18. Las palabras que conocía #4
Así que había escogido. La única elección que podía tomar, según creía.
Pero había elegido mal, así que tendría que pagarlo.
Vio a Arathis Hune alzándose más abajo en el callejón, detrás de Zaknafein. Notó su sigiloso acercamiento, y le pareció curioso, y luego aún más cuando él no fue a por ella, sino a por la espalda de Zaknafein, ¡con la daga desnuda en la mano!
Y Zaknafein la estaba mirando a ella.
—Seis pasos —corrigió el maestro de armas a Arathis Hune, y Dab’nay dejó escapar un grito ahogado ante la velocidad con la que el brazo de Zaknafein se alzaba, con las espadas cogidas hacia atrás.
Al principio, ella pensó que él había tirado la espada izquierda rodando, pero luego se dio cuenta de que simplemente la estaba volviendo en la mano mientras la movía, y la llevó por encima del hombro izquierdo, mientras su espada derecha lanzaba una fuerte estocada hacia atrás.
Ella vio a Arathis Hune agacharse ligeramente, pero aún iba a por la espalda de Zaknafein.
Pero ¡la espada izquierda del maestro de armas! De algún modo, la había llevado hacia atrás, la había girado y, finalmente, describía un arco a su espalda para detener la daga del asesino.
Dab’nay no podía creerse los movimientos de Zaknafein, con su espada volviendo sobre el hombro derecho, por encima de la cabeza y alrededor, mientras él comenzaba a girar hacia la izquierda.
Creyó que esa espada alta bajaría barriendo hasta dar toda la vuelta; Arathis Hune también lo creía así, por lo que ella vio en sus movimientos.
Pero ¡no! En vez de eso, Zaknafein le dio la vuelta de nuevo a la espada cuando la pasaba ante sí y la giró expertamente para lanzar una estocada directa detrás de sí sujetándola a la inversa, como había hecho antes con la otra.
Y aún seguía girando, y, entonces, fue su espada derecha la que se alzó y bajó en un gran tajo cuando él completó el movimiento, su brillante movimiento, uno que debería haber sido doblemente largo, pero que había sido ejecutado con tal perfección, con tal velocidad, que incluso la víctima, de una gran habilidad, parecía hipnotizada.
Arathis Hune consiguió lanzarse hacia la derecha y abajo, evitando la decapitación.
Pero se tambaleó, porque la espada le había alcanzado, y se agarró el costado del cuello, donde un chorro de sangre ya había comenzado a manar.
—Seis pasos por delante, no tres —repitió Zaknafein—. Has olvidado mencionar el primero: que fue Arathis Hune el que usó la magia Oblodran para tratar de que Duvon Tr’arach me derrotara y me matara. Que Jarlaxle me dejara su parche me mostró la verdad de esa traición.
»Quinto: este último plan de asesinato que querías hacerme creer que era obra solo de Dab’nay.
—El maestro de armas rio, como si esa idea fuera absurda—.
Sabía de los tratos de Dab’nay con los Armgo porque no es el único miembro de Bregan D’aerthe que ha tratado recientemente con ellos.
¿Por qué iban ellos a desear la muerte de Arathis Hune?
¿Qué beneficio les reportaría? Y si sabías, como acabas de decir, que habían sido ellos, los Armgo, quienes lo habían arreglado para que Jarlaxle estuviera hoy fuera de la ciudad, entonces, sabías que Jarlaxle está fuera. Por tanto ¿por qué has venido aquí?
»Y, finalmente, te traicionaste a ti mismo, sin duda, asesino. En nuestra lucha con los cuatro. Porque Arathis Hune no se tropieza.
Arathis Hune lo miró con los ojos muy abiertos. Cayó sobre una rodilla y tuvo que poner la mano libre en el suelo para apoyarse más, porque por muy fuerte que se apretara la herida, no conseguía detener la sangre que de ella manaba.
Dab’nay podría salvarlo. Se frotó los dedos con los pulgares, nerviosa, mientras pensaba en un conjuro de curación. Pero, aun así, miró a Zaknafein, tratando de saber qué pensaba.
Comenzó a lanzar el conjuro, pero se detuvo cuando Zaknafein se le acercó y le puso la espada al cuello.
Esperó morir.
—Telarañas sobre telarañas sobre telarañas —dijo mientras le rozaba la suave piel del cuello con la punta de la espada.
Dab’nay tragó saliva. Detrás de Zaknafein, Arathis Hune cayó del todo al suelo, mientras la sangre formaba un charco.
Zaknafein apartó la espada y se dio la vuelta, mientras la metía, junto a su compañera, en sus respectivas vainas una vez más.
—No puedo pagar el precio de tu cabeza —dijo—. Jarlaxle te venderá a los Armgo; seguramente lo está haciendo ahora mismo en sus tratos con la Matrona Soulez. Me pregunto si te comprará solo para culparte de sus pérdidas de esta noche.
—Entonces, mátame —susurró ella.
Zaknafein iba a responder, pero se detuvo y simplemente negó con la cabeza, con una expresión vacía.
—Lo siento —susurró ella con palabras a penas audibles—. No tengo tu valor.
Notó que en Zaknafein había una mueca, pero no supo descifrarla.
El maestro de armas pasó corriendo a su lado, recorrió el callejón y salió a la noche de Menzoberranzan.
Dab’nay respiró hondo para calmarse, luego se frotó los dedos, pensando en sanar a Arathis Hune.
Pero ya era demasiado tarde.