avanzó en una oscuridad competa, palpando el camino en una larga fila india. Tenía razón, y Wulfgar creyó de debían de estar cruzando a tierra firme.
Pero no, no a tierra firme, sino bajo tierra firme, se corrigió rápidamente en cuanto llegaron a un área más amplia iluminada por fuego feérico; una zona de salas y corredores abiertos a pico con elegante mampostería cubierta de antiguas esculturas y decoraciones.
Bonnie Charlee ahogó un grito y estuvo a punto de saltar sobre Wulfgar, porque más de dos tercios de las personas que habían llegado con ella habían abandonado su disfraz de humanos.
Beniago, aún con la apariencia de un humano pelirrojo, se acercó a ellos.
—Illusk —explicó—. La ciudad de fantasmas bajo Luskan; la vieja Luskan, si lo preferís.
—¿De fantasmas drow? —preguntó Wulfgar.
—De más que nosotros, aunque los espíritus de aquí parecen que se conforman con dejarnos en paz.
—Entonces, el verdadero poder de Luskan. El hogar secreto de Bregan D’aerthe.
—Uno de ellos, y ahora lo conocéis —repuso Beniago. Miró directamente a Bonnie Charlee, claramente amenazantes, al añadir—: Los dos lo conocéis.
—Y por tanto juramos mantenerlo en secreto —dijo ella.
—¿Necesito volver a advertiros de las consecuencias?
—Ya antes era el secreto peor guardado de Luskan —replicó la mujer, que parecía haber recuperado algo de su empaque, y eso impresionó a Wulfgar considerablemente, dado que estaban totalmente indefensos si los drow decidían librarse de ellos. ¿Quién podía saberlo?
—Pero, aun así, un secreto, y preferimos guardarlo —indicó Beniago.
Kimmuriel se acercó a ellos y miró fijamente a Bonnie Charlee.
—¿Lo contarás? —preguntó Beniago a la mujer, y antes de poder contestar esta ahogó un grito.
Wulfgar pasó la mirada de ella a Kimmuriel, y lo vio concentrado.
Supo que este se había metido de nuevo en los pensamientos de la mujer, y escuchaba su callada respuesta, su respuesta más sincera, incluso antes de que ella pudiera filtrarla adecuadamente.
—Una pena —dijo Kimmuriel, y se alejó.
—¿Qué significa eso? —preguntó Wulfgar pensando que su amiga estaba perdida.
—Supongo que significa que no va a poder matarla —explicó Beniago. Le hizo una inesperada reverencia a la mujer—. Bienvenida a Illusk, Bonnie Charlee. Quizá sí que llegues a ser algún día la capitana del Reliquia de Joen .
La mujer parecía completamente desconcertada, claro, y miró a Wulfgar en busca de ayuda.
—Los drow nunca confían en nadie que no sea drow —comenzó a explicarle Wulfgar.
—O en nadie que lo sea —añadió rápidamente Beniago, y se encogió de hombros cuando ambos lo miraron—. Bueno, Kimmuriel ya ha acabado con vosotros y la sacerdotisa Dab’nay está esperando. Esa herida es abisal, y se enconará y quizá llegue a matarte si ella no te ayuda.