21. Malas rañis #2
Pero, no, la araña gigante se alzó del todo, por encima de la parte delantera de la máquina de guerra y, desde allí, escupió de nuevo, esa vez un chorro de telaraña pegajosa que cayó sobre el resto de Revientabuches.
Estos se debatieron y lucharon contra esas ataduras, pero no pudieron liberarse antes de que los ojos de la araña volvieran a brillar otra vez.
Bruenor no lo vio, porque él y su escolta habían torcido la esquina y corrían a lo largo de la parte exterior del muro, hacia la abertura en la caverna. No oyó nada, ni rayo, ni llamas.
Pero sabía en su corazón que ninguno de esos Revientabuches iba a volver a casa.
Ya había cruzado el puente sobre el estanque y estaba a punto de llegar a la puerta cuando la caverna se iluminó con un destello repentino y sorprendentemente brillante.
Un momento después, llegó la réplica, un resonar de trueno que se parecía más al volcán en explosión que él había presenciado en esa misma montaña que al crepitar de un rayo.
—Por los Nueve Infiernos, ¿qué es eso? —pregunto Tannabritches de nuevo.
—Eso digo yo —fue todo lo que pudo responder Bruenor Battlehammer, y corrió hacia su agujero.
Bocabajo y galopando por el techo, Drizzt oyó el trueno de un rayo y se preparó, esperando ser incinerado. Pero la fortuna estaba con él, porque la araña no había previsto su subida e inversión, y la explosión, el rayo más espantoso y tremendo que nunca había visto, pasó por debajo de él.
Andahar siguió galopando, subiendo el túnel de la montaña.
Drizzt oía a la araña corretear detrás de él, pero el ruido se iba apagando ya que Andahar corría más que el monstruoso arácnido.
Drizzt miró hacia atrás una última vez, tratando de elaborar un plan.
Quizá saliera y volviera a entrar bajando por el otro túnel, aunque le preocupaba llevar esas cosas cerca de sus amigos hasta que comprendiera mejor su poder.
Cuando volvió a mirar al frente, a pesar de la persecución, bajó la velocidad de su montura y casi grita «Corred», porque ante él había una hueste de enanos en formación de batalla y con las armas en ristre.
Se tragó el grito cuando se dio cuenta de la verdad, pero mantuvo Andahar al trote mientras hacía pasar el unicornio por un bosque de enanos inmóviles.
Habían sido convertidos en piedra. Ahí mismo, en el túnel, en el techo que era mágicamente el suelo, una de las brigadas de Bruenor había encontrado un inesperado final.
Drizzt trató de mantener la respiración tranquila, centrar la mente en lo que estaba haciendo y en el camino que necesitaba recorrer.
Poco después salió del túnel, con Andahar corriendo entre las vías del tranvía que se retorcían para volver al suelo y luego saltando fuera de ellas, a tierra firme, justo ante la destrozada estación de Viñas Sangrantes.
Drizzt no vio enemigos, pero sabía que no estaba solo, porque podía oírlos más allá de la línea de los árboles.
Sin bajar el ritmo, pasó ante la boca del otro túnel, pero siguió corriendo en dirección al oeste. Oyó movimiento, incluso el clic de una ballesta, pero no fue alcanzado mientras avanzaba a gran velocidad.
Tras él apareció la gigantesca araña casi a su mismo paso. Durante el resto de la noche, muchas veces miró Drizzt hacia atrás y captó la silueta de los grandes árboles agitándose tras él, algunos incluso cayendo mientras la araña se abría paso persiguiéndolo.
Andahar no se cansaba, y mientras tuviera detrás al monstruo Drizzt no tenía intención de detenerse.
—¡Nosotros defenderemos el muro! —rugió Bruenor a Jarlaxle después de que el mercenario drow le comunicara las malas noticias.
—No lo harás —le advirtió Jarlaxle.
—Déjame tu caballo —le dijo Zaknafein por tercera vez—. Alejaré a la bestia.
—¡No sabéis si esa bestia de ocho patas está aquí por ti! —le reprendió Bruenor.
—¿Eso crees? —replicó Jarlaxle.
—Estoy pensando que vuestra Matona Baenre no es ninguna admiradora mía —les recordó Bruenor—. ¿Debo subirme en tu caballo contigo, entonces? ¿Debemos huir todos?
—Si podemos —contestó Jarlaxle, pero eso solo hizo que Bruenor lo mirara con un profundo ceño.
