20. Lo que arrastra la marea
L O QUE ARRASTRA LA MAREA
A ÑO DEL R ENACIMIENTO DE LA N ACIÓN E NANA
—¡Levántate! —oyó desde muy muy lejos—. ¡Despierta, comida de tiburón! ¡Levántate!
El agua fría le salpicó la cara y se le metió por la nariz, y fue vagamente consciente de que se estaba ahogando, de que no le estaba entrando aire suficiente.
Recuperó un poco los sentidos y notó se bamboleaba, cabeceando con las ondulaciones del agua fría que lo rodeaba. Su cabeza y el hombro chocaron contra algo duro, pero fue un golpe sordo, de nuevo como si sucediera muy muy lejos. Fue consciente de que estaba cayendo, lentamente, muy lentamente.
Algo, alguien, le agarró bruscamente por el pelo y tiró de él hacia arriba, y de nuevo notó que el agua le salpicaba la cara y se le metía por la boca y la nariz, y de nuevo oyó las órdenes y se dio cuenta de que era la voz de una mujer.
Luego subía, y lo que más sintió era el agua que caía de él, el cambio de presión al salir del líquido y las olas que le salpicaban cada vez más abajo del cuerpo. Sintió que estaba en el aire; ¿estaba muerto?
Esa idea hizo que Wulfgar recuperara el sentido, y al abrir los ojos se encontró flotando sobre el océano, justo por encima de la borda de una pequeña barca donde una mujer, Bonnie Charlee, le agarraba las piernas para meterlo en el bote.
En cuanto estuvo sobre la cubierta, cayó; cayó con fuerza y se estrelló contra la dura superficie.
Supo que debería haberle dolido más de lo que lo hizo, pero aún tenía el cuerpo adormecido y las sensaciones le resultaban distantes.
Rodó sobre la cubierta, casi sin notar sus propios gruñidos, y vio a otra persona en el bote: Kimmuriel.
—Podías haber bajado con un poco más de cuidado, ¿eh? —protestó Bonnie Charlee.
—Podría haberte dejado colgando sobre la borda, aguantándolo por el pelo hasta que se ahogara —replicó Kimmuriel, y Wulfgar pensó que las palabras y el tono desapasionado eran completamente típicos.
Wulfgar trató de incorporarse hasta sentarse, pero los brazos casi no le hicieron caso y, en cuanto se movió, un ardiente dolor en la espalda lo hizo caer de nuevo sobre la borda, bocabajo, retorciéndose.
—Ah, pero que se va a desangrar y morir —gritó Bonnie Charlee—. Date prisa y pásame ese alquitrán.
Wulfgar estaba tumbada de un modo que le dejaba de cara a Kimmuriel, y vio al psiónico soltar un pequeño bufido sin moverse. Oyó a Bonnie Charlee soltar un gruñido indignado mientras se inclinaba sobre él para coger el cubo de parchear que mantenían en todos los pequeños botes.
—Tenemos que calentarlo —dijo, mirando alrededor.
—Mira dentro —le dijo Kimmuriel, y cuando ella lo hizo se quedó parada, y luego miró al extraño drow—. No es tan difícil —añadió él.
Bonnie Charlee hundió las manos en la pasta y sacó un puñado, y se lo untó a Wulfgar en la espalda.
—Vas a tener una buena cicatriz, Wulfgar del Valle del Viento Helado —le aseguró—, pero al menos no te vas a desangrar en mi bote.
—Necesitamos que se ponga a remar en cuanto se despierte —oyó Wulfgar decir a Kimmuriel, pero en ese momento no veía al drow, porque tenía los ojos apretados con fuerza para luchar contra el dolor que le producía el alquitrán caliente al cubrirle la profunda herida, tirándole de los bordes de la piel rota.
—¿Remar? Tendrá suerte si puede tenerse en pie —replicó Bonnie Charlee.
—Pue… puedo ponerme en pie —dijo Wulfgar con los dientes apretados, y se apoyó sobre los codos.
Sintió como si aún tuviera una espada clavada en la espalda, pinchándole y ardiendo con cada movimiento.
Sabía que estaba envenenado, porque podía notar esa cosa asquerosa recorriéndolo por dentro, pero, aun así, con gran determinación, consiguió ponerse en pie, tembloroso, en medio del pequeño bote.
Se fijó, entonces, en el desfile de velas que se alejaban de él, en dirección este, hacia Luskan.
—Con la primera ola, se va a ir por la borda —dijo Bonnie Charlee, negando con la cabeza—. No va a remar.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Wulfgar, solo vagamente consciente de los acontecimientos que lo habían llevado al mar.
—Fallaste —respondió Kimmuriel, seco.
—Pero les hundiste el barco —añadió Bonnie Charlee—. Un barco Margaster, creo yo, y uno bien bueno. Muy bueno. Ahora… —Se encogió de hombros e hizo un gesto con la cabeza hacia el lado, y afuera en la oscuridad Wulfgar puedo distinguir el casco medio hundido de un barco volcado.
—Se han llevado el Reliquia , así que tal vez hubiera sido mejor que no les hubieras hundido el barco.
—¿Dónde está Calico Grimm?
Bonnie Charlee negó con la cabeza
—Eso no es nuestro problema —interrumpió Kimmuriel—. Vamos a Luskan, y de prisa. Siéntate y agarra los remos, Wulfgar.
—¡No puede! —exclamó Bonnie Charlee.
Wulfgar se cayó sobre el banco más que sentarse en él, e hizo una mueca de dolor por la tensión y el ardor cuando llevó los brazos cada uno a un lado para coger los remos.
