23. El hundimiento de la Nave Kurth #2
Ante ellos, más allá, por la calle, botellas ardiendo volaron hacia la Nave Kurth, se estrellaron contra los muros y derramaron aceite, que se metió por el revestimiento y comenzó a quemar.
Una lluvia de flechas, e incluso algunos rayos, hicieron huir corriendo a muchos gnolls y dejaron a otros rodando por el suelo, gritando, pero había poca duda de que los gnolls habían ganado mucho en ese último intercambio.
—Eso parece —repuso la mujer, sarcástica.
Un gran trueno le tapó las palabras; le acompañó un destello poderoso y repentino detrás de ellos, desde o por encima de la isla exterior.
Se volvieron, como hicieron los gnolls, y vieron una gran nube de tormenta, negra y revuelta, sobre la Torre de lo Arcano.
—Vaya —exclamó Bonnie Charlee, cuando la nube comenzó a acelerar hacia ellos.
—¿He mencionado que el auténtico jefe de Luskan también es amigo del archimago de la Torre?
—Quizá lo hayas dicho —contestó la mujer, y se metió debajo del carromato mientras la gran oscuridad se cernía arriba y los relámpagos crepitaban en las nubes.
Cayó un rayo y destrozó una pila de cajas, para dejar al descubierto un grupo de gnolls escondidos.
Los arqueros de la Nave Kurth dieron buena cuenta de ellos.
El viento arreció y pareció alimentar las llamas que se retorcían por los costados del edificio. Pero, entonces, comenzó el aguacero, un chaparrón repentino y torrencial.
—¡Ahora! —avisó Wulfgar; agarró a Bonnie Charlee del brazo, la sacó de debajo del carromato y juntos corrieron a toda velocidad hacia la Casa Kurth, con Wulfgar gruñendo y dando bandazos a cada paso—.
¡Wulfgar de Gauntlgrym! —gritaba el hombretón, agitando los brazos y confiando en que los arqueros lo oyeran en medio del fuerte viento y no lo asaetearan en la calle.
Más que sus palabras, lo que le salvó fueron sus acciones, porque cuando varios gnolls gritaron e intentaron ir a por él, algunos saltando desde detrás de un terraplén natural, con las lanzas en alto, Wulfgar gritó «Tempus» a todo pulmón y envió Aegis-fang volando contra ellos.
Los gnolls ladraron y salieron corriendo. Pero uno no fue los suficientemente rápido, y recibió un golpe en la cadera que lo envió por el aire, retorciéndose antes de caer destrozado.
En la Casa Kurth, los arqueros corrieron a la balconada, disparando al tuntún, porque ¿a qué podían alcanzar en medio de vientos repentinamente tan fuertes que casi no podían tenerse en pie?
—¡Wulfgar de Gauntlgrym! —gritó de nuevo el hombretón.
Los arqueros de la balconada comenzaron a vitorearlos y a animarlos para que siguieran.
Llegaron a la puerta con facilidad, sin que les persiguiera nadie por el camino, y los soldados de Kurth los recibieron en la puerta y los hizo entrar. Pasaron al vestíbulo, empapados y goteando.
—Me alegro de que me hayáis oído —dijo Wulfgar.
—¿Oírte? —preguntó el soldado más cercano—. Os estábamos esperando. Lord Beniago nos dijo que veníais.
Wulfgar iba a responder, pero solo suspiró y lo dejó pasar.
—Quizá el flacucho no sea tan malo como pensaba —admitió Bonnie Charlee, por lo bajo.
Poco después, los escoltaron hasta los aposentos privados del lord Beniago y les dieron mantas para cubrirse y así poder quitarse la ropa empapada.
Beniago rodeó su gran escritorio y medio se sentó, medio se apoyó sobre él.
—Dejadnos —dijo a sus soldados, que rápidamente obedecieron; uno dejó la capa corta de piel de lobo de Wulfgar y el resto de la ropa en el suelo junto a la puerta.
En cuanto los soldados hubieron cerrado la puerta, Kimmuriel salió de las sombras del costado de la sala y Wulfgar tuvo claro que eran más que las sombras lo que habían estado ocultando al mago de la mente. Casi inmediatamente, notó que le desaparecía el dolor de la espalda.
—Habría sido mucho más fácil si hubieras venido conmigo —dijo el drow.
—Y Bonnie Charlee estaría muerta —replicó Wulfgar—. O huyendo para salvarse.
Kimmuriel se encogió de hombros.
—No han sido pocas la monedas que han convencido a la giganta de las nubes Caecilia de que provocara la tormenta —explicó—. Monedas que tú devolverás.
—Monedas de las arcas de la Nave Kurth —le recordó Beniago.
Por el rabillo del ojo, mostrando su desagrado, Kimmuriel miró al hombre, un humano alto y desgarbado de pelo rojo, al menos aparentemente.
—El rey Bruenor no tendrá ningún problema en devolver ese dinero a la Nave Kurth —afirmó Wulfgar, mirando directamente a Beniago.
Naturalmente, sabía la verdad sobre ese hombre: que no era ningún humano, sino otro drow de Bregan D’aerthe que se había disfrazado mágicamente para servir como jefe títere de Luskan en el lugar de Jarlaxle—.
¿Debo decirle que lo entregue en la Nave Kurth o en Illusk?
—¿Illusk? —preguntó Bonnie Charlee para sí, e hizo bien porque Wulfgar había hablado demasiado.
—La Nave Kurth pronto ya no existirá, al parecer —contestó Beniago.
—No. Estáis ganando en las calles y la segunda isla está despejada de enemigos.
—La ciudad está llena de atacantes y con un poder tras ellos que tú no puedes comprender —explicó Kimmuriel.
