Ilimitado (Generations 2) 23. El hundimiento de la Nave Kurth
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23. El hundimiento de la Nave Kurth

E L HUNDIMIENTO DE LA N AVE K URTH

—Prometimos al rey Bruenor que abriríamos esos portales —dijo lord Parise cuando se quedó solo con Gromph y la giganta Caecilia, poco después.

La Matrona Zhindia y su séquito ya habían partido por las rutas de la Infraoscuridad hacia el sur, donde continuaba la presión sobre Gauntlgrym—.

Y parece que ahora necesita más que nunca que cumplamos esa promesa.

Gromph bajó la mirada y rio por lo bajo.

—Las dos mujeres desnudas que han aparecido al lado de la Matrona Zhindia no eran drow, ni siquiera mortales —explicó, mirando alternativamente al lord netheriliano y a la giganta de las nubes—. Seguramente ni siquiera mujeres, porque dudo que el género se aplique a tales criaturas.

Lord Parise se estremeció levemente; sin duda, la visión de esas hermosas criaturas lo había animado un poco, pensó Gromph, mientras que Caecilia solo fruncía sus gruesos rasgos en un gesto de desagrado.

—Eran yochlols, sirvientas de la propia Lloth —informó el archimago—. Seres de un gran poder, mayor aún porque actúan como la voz de la diosa Reina Araña cuando están entre mi gente. No era la Matrona Zhindi…

—Es la primera vez que te oigo referirte a ella por su título no estando en su presencia —le interrumpió Caecilia, y la importancia de ese detalle hizo que Gromph asintiera antes de continuar.

—La Matrona Zhindia no es la que me ha ordenado mantener los portales cerrados.

No en realidad. Si había yochlols a su lado, entonces, ya sabemos cómo ha averiguado cuál es nuestro trabajo aquí, su relación con el primordial y, por tanto, su importancia para el campo de batalla de Gauntlgrym.

Y sabía exactamente qué hacer al respecto.

—¿Así que nos ponemos del lado de los que quieren portar el caos al norte? —preguntó Caecilia, al parecer, bastante descontenta con esa idea.

—No nos ponemos de ningún lado.

—¿No es nuestra inacción una forma de alianza? —razonó lord Parise.

—Es autoconservación —el corrigió Gromph—.

Es nuestra afirmación de que el trabajo de la Torre de lo Arcano es lo más importante en nuestros pensamientos.

¿No es por eso por lo que estamos todos aquí?

¿Qué nos importa si en el trono de Gauntlgrym está el rey Bruenor o la Matrona Zhindia o nadie en absoluto?

—El rey Bruenor sirve como una gran barrera entre Luskan y Aguas Profundas —argumentó Caecilia—. ¿Acaso los lores de Aguas Profunda seguirán con la misma impasibilidad hacia Luskan y sus jefes drow sin esa barrera?

—De nuevo, ¿y por qué nos va a importar? Deja que los lores de Aguas Profundas entren en el puerto de Luskan y arrasen lo que sea para hacerse con el poder de la ciudad. La Torre permanece aparte, con poderosas defensas y sin aspiraciones políticas.

—Y con el archimago de Menzoberranzan actuando de archimago —puntualizó lord Parise.

—Antiguo archimago —corrigió Gromph—. Y como no pareces haberlo notado, soy el único elfo oscuro que reside aquí y aliado con muchos que tienen el favor de los lores de Aguas Profundas. De nuevo, dejad que las guerras políticas y todas esas tonterías se resuelvas como quieran.

—Y la Matrona Zhindia tendrá Luskan —dijo Parise.

—Y probablemente también Gauntlgrym —añadió Caecilia.

Gromph se encogió de hombros como si no le importara.

—Quizá, pero nunca infravaloréis a Jarlaxle y no dudéis de que él también acabará aliado con la Matrona Zhindia si ve que es lo que le va mejor.

Ese siempre ha encontrado el camino hasta llegar a su posición más cómoda.

Quizá el clan Battlehammer sea expulsado de su nuevo hogar, pero no sin una terrible defensa, estoy seguro, una que dejará a las fuerzas invasoras muy disminuidas y una que bien podría hacer que los ojos de Aguas Profundas se volvieran hacia el ejército demoniaco que realiza el asalto.

¿Querrías que nos encontráramos metidos también es esa guerra aún mayor si llegara a ser?

El netheriliano y la giganta se miraron el uno al otro, claramente desconcertados.

—Me duele fallarle al rey Bruenor y a todos lo que han sido grandes amigos de la Torre —admitió lord Parise.

—A mí también —repuso Caecilia—. ¡Aunque dudo que alguien se esperara oír eso de mi respecto a un enano!

—Los portales permanecerán sin poderse operar —afirmó Gromph.

—¿Por ahora? —preguntó lord Parise.

Gromph lo pensó un momento, luego le ofreció un gesto de asentimiento conciliatorio. A fin de cuentas, ¿quién sabía hacia dónde soplarían los vientos de la guerra?

—Quédate cerca y te llevaremos —susurró Wulfgar a Bonnie Charlee.

Habían llevado el bote a la orilla de la isla, no lejos de la Torre de lo Arcano, y se habían encontrado los campos arrasados y cubiertos con los restos de los invasores, tanto cadáveres de seres mortales como de las carcasas humeantes de los demonios enviados de vuelta a los planos inferiores.

—Vete y escóndete, humana —le dijo Kimmuriel—. Si nos encontramos con el enemigo, serás la primera en morir.

—No escuches el parloteo de este idiota —añadió Wulfgar inmediatamente—. Quédate cerca. Me sacaste de las frías aguas. No voy a olvidar eso.