Entonces, se detuvo, porque sintió algo muy desagradable, como si Kimmuriel estuviera tratando de metérsele en la mente y poseerle.
Por puro instinto, trató de rechazarlo con toda su fuerza de voluntad.
—«Déjame entrar, estúpido —le dijo Kimmuriel con el pensamiento—. Así no remarás con tanto dolor.»
Wulfgar no supo qué hacer, pero a pesar de su obstinación y su orgullo no podía contradecir el comentario del drow.
En ese momento de vacilación, Kimmuriel se metió en su mente y, antes de que Wulfgar pudiera echarlo, el hombretón sintió un repentino alivio cuando todo el dolor simplemente se disolvió.
—¿Qué? —preguntó en voz alta.
—El dolor está en tu mente —contestó Kimmuriel.
—¡En la espalda! —le corrigió él.
—La herida sigue ahí —respondió el drow—. ¿La notas?
Eso hizo que Wulfgar se parara a pensar.
—El veneno abisal sigue ahí, y, sí, te matará si no podemos encontrarte ayuda. ¿Aún lo notas?
No lo notaba. Como el dolor ardiente que había sentido en la espalda, como la insensibilidad en los brazos, el veneno parecía haber desaparecido. De algún modo, Kimmuriel lo había bloqueado.
—¡Rema! —le riñó Kimmuriel.
Wulfgar cogió los remos y dio una gran palada, y el barquito fue saltando sobre la negra agua.
Bonnie Charlee avanzó a cuatro patas y se sentó junto a él.
—Siento lo de tu martillo —dijo—. Te vimos atrapado en el aparejo del mástil roto, pero tu arma cayó hacia el fondo del océano.
Wulfgar le respondió con una sonrisa tranquilizadora, y aún más tranquilizador fue cuando el bárbaro alzó una de sus grandes manos y susurró el nombre de su dios guerrero. Bonnie Charlee se fue hacia atrás y casi cae por la borda cuando Aegis-fang apareció en la mano del hombre.
—Vaya —exclamó boquiabierta—. ¡Eso sí que es un truco!
—Dice mucho de la habilidad del artesano —repuso Kimmuriel.
Wulfgar lo miró con curiosidad, porque eso era lo más cercano a un cumplido que había oído nunca a Kimmuriel…, y uno a un enano, nada menos, porque Bruenor había creado el arma de Wulfgar, todos esos años y años.
—Vamos, si eres tan listo para dejar un arma y coger los remos, quizá sobrevivamos a esta noche —añadió Kimmuriel—. Y cuando lo dejes ten cuidado de no atravesar el casco.
Wulfgar lanzó una mala mirada al drow, siempre insultante; luego cogió los remos con fervor, gruñendo a cada poderosa palada. El bote avanzó entre muchos barcos destrozados, ante muchos hombres y mujeres aún en el agua, aferrándose a los restos del naufragio.
—Si te detienes a por uno, nos hundirán —dijo Kimmuriel a Wulfgar y Bonnie Charlee—. El agua no está muy fría y sobrevivirán a la noche. Su única oportunidad es que lleguemos a Luskan y enviemos barcos.
El drow tenía razón y Wulfgar lo sabía, pero remar dejando atrás a los marineros abandonados (aunque no sabía de qué lado había estado luchando la mayoría de ellos) le dolía profundamente.
Sin embargo, poco después dejó de preocuparle tanto, porque cuando Bonnie Charlee, que estaba sentada frente a él y, por tanto, mirando más allá de él, ahogó un grito, Wulfgar redujo la marcha y miró a su espalda.
Un resplandor naranja iluminaba el horizonte por el este, y no era la aurora.
—Parece que nuestros enemigos no están perdiendo el tiempo —dijo Kimmuriel desde la proa del bote.
Wulfgar se esforzó y remó con más fuerza, con grandes paladas que elevaban la proa del bote.
La marea había cambiado y estaba subiendo, así que de nuevo los acompañaba.
Pero aún les quedaba un largo trecho, y pasado un rato hasta el poderoso Wulfgar necesitaba descansar.
Alzó los remos y se volvió en el banco para mirar la ciudad; ya estaban lo suficientemente cerca para poder distinguir los perfiles de alguna de las estructuras más altas.
Una buena parte de Luskan estaba en llamas, y la armada de barcos enemigos había anclado cerca del puerto, desde donde las catapultas y los magos lanzaban brea ardiente y bolas de fuego mágico.
—Bueno, ¿y qué hacemos ahora? —preguntó Wulfgar.
—¿La ciudad se está siquiera defendiendo? —se preguntó Bonnie Charlee.
—Algunos sí, otros no, sin duda —contestó Wulfgar—. A fin de cuentas, esto es Luskan. —Miró directo a Kimmuriel mientras añadía—: Aunque diría que los supuestos líderes de la ciudad deben de estar arriesgando su vida en la batalla.
Kimmuriel no respondió, ni siquiera arqueó una fina ceja blanca.
Wulfgar lo odió.
Al cabo de un momento, las dudas de Wulfgar recibieron una respuesta desde otro lugar en forma de una enorme explosión cerca del límite norte de la silueta de la ciudad: una enorme bola de fuego iluminó la noche, luego se alzó como una seta viviente, escupiendo humo y grandes llamas.
Brillantes destellos de rayos le siguieron rápidamente, concentrados y agudos, como si la propia bola de fuego en expansión fuera algún tipo de tormenta extraña y mágica.