22. …Mentormentor… #3
—Compórtate, hermana —le advirtió Inkeri—. Nuestra batalla acaba de comenzar y no tengo lugar para los débiles.
Alvilda Margaster oyó perfectamente esa amenaza.
—Ese gorro que llevas —dijo Dahlia—. ¿Crea disfraces?
Regis le dio un toquecito a su gorra y casi inmediatamente apreció como un niño humano. Otro toque y era un enano, con barba y todo.
Dahlia le hizo un gesto tendiendo la mano.
Regis se la quedó mirando, dudoso.
—Dámelo.
—No es tu futuro, señora —replicó el halfling.
Dalia sacudió la cabeza para apartarse el pelo de la cara y entrecerró los ojos para mirar de forma amenazadora a Regis. Le dirigió la mirada con la suya, hacia la casa al final del callejón, y la señaló.
—Artemis, el hombre al que amo, seguramente está ahí dentro —dijo—. Con tu gorro, podré entrar para salvarle. ¿Estás seguro de que quieres negarme eso?
—Estoy seguro de que voy a estar a tu lado —contestó Regis—. Y que sé mejor que tú cómo utilizar mi gorro, y que no soy ninguna carga una vez se desenvainan las espadas.
Dahlia volvió a mirarlos, sin suavizar su ceño.
—¿Lo dudas? —preguntó Regis frente a esa intimidante mirada, sin echarse atrás—. Habrías muerto en el callejón. Mis espadas y mi ingenio te salvaron, entonces, y mis pociones han curado tus heridas en la granja de Yasgur. No necesito demostrarte nada, señora Dahlia.
—Esa es una casa llena de demonios —advirtió Dahlia.
—Razón de más para querer teneme a tu lado.
El ceño de Dahlia se relajó un poco, e incluso le provocó un pequeño gesto de asentimiento y una medio sonrisa.
—¿Cómo será mejor que entremos? —preguntó Regis.
La sonrisa de Dahlia se hizo más amplia y partió inmediatamente, corriendo por el callejón, a la carga.
—¡Oh! —exclamó Regis, con los pies ya en movimiento para seguirla incluso antes de haber digerido las implicaciones.
La pequeña Sharon recorría las oscuras calles de la noche de Aguas Profundas.
Era una ciudad controlada por grandes y poderosos lores, muchos de ellos paladines que habían jurado defender la justicia y la bondad.
Pero seguía siendo una ciudad, un lugar de hombres y mujeres de todas las razas.
Y como en cualquier ciudad, la noche no pertenecía a los lores paladines.
Muchos ojos se volvieron para seguir a la niña pelirroja mientras esta iba alegremente a la suya, la mayoría solo atraídos por lo inusual del espectáculo, porque esa no era una mujer halfling, sin duda, sino una niña humana.
Y para otros, la palabra más importante que se podía añadir a esa frase era indefensa , una niña humana indefensa.
Aparentemente, Sharon no prestaba ninguna atención a esos granujas que se la comían con los ojos, y no necesitaba verlos, con sus dedos grasientos, sus rostros cubiertos de hollín y las ropas harapientas, para saber qué pretendían o incluso para saber quiénes podían intentar hacer realidad esas pretensiones.
Porque podía ver mucho más profundamente que eso, oír sus voces interiores tan claramente como lo hacían ellos.
Todas las voces, todos los impulsos, todos los deseos, todas las dudas, todas las decisiones.
Entonces, supo que se acercaba el peligro cuando una pareja, un hombre y una mujer humanos, salieron de un callejón después de que ella lo pasara; supo que se habían vuelto, supo que el hombre iba a agarrarla desde atrás. Sharon se volvió y le sonrió.
—¡Ah, sus ojos! —gritó la mujer, delgada y de mediana edad—. ¡Ciega!
—Entonces, quizá la dejemos vivir —repuso el hombre, mientras agarraba a Sharon con fuerza por el cuello de su camisola—. Si se porta bien con nosotros.
—Oh, te veo —dijo Sharon.
Él la levantó del suelo, se la acercó a la cara y a la nubecilla de su apestoso aliento.
—Ah, ¿sí? Entonces, mejor te matamos cuando hayamos acabado.
Como respuesta, Sharon produjo su propia nubecilla.
Tosió y de su boca salió un enjambre de insectos voladores, parecidos a avispas, pero con cabeza humana.
La mayoría convergieron en el rostro del hombre, mientras que otros volaron hacia la mujer y comenzaron a picarles y morderles despiadadamente.
El hombre soltó a Sharon al instante y comenzó a sacudirse la cara; luego cayó al suelo, revolcándose y gritando de dolor.
Sharon lo observó con gran satisfacción y se fijó que la mujer huía mientras la picaban y mordían a cada paso. Ella no era irremediablemente mala como su compañero; Sharon lo sabía porque la cupla había pesado sobre ella, y solo el miedo había superado a la culpa, no el deseo
No, ese sucio monstruo en el suelo era el peor, de lejos, y Sharon hizo que sus ayudantes lo supieran.
—Acabad el trabajo rápidamente, mis amiguitas —susurró, y mágicamente esa orden llegó a todas las criaturas semejantes a avispas que había dejado sueltas.
Sharon asintió, satisfecha por un trabajo bien hecho, luego inició el camino de vuelta a la Casa Margaster. Aún veía al hombre cuando las criaturas lo dejaron y se fueron volando bajo los aleros del edifico más cercano para comenzar a hacer su nido y, de ese modo, completar su tarea.