—Les estamos plantando cara, pero es pura apariencia —admitió Beniago—. No podemos resistir, ni tenemos la intención de intentarlo. El camino hacia el refugio ya está abierto y esperando. —Miró directamente a Bonnie Charlee al hablar y de un modo que le puso de punta los pelos de la nuca a Wulfgar.
—Ya te dije que no la trajeras aquí —reprochó Kimmuriel—. Ahora lo sabe.
—¿Sé qué? —preguntó Bonnie Charlee, inocentemente.
—¿Acaso importa? —inquirió Wulfgar.
—Sí —contestaron Kimmuriel y Beniago, al mismo tiempo.
Wulfgar la miró y vio a Bonnie Charlee que se lamía los labios, nerviosa, y lo miraba a él.
No llevaba ningún arma encima, solo una manta envolviéndole el cuerpo tembloroso; seguramente, a ella le fastidiaba, pero dado los dos que estaban en su contra, Wulfgar supuso que su incapacidad de hacer algo realmente temerario y amenazador le había salvado la vida.
—Está conmigo. Bajo mi protección —dijo Wulfgar.
Lo que siguió fue lo más cercano a una carcajada que Wulfgar jamás le había oído a Kimmuriel. Wulfgar miró a Beniago, quien, a pesar de su clandestino gobierno y falsa identidad, había hecho un importante y buen trabajo por los habitantes de Luskan. Sin embargo, tampoco vio compasión en él.
—Soy el hijo del Rey de Gauntlgrym —afirmó Wulfgar.
—No estás en la línea sucesoria al trono de Gauntlgrym —le corrigió Beniago.
—No tengo que estarlo —replicó el hombretón—. Bruenor es mi amigo, como lo es Drizzt. Cuando digo que Bonnie Charlee está bajo mi protección, también hablo por ellos.
—Eso poco importa —dijo Beniago—. El rey Bruenor sabe que hay ciertas cosas que deben mantenerse en secreto. A cualquier coste.
—Entonces, ¡dame una espada y lucha contra mí! —le gritó Bonnie Charlee.
—Tu equipo está junto a la puerta —repuso Kimmuriel.
—No lo hagas —le advirtió Wulfgar, pero ella gruñó y fue a por sus cosas; dejó caer la manta, desafiante, y se puso la camisa y los pantalones, luego cogió su cuchillo y se dio la vuelta.
Beniago aún estaba medio sentado sobre el escritorio, con Kimmuriel impasible a su lado.
—Lo pido de nuevo —les rogó Wulfgar—. Nada de eso es culpa de ella.
—Se te advirtió —insistió Beniago.
Aegis-fang apareció en la mano de Wulfgar.
Beniago se sobresaltó, pero se relajó rápidamente y señaló hacia el lado con la barbilla.
Con cautela, Wulfgar se volvió y vio a Bonnie Charlee con su puñal invertido, la punta apretada contra su propio cuello.
Sin duda, el sudor se le mezclaba con las gotas de lluvia que le caían del pelo.
Le temblaba la mano como si estuviera tratando de apartarla o, Wulfgar lo sabía, como si estuviera tratando de luchar contra la posesión de su mente, contra la suave voz que le decía que se matara.
Wulfgar dejó caer Aegis-Fang al suelo.
—Lo puedes recuperar con una palabra —dijo Beniago.
—No lo haré —prometió el hombretón—. Bonnie Charlee está bajo mi protección y la de Gauntlgrym.
Beniago suspiró. Al costado, la mujer soltó un gritito y se vio un poco de sangre.
—Cuando esto acabe, Gauntlgrym reconstruirá el Reliquia de Joen —soltó Wulfgar—.
El rey Bruenor no reparará en gastos, porque yo, su hijo, estaré entre su tripulación.
Será el mejor barco, más rápido y más peligroso de toda la Costa de la Espada, y con una tripulación apoyada por furibundos y quizá hasta por el propio Drizzt.
—Impresionante —exclamó Beniago, que no parecía impresionado.
—Bonnie Charlee será la capitana de ese barco —concluyó Wulfgar.
—Que supongo que navegará en favor de la Nave Kurth —dijo Beniago.
Wulfgar negó con la cabeza.
—No, pero tampoco navegará contra los intereses de la Nave Kurth. Suéltala. Te interesa. Se convertirá en uno de los mayores poderes en los mares, y uno cuyos barcos nunca te serán hostiles.
Beniago miró a Kimmuriel.
—¿Crees que lo entiende?
Kimmuriel lanzó otra casi carcajada.
—Entiende más de lo que jamás ha querido entender —contestó él, calmado y superior—. Resulta muy desconcertante, quizá incluso enloquecedor, aprender tan rápidamente que tu propio cuerpo puede volverse totalmente contra ti para causarte un gran daño.
El psiónico movió la mano y, de repente, Bonnie Charlee se fue hacia delante, liberada de la posesión, y su daga cayó al suelo.
Ahogó unos cuantos gritos, y Wulfgar vio que estaba luchando por no dejarlos verla llorar.
La comprendió. ¿Podía haber algo más invasivo y traumático que sentir que te han robado el control de tu cuerpo y lo han vuelto contra ti?
Meneó la cabeza. No podía ni imaginar su tormento. Algún día, pensó, se lo haría pagar a Kimmuriel Oblodra.
—Muy poco probable —le contestó Kimmuriel en voz alta, mirándolo directamente.
Beniago saltó del escritorio.
—Id a secaros la ropa y el resto —dijo a los dos humanos—. Puede ser que nos marchemos pronto, quizá en cualquier momento. Cuando nos vayamos, podéis seguirnos.
—Los dos —afirmó Wulfgar, y Beniago asintió.