Ilimitado (Generations 2) 20. Lo que arrastra la marea #2
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20. Lo que arrastra la marea #2

Cuando esa bola se alzó más e iluminó las diferentes estructuras que quedaron por debajo, los tres del bote supieron exactamente su origen, y vieron más rayos de destrucción volando desde las ramas de la Torre de lo Arcano, atronando por los campos de abajo para destruir las fuerzas invasoras.

—Tu martillo de guerra puede matar a un demonio o a un gnoll —comentó Kimmuriel—. ¿Cuántos crees que Gromph y sus compañeros magos están derritiendo ahora mismo delante de tus narices?

Wulfgar no apartó los ojos del espectáculo para mirar al extraño drow.

—Ve hacia la boca del río Mirar —indicó Kimmuriel.

—¿Hacia la Torre? —preguntó Bonnie Charlee.

—No. El Estrecho del Dragón y la isla Closeguard.

—Sin duda, estará invadida —replicó la mujer.

Kimmuriel negó con la cabeza.

—Lo dudo. No hay un camino fácil hacia la Nave Kurth. No en esta época.

—Es más fácil que hacia la Torre —discutió Wulfgar.

—Nuestros enemigos saben eso ahora —insistió Kimmuriel—. Pero no antes, y habrían seguido por el puente hacia la segunda isla y la magnífica Torre de lo Arcano, que evidentemente es la estructura más importante de la ciudad.

—Supones mucho —soltó Wulfgar—. Y si te equivocas…

—Hay formas de llegar a la Nave Kurth —fue todo lo que Kimmuriel dio a modo de explicación—. Haz lo que digo.

Bonnie Charlee iba a discutir con el psiónico, pero Wulfgar alzó rápidamente la mano para detenerla.

Sabía que Kimmuriel no los necesitaba. El drow podía largarse del bote mágicamente y podría hundirlo al irse.

O incluso peor, podía meterse en la mente de Bonnie Charlee y convencerla de que saltara por la borda, buceara hasta lo más profundo que pudiera llegar y allí respirara hondo.

Wulfgar no conocía a Kimmuriel muy bien, pero sí lo suficiente para creer que el drow no tendría ningún problema con hacer exactamente eso, al menos a Bonnie Charlee, aunque el bárbaro supuso que la amistad que lo ligaba a Drizzt y, por tanto, a Jarlaxle, podría evitar que el psiónico le hiciera algo así a él.

Pero su razonamiento tampoco lo convencía demasiado. No ese.

Wulfgar puso obedientemente los remos en el agua y enfiló hacia un punto justo a la derecha de la Torre, el canal llamado el Estrecho del Dragón.

Gromph Baenre respiró hondo y expiró con esfuerzo la que seguramente era la bola de fuego mayor de todas.

Pensó en eso mientras miraba hacia el campo frente a la Torre, cubierto con los restos humeantes de la horda pirata: demonios, gnolls, humanos, goblins, incluso ogros.

Una fuerza impresionante, aunque estúpida y mal dirigida.

Habían pasado por delante de la Nave Kurth, el sitio del poder de Luskan, para atacar la Torre.

Y ahora estaban muertos, o pronto lo estarían; todos.

Gromph pensó en su bola de fuego mejorada por su creciente experiencia en la magia de la psiónica.

Kimmuriel y los azotamentes le habían dado el acceso a una concentración más profunda, y ese enfoque más puro estaba produciendo algunos conjuros realmente impresionantes.

¡El gran Gromph nunca se hubiera imaginado que sus poderes arcanos hubieran podido ampliarse más!

De todos modos, seguía manteniendo cierta humildad.

No hacía mucho había sentido el poder de la mente colectiva ilícida fluyendo a través de él, una fuerza tan magnífica que había podido controlar los poderes marciales y mágicos combinados de todo Menzoberranzan.

Luego, él había ayudado a dirigir toda esa potencia en un único golpe, a través del cuerpo de Drizzt Do’Urden, para destruir la manifestación física de Demogorgon, el Príncipe de los Demonios.

¡Tanto poder! ¡Auténtico y puro! Gromph quería volver a sentir eso, y la próxima vez quería ser él quien lo creara.

Un rayo destelló desde un punto por encima de él, lanzado por su colega favorita no drow de la Torre, la giganta de las nubes Caecilia.

