Ilimitado (Generations 2) 21. Malas rañis
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21. Malas rañis

M ALAS RAÑIS

Solo con verla, Drizzt supo que no podría derrotar a esa monstruosa criatura arácnida.

Había retrasado su retirada, convencido de que el arco, un arma que nunca le había fallado, podría detener o al menos ralentizar a esa bestia.

Sin embargo, las flechas no le habían hecho ningún efecto y, en su sorpresa, el explorador drow había cometido un error: había subestimado la velocidad del gigantesco arácnido, y este casi lo tenía.

Pero… no.

La cosa corrió más allá de él, o por encima de él al menos, y correteó por el techo del túnel como si no hubiera notado a Drizzt o las flechas de rayos.

Drizzt farfulló unas palabras, tratando fútilmente de darle algún sentido a todo eso.

Luego lanzó a Andahar a todo galope, para seguir a la criatura araña hacia abajo, y abajo, de vuelta a la caverna de entrada.

De vez en cuando se encontraba con demonios que subían en sentido contrario, pero unas cuantas flechas de Taulmaril acabaron con esos demonios menores, o los hirió lo suficiente para que Andahar los pisoteara hasta sacarles toda la fuerza vital.

En la caverna principal, Drizzt vio que la araña seguía a su paso y subía mucho entre las sombras, rodeando las estalactitas de lo alto.

Drizzt pensó que debía seguir galopando hacia delante para alertar a los enanos, y se dispuso a hacerlo cuando un estridente chillido, un alarido muy agudo, desde el lado y no desde arriba, hizo que tirara de las riendas de Andahar.

Pudo ver a un segundo arácnido que correteaba veloz por el suelo, directo hacia él.

Viviendo en Menzoberranzan, Drizzt se había encontrado miles y miles de arañas, pero nunca había oído gritar a ninguna.

Un zumbido, quizá, pero nada así; eso era un grito que no era de este mundo, más demoniaco que arácnido.

E iba directo hacia él.

O quizá para pasar ante él, pensó Drizzt, o eso quiso creer, dado su encuentro previo.

Hizo trotar a Andahar hacia el lado, alrededor de una estalagmita, pero sin perder de vista la avenida donde se encontraba la araña a la carga.

La bestia viró y de nuevo se dirigió directa a Drizzt.

Drizzt pasó al otro lado del montículo de piedra y la bestia cambió de curso, corrigiéndolo como si estuviera fijada en Drizzt.

Y este sintió que era exactamente eso. Entonces, se le ocurrió pensar que la bestia anterior podría haber estado fijada en algo o en alguien más. Cuando esa araña gritó de nuevo, Drizzt estuvo seguro de que era porque lo había reconocido y tenía su presa a la vista.

Pensó en galopar hasta el complejo enano, pero no estaba seguro de que los enanos pudieran resistir siquiera a la otra criatura que cargaba hacia ellos.

No, ahí había algo raro, tanto en el puro poder de esas criaturas como en su evidente fijación en un objetivo, porque ¿por qué si no el otro monstruo no había atacado a Drizzt en el túnel?

Alzó el arco y disparó a largo alcance, y la flecha de rayo iluminó los montículos de un modo extraño y hermoso al pasar. Le alcanzó a la araña en toda la cara, pero la bestia, al igual que la otra, no bajó de ritmo.

Andahar reaccionó antes de que pudiera hacerlo Drizzt y saltó de lado para lanzarse de vuelta a los túneles de entrada. Drizzt ni siquiera trató de reducir su marcha o detenerlo una vez había evitado el ataque, sino que lo urgió a ir más y más deprisa, mientras la araña lo perseguía.

—¡Bruenor, retirada! —gritó Drizzt tan fuerte como pudo—. ¡Corred!

Y Drizzt y Andahar hicieron justamente eso, alejándose de Gauntlgrym al galope.

En un impulso, Drizzt torció hacia la izquierda cuando, en la caverna, se acercaban a la pared opuesta al complejo enano, pensando que el túnel de salida del tranvía sería una mejor opción.

Pero eso lo llevó peligrosamente cerca de la araña y se preparó, esperando otra bola de fuego.

Andahar entró en la inclinación a todo galope, corriendo entre las vías del tranvía.

Un poco más allá, esas vías subían en una gran inclinación alzándose desde el suelo y giraban para invertirse en el techo.

Drizzt guio al corcel perfectamente al interior del campo de gravedad invertida, pero oyó un burbujeo a su espalda y, al mirar atrás, vio a la araña aún en plena carga, no demasiado lejos, con las gigantescas mandíbulas recorridas por arcos de relámpagos que saltaban de una a otra.

—Corre, Andahar —susurró mientras se inclinaba totalmente sobre la cabeza del unicornio.

—¡Los hemos hecho correr, muchachos! —rugió Bruenor, que dirigía la carga por delante del muro defensivo exterior y luego por la profunda avenida que llevaba a la caverna.

Los demonios huían ante ellos, aquellos que había podido escapar.

El resto estaba aplastado por los famosos exprimidores Battlehammer o, si habían evitado ese destino, se encontraban superados por hordas de furiosos guerreros enanos, con los Revientabuches en sus armaduras rígidas con pinchos haciéndolos pedazos.

