18. Las palabras que conocía #3
Fue bajando y bajando, tanto que casi toca el suelo con los omóplatos.
Uthegentel retrocedió, claramente para modificar el ángulo del tridente y empujarlo hacia abajo al maestro de armas agachado, pero antes de que pudiera hacerlo, Zaknafein se alzó un poco, luego se detuvo de golpe y, con perfecto control muscular, transfirió su impulso totalmente a las piernas para saltar hacia atrás, en una voltereta inversa, de la que aterrizó totalmente de pie.
Luego se tiró hacia delante y regresó con una velocidad cegadora, saltando sobre el tridente para hacerlo bajar, mientras con el pie izquierdo daba una patada a Uthegentel en la cara.
El enorme maestro de armas Armgo se tambaleó un paso hacia atrás, pero se recuperó al instante, más sorprendido que herido, y con una agilidad y una velocidad fantásticas alzó el tridente a tiempo para bloquear el violento ataque de espadas de Zaknafein.
Pero este tenía la ventaja y presionó ferozmente.
A la defensiva, Uthegentel hizo un poderoso bloqueo a dos manos y luego dejó el tridente solo en la mano derecha, mientras llevaba la izquierda al cinturón y cogía una red.
Zaknafein había oído hablar de esa segunda arma, una red reforzada mágicamente y encantada para atacar al rival por sí sola.
Uthegentel pasó la mano de un lado al otro y Zaknafein pudo notar la red como si fuera un animal sintiente, mordiéndole. Pero no se detuvo; no podía detenerse. Siguió atacando y presionando con las espadas que golpeaban el tridente en una rápida sucesión.
De nuevo, Uthegentel pasó la red por delante, y esta vez la dejó volar.
Zaknafein la golpeó una docena de veces con las espadas en un ángulo perfecto para impedir que el objeto mágico se extendiera y lo atrapara.
La red pasó volando, inofensiva, y Zaknafein volvió a atacar al enorme drow con furiosos golpes, estocadas, tajos y lo que fuera para mantener a Uthegentel a la defensiva.
No sabía si podría acabar con Uthegentel, pero sin duda le había robado cualquier ventaja que este hubiera tenido.
Pero, entonces…, falló; Uthegentel astutamente bajó su tridente y luego lo alzó detrás del tajo con la mano izquierda de Zaknafein para estocar con fuerza.
La espada derecha de Zaknafein fue rápidamente a desviarlo mientras él rodaba desesperadamente, echando atrás el pie izquierdo y girando hacia atrás una vuelta completa.
—¡Basta! —oyó desde el extremo del callejón al mago.
Esperando un conjuro fulminante, Zaknafein se apartó defensivamente y se envolvió en su capa piwafwi mágica como si fuera un escudo.
Pero el mago no estaba lanzando un rayo o misiles de energía mágica, y, de todas formas, no se dirigía a Zaknafein. Sujetó una pequeña vara horizontalmente ante sí con ambas manos, y luego simplemente la partió por la mitad para liberar el hechizo encapsulado.
Uthegentel rugió protestando, pero su voz se fue deformando mientras su forma física se agitaba, sacudiéndose como la colada bajo un fuerte viento.
El mago también se distorsionó y se retorció como si fuera una tela vacía, y ambos desaparecieron, puf, dejando a Zaknafein, a cuatro soldados Armgo heridos, a Arathis Hune (quien aún seguía inexplicablemente bocabajo sobre el suelo) y a una sorprendida y claramente aterrorizada Dab’nay de pie en la salida del callejón.
La sacerdotisa meneó la cabeza lentamente, mirándolo, mascullando algo que él no pudo oír, pero Zaknafein estaba seguro de que no estaba tratando de lanzar un conjuro, porque los hombros le temblaban ligeramente, quizá por los sollozos.
—Bueno, hemos ganado y te han abandonado —le dijo Zaknafein mientras giraba sus ensangrentadas espadas, las pasaba sobre la ropa del cuerpo más cercano para limpiarlas y luego la devolvía hábilmente a las vainas.
Miró a un lado y vio a un guerrero Armgo herido que se arrastraba hacia una de las salidas del callejón—.
¿De verdad creías que ibas a ganar en esto, sacerdotisa?
—Sí, Dab’nay la Irreflexiva —aportó Arathis Hune.
Zaknafein ocultó su sonrisa, pero no se sorprendió—.
¿Esperabas un resultado diferente? ¿Crees que Jarlaxle ascendería a idiotas a su lado?
Lo sabíamos. ¡Claro que lo sabíamos! Y si alguna vez esperabas ascender en Bregan D’aerthe, deberías haber previsto que Zaknafein y yo estaríamos tres pasos por delante de tus engaños.
»Primero —continuó—, sabía que llevabas tiempo acostándote con Zaknafein, pero para tu propio beneficio.
Segundo, ese beneficio es el producto de la eliminación de nosotros dos de tu camino, y qué conveniente que Jarlaxle no esté por aquí.
Porque con él cerca, no nos podríamos enfrentar, claro. ¿Y dónde está Jarlaxle esta noche?
La mirada de Dab’nay no se apartaba de Zaknafein; le sostenía la mirada directamente a los ojos.
—Tercero —prosiguió Arathis, al parecer, con mucha seguridad—, has estado ganándote el favor de la especialmente cruel Soulez Armgo.
¿Qué beneficio podía obtener Dab’nay de eliminar a uno de nosotros cuando eliminar a los dos la pondría junto a Jarlaxle en Bregan D’aerthe?
Jarlaxle, quien, por cierto, está fuera de la ciudad ocupándose de asuntos de los Armgo, ¡naturalmente!
Zaknafein vio negar ligeramente con la cabeza a Dab’nay, pero era evidente que la mujer estaba derrotada, totalmente, emocionalmente. Y al preceptivo Zaknafein le pareció que ni siquiera tenía fuerzas para discutir.
—Tres pasos por delante —repitió Arathis Hune, burlándose—. Y ahora tu supuesta víctima te pondrá la espada encima.
Zaknafein notó un destello de repentina confusión en los rojos ojos de Dab’nay.
No le sorprendió.
Su sentimiento principal era de culpa, no de miedo. Dab’nay esperaba estar a punto de morir; su débil repertorio de conjuros no podía ni comenzar a protegerla de cualquiera de esos dos hábiles asesinos y ni mucho menos de los dos.
Pero, curiosamente, casi lo agradecía. Todo eso había estado recomiéndola por dentro desde hacía mucho tiempo. ¡No quería que muriera Zaknafein! Ni siquiera quería que mataran a Arathis Hune. Pero su situación había sido totalmente insostenible.