Esa encantadora mastodonte había sorprendido repetidamente a Gromph desde el principio de esa nueva orden de magos, y volvía a hacerlo.

Había asegurado que su magia era solo de adivinación, ilusión y conjuros inofensivos.

Pero cuando Gromph miró hacia el último agujero aparecido en el campo, donde había caído el rayo de Caecilia, una profunda cicatriz cubierta por los cadáveres de un trío de demonios menores que casi había alcanzado la base de la gigantesca estructura semejante a un árbol, estuvo seguro de que la giganta era mucho más poderosa de lo que decía.

Más rayos llovieron desde arriba, con muchos de los magos de la Torre rivalizando para matar los últimos enemigos en el campo.

Gromph miró hacia el sureste, hacia la ciudad, y vio incendios y más escaramuzas.

Se acercó a una bola de cristal colocada sobre una base.

La magia del artefacto escrutador llegaba a todas las cámaras de la Torre de lo Arcano, por lo que Gromph podía comunicarse con cualquiera de sus socios, o con todos a la vez, como hizo en ese momento.

—Suficiente —les dijo—. Muchos más vendrán pronto contra nosotros, supongo. Conservad vuestro poder. Caecilia, quisiera hablar contigo.

Acabó la comunicación mágica sin esperar respuesta. Respondió a la llamada n la puerta sin preguntar, esperando a la giganta de las nubes. Pero se encontró con el hombre netheriliano con cara de gran preocupación.

—No te he convocado —le dijo a lord Parise, otro de los asociados de la Torre.

—¿Convocar? —el antiguo mandatario del Enclave de las Sombras del Imperio Netheriliano preguntó confuso—. No… tengo que hablar contigo.

—¿Has acabado tus estudios sobre la puerta? —preguntó Gromph, esperando que así fuera. Sus magos y él tenían una tarea más que cumplir según su acuerdo con Jarlaxle y el rey Bruenor: acabar de abrir los portales mágicos que unían Gauntlgrym con las tres fortalezas enanas de la Marca Argéntea.

—Me han interrumpido —replicó lord Parise, pero cuando comenzó a explicarse, fue interrumpido de nuevo, porque Caecilia bajó sonoramente las escaleras del tronco central y giró hacia el pasillo que llevaba al ala personal de Gromph.

Este sonrió al mirarla. Caecilia empleaba conjuros que la mantenían lo suficientemente pequeña para recorrer los pasillos de la Torre, pero, aunque los hechizos la hacían más baja, la distorsionaban al reducir su altura mucho más que su anchura, por lo que parecía un halfling de piel azul mirado a través de un cristal curvado que exageraba todos sus rasgos.

Aun así, el efecto no era desagradable, pensó Gromph, y, además, de todos los magos de la Torre de lo Arcano, Caecilia era la mejor, aparte del propio Gromph, claro.

También sabía comportarse, y se quedó atrás al ver que Gromph estaba conversando con el lord netheriliano.

—¿Estabas diciendo? —le animó Gromph.

—Ya te dije que había encontrado unas runas en el dintel del portal, pequeñas pero definidas —explicó lord Parise—.

Estaba abajo otra vez, tratando de encontrarles algún sentido, porque no están en el antiguo leguaje enano, eso ya lo sé, pero antes de poder descifrarlas me he encontrado con una visita.

—¿Una visita?

—En el portal.

—Procedente de Gauntlgrym —razonó el archimago, porque era la única conexión magia abierta al portal en la parte baja de la Torre.

Pero Parise negó con la cabeza.

—No una que llegara por la puerta, no.

Gromph arqueó una ceja al oír eso. Se suponía que nadie debía estar cerca del portal de la Torre sin el permiso expreso de Gromph. Consideró las posibilidades.

—¿Catti-brie? —aventuró.

De nuevo, Parise negó con la cabeza.

—Debes venir conmigo, Archimago. Ella ha insistido mucho en que hablaría contigo y solo contigo.

—¿Ella?

—De tu tierra, estoy seguro.

Gromph suspiró al oír eso. Primero pensó que debía de ser su hija, Yvonnel, pero Parise la conocía, así que ¿por qué iba a estar tan nervioso? ¿Acaso alguna de las hermanas de Gromph Baenre había llegado para hablar con él? ¿Y por qué en el portal?