—¿No has conocido a muchos Battlehammer, verdad, listillo?
Jarlaxle contestó encogiéndose de hombros.
—Haría falta un príncipe demonio o un dios para detener a esas bestias, amigo mío —le explicó.
En ese momento, una explosión sacudió la gran entrada y el salón del trono de Gauntlgrym, y gritos de «¡Brecha!» pasaron por la puerta, seguidos de cerca por algunos Battlehammer en desbandada.
Pero Bruenor no lo vio. Ante la mención de Jarlaxle de seres divinos, el rey había corrido hacia el gran asiento del complejo, el Trono de los Dioses Enanos, y saltó sobre él rogando sabiduría y orientación.
Anteriormente, los dioses le habían otorgado un gran poder y fuerza. Quizá lo volvieran a hacer.
Pero no; lo supo de inmediato: incluso un momento de una fuerza tan enorme no le protegería de esa hórrida creación del Abismo. Las criaturas mortales de Gauntlgrym no podían luchar contra ella.
Bruenor abrió los ojos y asintió.
—Necesitamos un plan —le dijo a Jarlaxle, de pie sobre el trono.
El muro de la sala se sacudió.
—Y rápido —añadió el mercenario.
—Déjame tu caballo —insistió Zaknafein, que estaba al lado con las armas en la mano.
Bruenor bajó del trono de un salto, todavía asintiendo.
—¿Bruenor? —preguntó Jarlaxle.
—¿Qué es lo que sabes, mi amor? —preguntó la reina Mallabritches.
—Sí, ¿qué es lo que ves en esa cabeza tuya? —inquirió la reina Tannabritches.
—¿Qué has dicho que hace falta para vencer a esa cosa?
—Un príncipe demonio. Un dios —contestó Jarlaxle.
—Traedme cinco exprimidores y cinco equipos —pidió Bruenor a sus reinas.
—¿Aquí? —preguntaron ambas, escépticas, porque el muro temblaba de nuevo y no parecía que fueran a tener el tiempo necesario.
—No, abajo —respondió Bruenor, y miró directamente a Jarlaxle mientras añadía—: Tengo un plan.
—Déjame tu caballo —le insistió Zaknafein a Jarlaxle de nuevo, un momento después, cuando estaban algo separados de los otros—. Si quiero congraciarme con mi hijo, significa que debo eliminar el peligro para sus amigos.
—¿Crees que puedes correr más que esa cosa?
Zaknafein se encogió de hombros.
—Creo que puedo intentarlo y que salir de aquí a campo abierto puede ser mejor que dejar que me arrincone, que nos arrincone aquí abajo en los túneles.
—Bruenor dice que tiene un plan —le recordó Jarlaxle.
—Y parece que tú tienes una gran fe en eso. —Por como Jarlaxle miraba a Bruenor, Zaknafein hubiera dicho que quizá esa fe no era tan profunda como había supuesto. Vio inquietud en el rostro de Jarlaxle.
—Antes le pedimos que confiara en nosotros —le recordó Jarlaxle.
—Antes los que corríamos el mayor riesgo éramos nosotros.
—Drizzt confiará en Bruenor —soltó Jarlaxle, seco—. ¿Lo hará Zaknafein?
—¿Lo hará Jarlaxle? Te conozco. Te conozco hace más tiempo que nadie por aquí, así que supongo que tienes alguna manera de salir de aquí si el enano fracasa.
—¿De verdad? Me has herido.
—Con intención —repuso Zaknafein—. Tú ten ese caballo preparado, y, si te marchas y no puedes llevarme contigo, harás bien en enviármelo luego para que yo también tenga una oportunidad de salir.
—¿No haría mejor asegurándome de que no escapes? En vista de tu actitud…
—Bien dicho —replicó Zaknafein—. Pero me conoces lo suficiente para saber que seguramente encontraré una salida, y, en tal caso, también me conoces lo suficiente para estar seguro de que te encontraré.
Jarlaxle soltó una profundo y exagerado suspiro.
—¡Ah, Zaknafein! ¡Qué bien tenerte de vuelta!
—Más de lo que te puedas imaginar, Jarlaxle. Si no fuera porque yo estoy aquí, esa cosa araña te estaría persiguiendo a ti.
Bruenor regresó correteando hacia ellos, así que Jarlaxle acabó solo con un um .