Ilimitado (Generations 2) 19. Al secarse la sangre
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19. Al secarse la sangre

A L SECARSE LA SANGRE

—Ha muerto —riñó la Matrona Soulez a Dab’nay, que ya era oficialmente Dab’nay Armgo y una sacerdotisa de la Casa Barrison Del’Armgo sin ninguna conexión con Bregan D’aerthe, formalmente o de ninguna otra manera.

Para lo que le iba a servir…

Dab’nay se humedeció los labios, pero no respondió verbalmente porque no estaba muy segura de lo que la Matrona Soulez quería que dijera.

Uno de los cuatro guerreros del grupo al que había sido asignada había sucumbido a sus heridas, porque después de que Dab’nay hubiera comprobado el estado del agonizante Arathis Hune, había descubierto que para aquel tampoco ningún conjuro de sanación hubiera marcado una diferencia.

Sin embargo, las instrucciones de Dab’nay al salir con ese grupo habían sido explicitas e inequívocas: tenía que sanar solo a Uthegentel.

Su limitado repertorio de conjuros se tenía que emplear en el valorado maestro de armas, le había dicho repetidamente la Matrona Soulez.

Lo otros eran prescindibles, y, en ese momento, de uno se había prescindido.

—Nuestro gran maestro de armas le ha tomado la medida a Zaknafein, y uno de los tenientes de Jarlaxle ha muerto —contestó tímidamente al inacabable ceño de la Matrona Soulez.

—Nunca hables de esa lucha —le dijo la Matrona Soulez en un tono que no dejaba lugar a debate y que prometía las consecuencias más severas si desobedecía.

Dab’nay bajó la mirada y asintió levemente.

Sin duda, lo entendía. Se viera por donde se viera, Zaknafein le había ganado la mano a Uthegentel.

A no ser que algo muy espectacular hubiera sucedido, Zaknafein Do’Urden había ganado esa justa.

La Matrona Soulez no quería que eso fuera de conocimiento público, naturalmente.

—Déjanos —ordenó Soulez a Dab’nay cuando la sacerdotisa Mez’Barris entró en la sala.

—Está enfadado por la extracción —informó Mez’Barris a su madre en cuanto Dab’nay se hubo marchado.

—Claro que lo está. Y tú deberías ocuparte de tu deseado patrono, de que su arrogancia no lo conduzca a la muerte.

Podría haber perdido; seguramente así habría sido, según los cinco que presenciaron la pelea.

Hemos subestimado al maestro de armas Do’Urden.

Espero que lo mismo no sea cierto de la Matrona Malicia.

—Uthegentel es joven —aportó Mez’Barris—. Zaknafein había acabado en Melee-Magthere antes incluso de que Uthegentel naciera. No tiene la misma experiencia, no en combates reales.

La Matrona Soulez se rio de ella y la hizo callar.

—Un día mi hermoso Uthegentel acabará con Zaknafein —coincidió ella. Notó que su hija quería contestarle, pero no parecía dispuesta a sincerarse ahí—. Crees que deberíamos librarnos de Zaknafein ahora, del modo que sea —razonó la Matrona Soulez.

—Hace que la familia de la Matrona Malicia sea mucho más formidable —contestó Mez’Barris.

—Perspectiva, hija mía. No estamos preparados para una guerra contra la Casa Do’Urden.

—¡Acabaríamos con ellos!

—Claro que sí, pero al hacerlo les estaríamos revelando a la Madre Matrona Baenre y a las otras del Consejo Regente la verdad sobre nuestro poder.

Muchos creen que pueden amedrentar a sus enemigos al mostrarles todo su poder.

Pero se equivocan. Nunca olvides esto, hija mía.

Revelar el gran poder de nuestro ejército también revela las limitaciones de ese poder e indica a los otros cómo podrían prepararse para vencerte.

»Dejaremos que la Matrona Malicia conserve su juguetito, por ahora, pero dejémosle claro a Zaknafein que su amigo Jarlaxle no hizo nada para detener esa letal emboscada, aunque sabía de ella.

—Jarlaxle no supo nada hasta que la pelea había acabado —repuso Mez’Barris, pero el suspiro y el ceño de la Matrona Soulez le recordó que la verdad era lo que hacían creer a los demás, no lo que realmente había sucedido. Eso, más que nada, era el modo de ser drow.

—Jarlaxle y su banda de renegados están demasiado cómodos con la Madre Matrona Baenre, y la amistad personal de Jarlaxle con Zaknafein es…

molesta. No quiero que la Madre Matrona Baenre se entrometa en cualquier lucha que tengamos con la Casa Do’Urden.

—Calló un momento y resopló, apretando los labios—.

Y ambos sabemos lo mucho que a la Madre Matrona Baenre, madre de ese patético Dantrag, le gustaría ver a nuestro querido Uthegentel fuera de la conversación.

—Se te ha dicho muchas veces que habría un precio —le dijo a Zaknafein un Jarlaxle claramente molesto, unas cuantas semanas más tarde, después de su regreso a la ciudad y de enterarse de que su más antiguo compañero y teniente de confianza estaba muerto.

—También se le había dicho a él, y eso no detuvo su puñal —replicó Zaknafein, con una pesada cerveza entre manos—. Solo que mi espada lo hizo, y por atrás, como se podría esperar de un auténtico cobarde.

—¿Crees que tu sentido del honor te ayuda aquí? Me sorprende que sigas vivo.

—El sentido del honor y mucha preparación contra esos que no lo comparten —aclaró Zaknafein.

Jarlaxle se tragó su réplica y pensó en las veces que había sido testigo de las peculiares sesiones de prácticas de Zaknafein en las que el maestro de armas había trabajado incansablemente en una combinación, aparentemente demasiado larga, con una parada por encima del hombro, seguida por repetidos golpes reversos para cubrir un golpe letal.

—Aun así, te advertí, os advertí a ambos, que esa pelea resultaría cara para el ganador —insistió Jarlaxle.

—Coge el oro que recibiste de Dab’nay Tr’arach —fue la sarcástica respuesta—. Perdón, quería decir de la sacerdotisa Dab’nay Armgo.

Jarlaxle no obtuvo una respuesta inmediata. Se suponía que Zaknafein no tenía que saber eso.

—No podemos hacerle la guerra a la Casa Barrison Del’Armgo —dijo finalmente—. Son demasiado poderosos…

—¿Podemos? —le interrumpió Zaknafein, simplemente, y la pregunta tuvo un timbre de final para ambos hombres.

El maestro de armas se acabó su bebida de un gran trago, luego se levantó de la mesa y salió del Micónido Supurante para nunca más regresar.