22. …Mentormentor…
…M ENTORMENTOR …
—¡No puedo verle los ojos! —gritó Alvida Margaster a su prima Inkeri—. ¡Sus hermosos ojos grises, tan brillantes y bonitos!
—¿Y tú crees que eso es importante en este momento? —replicó Inkeri con un gran bufido—. Todo el norte se abre a nosotras ahora.
—Es mi niñita.
—¡Cállate! —le gritó Inkeri.
—«¡Cállate!» —le ordenó otra voz a Alvilda dentro de su propia cabeza, una voz como el rugido de un gigante furioso con la boca llena de avispas.
—Tómame —se oyó decir Alvilda, pero en esa voz demoniaca, no la suya.
—Sí —dijo Inkeri, y rápidamente se sacó su collar, una cadena dorada con un gran ópalo, y se lo tendió con una mano mientras se lo pedía a Alvilda con la otra.
—Dame tu collar —ordenó Inkeri.
—No te daré nada —replicó Alvilda, o comenzó a hacerlo, porque las palabas acabaron en un balbuceo estrangulado.
Ya se habían intercambiado los collares muchas veces antes, siempre a instancia de Inkeri.
No sabía a qué jugaba su prima, pero los demonios contenidos en sus respectivas filacterias no se parecían y el que en ese momento tenía Alvilda era mucho más poderoso.
—Dame tu collar o muere —le advirtió Inkeri.
Alvilda, con los pensamientos repentinamente enmarañados y un intenso dolor entre los ojos, que era como si le clavaran la punta de una lanza, ni siquiera oyó la orden.
Pero eso no importaba, porque ya no tenía el control de su cuerpo y la bestia de su interior movió las manos por ella, sacándose el collar, una cadena de oro con un gran rubí.
Alvilda notó que la conexión se rompía, pero para cuando se dio cuenta, su propio cuerpo había entregado el objeto a Inkeri, que en ese momento sostenía los dos y aún le estaba tendiendo el ópalo a ella.
Alvilda se apartó de él.
Inkeri se pasó el collar de rubí por la cabeza y se lo colocó en el cuello.
—¿Crees que es bueno traicionarnos, hermana? —le advirtió empleando un término que solía ser de cariño y que indicaba su lazo especial. Alvilda era su prima, no su hermana, aunque se habían criado juntas.
—Le diste el brazalete —la acusó Alvilda, aferrándose a su indignación.
—Y el ser en su interior protegerá a tu niña Sharon en estos tiempos de peligro.
—¡No! —le gritó Alvilda—. ¡No y cien veces no! Le ha quitado los ojos.
—No se los ha quitado —afirmó Inkeri.
—¿Quién es? ¿Qué demonio? —exigió saber Alvilda.
—No lo sé —admitió Inkeri, pero en esa otra voz, la voz del gigante, la voz que había estado en la cabeza de Alvilda cuando ella llevaba el collar—. No importa.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Ponte el collar —le advirtió el demonio en el interior de Inkeri, y para remarcar la cuestión Inkeri comenzó a hacerse más gruesa, sus miembros se hicieron enormes y poderosos, el pelo le creció salvajemente y se le volvió naranja.
—¿Y si no lo hago? —tartamudeó Alvilda.
Apenas había acabado de decirlo cuando la criatura ante ella, que ya no era Inkeri sino un demonio mayor conocido como Barlgura, avanzó con una velocidad espantosa y la agarró como si fuera una muñeca de trapo de una de sus enormes y poderosas manos.
Alzó el collar para pasárselo a Alvilda por la cabeza, pero esta, instintivamente, intentó detenerlo.
Barlgura apretó con fuerza y Alvilda se quedó sin aliento; cayó de rodillas y se curvó hacia delante, tratando de aliviar el dolor. Notó que se le quebraba una costilla. Notó que le apretaban el corazón.
El collar le pasó por la cabeza, e Inkeri, porque de repente volvía a ser Inkeri, la soltó.
—Esto no es un juego, hermana —le dijo Inkeri mientras ella seguía a cuatro patas, jadeando para controlar las oleadas de dolor—.
Y no es momento para debilidades. Hemos comenzado una guerra contra enemigos poderosos y con potentes aliados que son aún menos compasivos que esos enemigos. No puedes cambiar de opinión.
Alvilda la miró tristemente.
—Sharon es mi niñita —susurró, y cada palabra le dolía.
—«Cállate» —le ordenó una voz en la cabeza, una que sonaba como el gruñido de un perro salvaje hambriento.
Alvilda cerró los ojos. Conocía a ese demonio, su nuevo poseedor, un glabrezu de seis miembros con cuatro brazos, dos de ellos acabados en pinzas que podían cortar a un hombre por la mitad.
Había visto a Inkeri transformarse en ese demonio más de una vez y nunca con consecuencias agradables.
Esta había reconocido a Alvilda que, cada vez que había dejado salir la glabrezu, no había sido capaz de hacerle regresar a la filacteria hasta que el monstruo había destrozado a alguna persona.
—El brazalete de Sharon la protege —dijo Inkeri tranquilamente—. Y el collar que te cuelga del cuello te protege a ti. No me hagas repetir esa lección.
Alvilda observó a Inkeri mientras se marchaba del salón de la Casa Margaster.
A pesar de todos los otros problemas, no estaba enfadada porque Inkeri le hubiera hecho intercambiar los collares.
El que llevaba antes contenía una bestia mucho más astuta y poderosa que la que había en este, estaba segura.
Quizá a esta la pudiera controlar.