Al acabar la frase, el dolor en la espalda se volvió muy agudo de repente, casi haciendo que cayera de rodillas. Miró a Kimmuriel, quien simplemente se encogió de hombros, y el dolor disminuyó.

La lección estaba muy clara.

Kimmuriel resopló y comenzó a andar, y los otros dos le siguieron de cerca. Fueron hasta el puente de la Isla Closeguard, un paso hacia la tierra firme. Al llegar al punto más alto de la estructura, vieron que la batalla continuaba en esa isla, frente a la única casa grande que había allí.

—La Casa Kurth está bajo asedio —exclamó Bonnie Charlee.

Kimmuriel se aceró a Wulfgar.

—Sal corriendo, mujer —le dijo a Bonnie Charlee, y fue a coger al bárbaro.

Wulfgar se apartó de su mano y negó obstinadamente con la cabeza.

—Ella viene con nosotros.

Kimmuriel se detuvo y se lo quedó mirando.

—Ella también —insistió Wulfgar.

Entonces, fue el psiónico el que negó con la cabeza.

—Jarlaxle me ha pedido que te ofreciera protección a ti. No dijo nada sobre deshechos vagabundos.

—¿Un desecho?, ¿eso soy? —exclamó Bonnie Charlee.

—Una echazón, entonces; no importa —repuso Kimmuriel, e hizo un gesto despectivo. De nuevo, le tendió la mano a Wulfgar.

—¿La vas a dejar aquí? ¿Cómo cruzará ese puente lleno de invasores para llegar a tierra firme?

—La Torre está justo allí —indicó Kimmuriel, señalando hacia la enorme estructura con forma de árbol—.

Debería ir e implorar la ayuda de Gromph.

O volverse al bote y remar hasta un lugar seguro.

No voy a hacer de niñera de piratas perdidos.

—De nuevo, le tendió la mano a Wulfgar—.

Ven, vayamos a ver qué nos puede decir el Gran Capitán Kurth.

Pero Wulfgar retrocedió un paso y negó decididamente con la cabeza.

—No la voy a dejar.

—Entonces, te dejaré a ti.

—Haz lo que quieras —replicó el bárbaro.

—¿Comprendes lo que eso significará para ti?

—Sí.

Con un encogimiento de hombros, Kimmuriel cerró los ojos y se convirtió en algo menos que sustancial, y su forma espectral se dejó llevar por la brisa el resto del puente hasta Closeguard, luego atravesó la pared de la Nave Kurth, sin que los notaran los que estaban fuera de la gran casa.

—Idiota —masculló Bonnie Charlee.

—Es muchas cosas, pero esa no estaría entre ellas —dijo Wulfgar apretando los dientes, porque ya volvía a notar el dolor de la espalda.

—No él. ¡Tú!

Wulfgar la miró con curiosidad.

—Tenías la forma de evitar la pelea y entrar en la Nave Kurth, y no hay mejor lugar para estar, excepto por la propia Torre, en una guerra como la que ha llegado a Luskan —explicó la mujer—. Ni siquiera me conoces.

—No voy a abandonarte aquí. Me sacaste de la fría agua. No olvidaré…

—Fue el drow quien me lo hizo hacer; ¡no dudes de que yo te hubiera dejado aquí si ese flacucho me hubiera dado la misma elección!

Wulfgar miró fijamente a la mujer.

—¿Adónde irías? —preguntó.

—Bah, pero ¿adónde iremos? —le corrigió, mientras desenvainaba un cuchillo largo—. ¿Crees que podemos entrar en esa Nace Kurth de allí? Me gustaría regalarle a ese drow flacucho unos cuantos escupitajos.

Avanzó ante Wulfgar y comenzó a recorrer el puente con pasos decididos. La lucha continuaba en la isla Closeguard, por toda la calle, frente a la gran fachada del gran edificio conocido como la Nave Kurth.

Wulfgar alcanzó a la mujer antes de que esta llegara al final del puente y la apartó hacia un lado para cubrirse detrás de un carromato. Pero los vio un grueso gnoll. La enorme criatura, medio humana, medio canina, se alzó sobre las patas traseras y aulló, luego cargó contra el par.

Dos pasos después, estaba muerto, con un martillo volador hundiéndole el pecho.

Varios otros gnolls lo habían visto, pero ninguno se aproximó y siguieron luchando en la calle.

—Bestias valientes, ¿eh? —comentó Bonnie Charlee.

—Malas, sí —repuso Wulfgar—. No tengo mucha experiencia con ellas, pero me han dicho que luchan como hienas.

—¿Hienas?

—Parecidas a perros —explicó el bárbaro—. Cazadores en manada del desierto. Potente y cueles, pero demasiado astutas para meterse en una lucha que seguramente perderían.

—Cuando nos acerquemos a la puerta, seguro que nos atacan todas de golpe —auguró Bonnie Charlee.

—Y ni siquiera estoy seguro de que nos abran esa puerta —añadió Wulfgar.

—Entonces, ¡de vuelta al bote! —Bonnie Charlee se puso en pie y se dirigía hacia el puente cuando Wulfgar la agarró del brazo y tiró de ella para que volviera a su lado.

—Observemos un momento —le dijo—. Hay más en la Nave Kurth de lo crees.

—Es la casa del Gran Capitán —repuso la mujer—. Beniago Kurth es el jefe de Luskan. ¿Qué más?

—Beniago trabaja para el jefe —le corrigió Wulfgar, y lanzó a Bonnie Charlee una mirada escéptica, porque ¿cómo era que no sabía el secreto peor guardado de todo Luskan?—. Igual que Kimmuriel. Y ese jefe aportaba más a una pelea de lo que cualquier gran capitán podría imaginarse.