Ilimitado (Generations 2) 22. …Mentormentor… #2
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22. …Mentormentor… #2

—Bienvenida tú también, hermana.

—Quiero que me devuelvas ese —indicó Alvilda, extendiendo la mano—. Y no soy tu hermana.

—¿El mono feo? —preguntó Inkeri, escéptica, mientras toqueteaba el rubí colgado de la cadena de oro.

—Si ahora te parece tan feo, ¿por qué me lo has pedido? —preguntó Alvilda.

—Si no te parece feo, entonces, ¿por qué me lo diste con tanta facilidad? —contratacó Inkeri.

Alvilda se quedó mirándola e Inkeri suspiro.

—Te lo he cogido porque este no es un barlgura —explicó—. No cualquier barlgura. No, este es el mismísimo Barlgura, la bestia que da nombre a los de su clase. Está en buenos términos con el gran Demogorgon, que fue destruido por los drow en Menzoberranzan.

Alvilda la miró confusa.

—No por la Matrona Zhindia Melarn —amplió Inkeri—. Los otros drow. Los que antes se oponían a Zhindia, pero que pronto verán su error. Compartir mi cuerpo con Barlgura requiere de toda la cortesía que sé emplear, querida her… querida prima, y más de la que tú serías capaz.

—Te enfadaste cuando el otro demonio…, cuando este demonio… fracasó cuando ya creía que habías atrapado al ladrón halfling en Neverwinter —acusó Alvilda.

—¿Encuentras que tu demonio es demasiado débil, querida prima?

Alvilda palideció al oír eso y más aún cuando el glabrezu, en sus propios pensamientos, añadió:

—«Sí, querida prima, ¿es eso así? Dime, por favor.»

Sin duda, Alvilda se sentía atrapada, más de lo que nunca hubiera creído posible. Y como se sentía así, lo mismo le pasaba al demonio, y en su cabeza oyó su risa.

—Este no me gusta —dijo Alvilda.

—Dudo que tú le gustes más a él —replicó Inkeri, sin vacilar—. Después de todo, es un demonio. ¿Crees que a Barlgura lo impresionabas más, o que al demonio le importabas algo, o que le importo yo aparte de por lo que tú o yo podamos darle?

—Este quiere matar a mi hija —gimió Alvilda.

—Porque es un estúpido —repuso Inkeri, pero no con su voz sino en la voz de un gigante, resonante, rasposa y susurrante, todo a la vez y al borde del grito en cada sílaba. La mujer comenzó a reír, y Alvilda supo que se estaba burlando de ella.

—¡Me presiona! —gritó Alvilda.

—Entonces, ve —contestó Inkeri, de nuevo con su propia voz—. Ve y mata a tu hijita indefensa.

Alvilda ahogó un grito; el demonio en su interior le instaba a obedecer, e incluso ella acabó por dar un paso hacia la escalera. Pero allí se detuvo al ver a Sharon, su preciosa y pequeña Sharon, bajando.

Pero se dio cuenta de que no estaba bajando las escalaras.

Estaba flotando escaleras abajo.

—No puedes, pero será entretenido verte intentándolo —le picó Inkeri desde la silla—. Es más poderosa que tú, estúpida Alvilda.

Esta casi ni oyó a Inkeri, atrapada como estaba en la contemplación del especto de su hijita, que flotaba por las escaleras con los ojos en blanco, como si fuera un fantasma o un vampiro.

—No puedes, mami —dijo la niña con su vocecita—. No te preocupes.

—¿No puedo? —susurró Alvilda.

—Matarme, mami.

A la espalda de Alvilda, Inkeri rio. El demonio dentro de Alvilda rio.

Sharon llegó hasta la puerta y miró a su tía Inkeri, y ella también comenzó a reír con una risita que parecía horriblemente fuera de lugar viniendo del rostro de querubín de la niña pelirroja, que solo tenía blanco donde sus hermosos ojos grises solían estar.

Hizo un gesto de asentimiento hacia Inkeri y siguió flotando hasta salir de la sala, hacia el vestíbulo.

Alvilda corrió a ponerse delante de ella con la espalda contra la puerta.

—¿Adónde vas?

—Ya estoy allí, claro.

—¿Qué? No puedes marcharte.

—No voy a hacerlo —respondió la niña, pero fue a coger el picaporte.

Alvilda, desesperada, agarró a la niña por el brazo.

—Cuidado, prima —advirtió Inkeri, y su voz y su expresión le transmitieron que estaba disfrutando totalmente de eso.

La advertencia no era ninguna tontería y Alvilda lo sabía, pero de todas formas le agarró el brazo con fuerza a Sharon.

La niña de ojos blancos la miró, sonriendo, pero a Alvilda le pareció una sonrisa totalmente perversa.

—¿Debería meterte en un capullo, mami? —preguntó Sharon, dulce e inocentemente.

Alvilda palideció. Un capullo. Como el tormento eterno que Sharon había impuesto al asesino humano, Artemis Entreri.

—No te vayas —le rogó Alvilda. Y, de repente, su mano no agarraba nada, porque Sharon se volvió menos que corpórea y simplemente atravesó a Alvilda y luego la puerta cerrada.

Esta se ahogó, tragó aire y gritó, y luego cayó al suelo entre sollozos. La sensación de culpa la envolvió con más intensidad de lo que hubiera creído posible, ¡tanta que su confusión se mezcló con la culpa a partes iguales!

Y en ese momento de oscuridad, oyó un sonido dulce y discordante: la risa de su hija.

—«¿Qué nos importa? —preguntó el cruel glabrezu en su cabeza—.

La criatura no sufrirá ningún daño y regresará, idiota.

Si pierdes tu corazón, te devoraré completamente y abusaré de tu forma mortal hasta que la piel se te haya caído de los huesos.

Luego buscaré otro huésped, uno lo suficientemente fuerte para matar a la niña. »

Alvilda Margaster casi ni oyó esa última amenaza, porque esa palabra, criatura , la enfureció. Criatura . Ese feo demonio había llamado criatura a su hermosa Sharon.