Notó en su interior la risa del glabrezu cara de perro ante esa absurda idea, y la voz que estaba ahora en su cabeza le aseguro: «Podría hacer que mataras a tu hija».
Alvilda lanzó un grito, pero sus sollozos quedaron tapados por la risa del demonio.
—Le dices a lady Donnola que espero cien botellas de vuestro mejor vino por esto — protestó el canoso granjero Yasgur a Regis y Dahlia, que se hallaban sentados a su vieja mesa de comer, en la destartalada sala anterior de su vieja granja.
El lugar era impresionante, o lo había sido en su día, igual que lo había sido Yasgur en su día, solo unos cuantos años atrás.
Incluso en ese tiempo, con su salud en declive, aunque apenas había entrado en la edad mediana, Yasgur estaba considerado por sus vecinos como todo un carácter y no siempre de un modo positivo.
Su relación con Donnola Topolino ejemplificaba eso, pero incluso se rumoreaba que no se llevaba mal con los actuales dirigentes de Luskan.
Siempre que alguien preguntaba sobres esas cosas, Yasgur respondía lo mismo: «Los vecinos son clientes».
Dahlia miró a Regis, que se encogió de hombros sin saber muy bien qué hacer.
—Estoy segura de que lady Topolina te pagará ampliamente con vino en cuanto pueda —dijo Dahlia, y Regis tuvo que admitir que eso no era realmente una mentira.
—Cien botellas —insistió el hombre delgado y de gran nariz—. ¡Voy a dar una fiesta de la que se seguirá hablando un siglo después de que yo esté muerto y enterrado! Invitaré a todos los bardos de la Costa de la Espada para que vengan a tocar, y ¡vaya si vamos a tocar!
—¡Doscientas botellas si nos invitas! —dijo Dahlia, y Yasgur resopló y vitoreó con tanta fuerza que los dos invitados se temieron que fuera a caer fulminado.
Le guiñó el ojo a la mujer.
—Que no sea del mejor. Con tantas, igualmente nadie lo va a notar.
—El mejor para ti y para mí —le prometió Dahlia, devolviéndole el guiño.
Yasgur rio, o resopló, de nuevo, y los dejó solos a los dos.
Dahlia le sonrió mientras él se alejaba, y luego se volvió y se encontró a Regis mirándola boquiabierto.
—Cuando recuperemos a Entreri, Yasgur se va a buscar un buen lío —dijo el halfling en broma.
Pero Dahlia lo miró ceñudo, ya que no parecía estar de humor para bromas.
Esa simple mirada hizo que a Regis se le pusieran de punta los pelos de la nuca, y se maravilló y se asustó de lo rápido que la mujer elfa había cambiado de humor; había pasado de bromear juguetonamente con Yasgur a una espeluznante oscuridad.
—Lo encontraremos —le aseguró Regis, porque necesitaba decir algo—. Si aún lo tienen…
Se detuvo cuando Dahlia abrió mucho lo ojos, y luego los entrecerró peligrosamente.
—Lo tienen —balbuceó Regis—. Estoy seguro. Negociaremos…
—¿Con qué?
—¡Eso es lo que tenemos que pensar! —repuso el halfling quizá con demasiado entusiasmo, en vista del ceño con el que ella le contestó.
Dahlia prescindió de él totalmente y, luego, después de coger un último bocado del estofado que Yasgur les había servido, se apartó bruscamente de la mesa.
—Negociar —bufó.
—Esos tipos aman el dinero por encima de todo —balbuceó Regis.
—Cuando estén muertos, lo recuperaremos —le dijo Dahlia—. Así de simple.
Regis tuvo que asentir, porque ¿qué más podía hacer? Dahlia ya estaba en la puerta de la casa.
Mucho más tarde, esa misma noche, Alvilda Margaster atravesaba en silencio la gran mansión familiar y se acercaba a la puerta del dormitorio de su hija Sharon. Nerviosa, la mujer puso la oreja sobre la puerta con la esperanza de oír el respirar rítmico de su sueño profundo.
Hizo una mueca, pero no se sorprendió al oír la voz de la niña mascullando «…mentormentormentormentor…» en una única y larga palabra.
Alvilda inspiró hondo y trató de no llorar. Se imaginó a su querida Sharon, con sus rizos rojos y esos brillantes ojos grises que sonreían cuando ella reía y que siempre parecían estar buscando un motivo para bailar.
Al menos, hubo un tiempo en que habían sido grises, se recordó Alvilda.
—«Ve y mátala» —dijo la voz en la cabeza de Alvilda. Esta alzó la mano y agarró la baratija que colgaba de la cadena que llevaba al cuello, pero lo que más quiso fue arrancársela y tirarla lejos.
Pero no podía
—«Su piel es muy suave. Será fácil, y luego ya no te preocuparás más» —le dijo su demonio. Lo odiaba incluso más que al anterior, ¡cuánto lo odiaba!, porque el glabrezu no parecía querer nada más que muerte y masacre indiscriminadas. Con cada uno de sus susurros la incitaba a matar.
—«Tan suave…» —dijo la voz.
Alvilda se imaginó a su niñita tumbada allí, entre las almohadas.
«Sí —pensó—, qué fácil sería matar…»
Sobresaltada, la mujer se apartó corriendo de la puerta, bajó la gran escalera y fue el salón de abajo, donde Inkeri se hallaba sentada ante la chimenea, bebiendo algún licor fuerte.
—¡Quiero que me devuelvas el collar! —exigió Alvilda, acercándose.
Inkeri, que había comenzado a señalar la mesita ante el armarito de las bebidas, apartó la mano y la miró con curiosidad.