Poco después, toda el área alrededor del muro estaba despejada, y lo demonios huían mientras Bruenor y sus tropas los perseguían.

Un destello a lo lejos de la caverna soportada por pilares le resultó reconfortantemente familiar al rey enano, un misil que había visto miles de veces antes.

—¡Drizzt los ha pillado, muchachos! —gritó Bruenor, y recibió una torta en la coronilla por ese comentario.

—¡Muchachas! —corrigió la reina Mallabritches.

—¡Bah! ¡Para mí todos sois muchachos! —replicó Bruenor, y cuando tanto Mallabritches como Tannabritches se rieron del comentario él no supo qué decir.

Finalmente, alzó las manos, rindiéndose ante sus juguetonas aunque molestas esposas, y se volvió justo a tiempo de ver la más tremenda combustión en forma de pared rodante y creciente de llamas como nunca había visto, con lenguas de fuego que se alzaban hasta lo alto de la caverna.

—Por los Nueve Infiernos, ¿qué es…? —exclamó Tannabritches, casi sin voz.

Bruenor temió que el viejo cliché enano pudiera ser aplicable esa vez. Sin duda, nunca había visto una demostración así de poder de rayos excepto en una tormenta eléctrica.

—¡Buoona! ¡Buoona! —oyó cuando recuperó los sentidos, y creyó oír algo más, el grito de un amigo, una advertencia: «¡Corred!».

—Pikel, ¿qué pasa? —preguntó, dirigiéndose al enano de barba verde que saltaba hacia él y le llamaba como solo Pikel podía hacerlo.

—Mi hermano tiene algo que está necesitando decirte —explicó Ivan, que jadeaba y resoplaba al tratar de mantener el paso del animado Pikel.

—¡Malo, malo, malo! —exclamó Pikel.

—¡Alto! —gritó Bruenor a sus fuerzas, un grito que repitieron sus reinas y luego otros por toda la fila.

—Malas rañis —explicó Pikel.

Con el rostro arrugado de confusión, Bruenor miró a Ivan, pero el viejo enano de barba amarilla solo pudo encogerse de hombros y menear la cabeza.

La respuesta llegó un momento después y no de muy lejos, aunque sí de muy arriba de la caverna, en forma de un grito unísono de algunos de los enanos aún en su posición de artillería en la estalactita, seguido de otra tremenda explosión.

Bruenor y los otros miraron horrorizados mientras la distante estalactita se desmoronaba con una caída de más de quince metros hasta el suelo, arrastrando a un cuarteto de enanos junto con su balista y algo más.

Algo enorme que radiaba maldad.

—Mala rañi —exclamó Pikel—. Oooo.

En ese momento, Bruenor y los otros no tuvieron problema para entenderle, mientras un constructo arácnido gigantesco lanzaba hacia los lados piedras rotas y se levantaba de los escombros, sacudiendo unos pedruscos descomunales como si no fueran más molestos que un montón de hojas secas.

—¡Corred! —gritaron al unísono Bruenor y casi todos los demás enanos en aquel corredor, y, como uno, los enanos se dieron la vuelta y huyeron; excepto por el equipo del exprimidor.

—¡No! —les chilló Mallabritches al ver que cargaban contra la araña gigante, pero el equipo, todos ellos Revientabuches, conocían su cometido ahí.

Ese cometido era contener al enemigo para que su rey y sus reinas pudieran escapar.

Rugieron como uno, con el exprimidor rodando y botando ante ellos, parte ariete, parte rodillo de amasar.

Las carcasas de los demonios salían despedidas o quedaban hechas añicos bajo el pesado artefacto, mientras los Revientabuches vitoreaban y cantaban.

Bruenor, al que arrastraba su guardia real, miró hacia atrás y vio la última carga hacia la araña, y se fijó en el relucir de los ojos de la bestia.

—¡No! —aulló convencido de que algo terrible estaba a punto de pasar, pero su voz no podía superar el coro de alegría de los Revientabuches.

Un rayo salió del monstruo, un cono largo, estrecho y multicolor que se fue ensanchando lo suficiente para abarcar el exprimidor y a los hombres que iban detrás.

Por unos pocos instantes, Bruenor no estuvo seguro de lo que había pasado, porque el exprimidor seguía avanzando, aunque de un modo raro, y los Revientabuches seguían cantando, aunque su coro había perdido mucha resonancia.

El artefacto botó y se sacudió de lado a lado, y luego volvió a ir derecho.

Entonces, Bruenor lo comprendió, horrorizado.

De los diez Revientabuches del exprimidor, cuatro se habían quedado atrás, convertidos en piedra y tirados en el suelo, y al menos uno parecía haber perdido un brazo, ¡que aún seguía agarrando el mango del exprimidor!

—¡Por los dioses! ¡Oh, Moradin! ¿Dónde estás? —masculló Bruenor sin aliento, e hizo una mueca de dolor cuando el exprimidor y la araña chocaron.

El atrapavacas en ángulo alzó la bestia sobre sus patas traseras y, por un momento, Bruenor creyó que sus muchachos podrían hacerla caer; ¡casi llamó a la carga!