Ilimitado (Generations 2) 18. Las palabras que conocía
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18. Las palabras que conocía

L AS PALAbrAS QUE CONOCÍA

La sacerdotisa Mez’Barris Armgo contempló el oeste desde el balcón del extenso complejo de la familia.

Sin contar los espacios extradimensionales que había en algunas de las casas poderosas, sobre todo Xorlarrin y Baenre, la Casa Barrison Del’Armgo era el complejo más grande de la ciudad y, sin duda, mayor de lo que el rango de la casa haría suponer.

Sin embargo, a pesar de todo ese espacio, Mez’Barris permanecía en la misma silla desde donde había visto partir los ejércitos de Armgo.

En ese momento, miraba anhelante hacia Narbondel, cuya luz iba disminuyendo y acabaría por desaparecer más allá del mismo bulevar donde ella había contemplado perder de vista a Uthegentel.

Le dolía verle dirigiéndose hacia allí, con el peligroso Zaknafein en su punto de mira y con esa incompetente de Dab’nay junto a él. ¿Cómo podía su madre haberlo enviado con ella? ¿Por qué no a Mez’Barris?

Era cierto que Parsnalvi, el mago de la casa, también flanqueaba a Uthegentel y con un objeto encantado que solo tenía un propósito específico, pero aun así…

A veces, la joven y prometedora Mez’Barris no lograba entender a su madre.

Pero no se quedó pensando en eso, ya que sus pensamientos no paraban de volver a la imagen de Uthegentel, el maestro de armas de la casa.

No era un Armgo de nacimiento. Mez’Barris solo podía suponer sus ancestros, aunque estaba segura de que no era totalmente drow.

¡Claro que no! Ese hombre medía más de metro ochenta, una altura que pocas mujeres drow podían alcanzar.

Incluso con ayuda mágica, otros hombres no podían igualarle, e incluso con los conjuros bendecidos por Lloth de mejora física otras mujeres tampoco podían.

Y tenía más que simple tamaño y fuerza. Mientras Mez’Barris reflexionaba sobre eso, se estremeció con solo pensar en él, en su elegante armadura negra y su poderoso tridente negro; un arma y una armadura adecuadas para el maestro de armas de una casa noble.

Incluso de la Casa Baenre, porque en ese noble rango era donde la Matrona Soulez esperaba que pronto se hallara Barrison Del’Armgo.

Uthegentel, tan rápido, tan fuerte, tan invencible, jugaría un gran papel en ese ascenso, eso lo sabían todos.

Tenía algo especial, y, sin duda, la creciente reputación de ese tal Zaknafein Do’Urden palidecería antes la realidad de Uthegentel.

Este poseía demasiada energía para un cuerpo mortal; a Mez’Barris le parecía que chispas de eso, de su propia energía vital, salían disparadas siempre que él se movía, como pequeños rayos que tentaban y picaban.

Con su enorme pecho y hombros, sus gruesos brazos envueltos en apretados músculos, ese hombre se movía con la gracia de un bailarín.

Sí, era más que un simple hombre, más que un simple mortal.

Mez’Barris se alegraba mucho de que su madre no lo hubiera tomado como su patrono.

Estaba alegre y sorprendida, porque la Matrona Soulez había exigido que ninguna de la Casa Armgo se apareara con ese hombre excepto Mez’Barris.

Oh, claro, algunas veces lo alquilaba como reproductor, como había hecho con la Matrona Malicia Do’Urden para que engendrara a esa criatura de Briza, pero eso no molestaba a Mez’Barris.

No podía sentir envidia hacia las que pagaban con monedas por ese magnífico espécimen.

Mez’Barris se tomaba todo eso como venía, igual que las bromas que soportaba de otras sacerdotisas, tanto allí como en la ciudad.

—¿Cómo puedes estar con un hombre que es más fuerte que tú? —le preguntaban la mayoría de las mujeres, que parecían sinceramente anonadadas ante esa idea—. ¡No es natural! ¿Estás segura de que no prefieres simplemente la compañía de mujeres en la cama?

Mez’Barris estaba segura. Sí, era algo muy raro, casi sin precedentes, que una mujer drow se sintiera atraída por un hombre tan superior físicamente a ella, pero Mez’Barris no podía negar la excitación que sentía cuando Uthegentel la ponía tan fácilmente sobre sus caderas, sujetándola en alto mientras la tomaba, sin cansarse nunca.

La llevaba de un lado al otro como si fuera una niña, pero ¡sabía muy bien cómo llevarla!

Así que aceptaba las burlas y simplemente sonreía, y nunca les transmitía del todo el poder de su amante y la excitación que podía provocarle, más allá de lo que cualquiera de ella había conocido jamás, de eso estaba segura.

Antes de que Arathis Hune transformara su rostro en una máscara de rabia, a Zaknafein le había parecido ver un destello de sorpresa.

Los dos entraron en un ritmo de lucha, con las espadas chocando, ambos rotando ante el otro para poder ver bien el campo de batalla, buscando ventajas.

—Te convencerán, inesperadamente, y cuando estés ahí te encontrarás un enemigo donde esperabas un amigo —le gritó Zaknafein, moviendo la mano izquierda hacia dentro y por encima para enviar su espada hacia abajo con fuerza y bloquear el golpe de Arathis Hune.

Su rival saltó hacia atrás, como si esperara un contragolpe, pero este no llegó. Quizá eso explicaba la curiosa expresión del rostro de Arathis Hune, pensó Zaknafein, aunque quizá no, así que lo repitió.

—Te convencerán, inesperadamente, y cuando estés ahí te encontrarás un enemigo donde esperabas un amigo.

—Sigue vivo, mi único amigo —contestó Arathis Hune, y sus ojos rojos destellaron al comprenderle.

Zaknafein asintió, y juntos ambos contestaron:

—Necesito que sigas vivo.

Así que ambos lo sabían.

Un movimiento hacia un lado hizo que los combatientes fueran repentinamente uno contra el otro, luego se detuvieran de golpe y pasaron muy cerca el uno del otro.

Se cogieron del brazo y el impulso los hizo rodar de lado; entonces, Zaknafein saltó desde el lado derecho del callejón, ovillándose y dando una voltereta que lo hizo aterrizar sobre ambos pies, directamente frente a una puerta secreta que se abrió de golpe ante él.

Zaknafein oyó los reveladores clics y rodó hacia un lado, mientras abría su capa ante él para parar las saetas voladoras.

Consiguió volver la cabeza hacia atrás para mirar, y vio a Arathis Hune preparado ante una puerta oculta diferente, directamente opuesta a la que se había abierto ante Zaknafein.

Y de esa salieron un puñado de guerreros drow.

De ambas, vio Zaknafein, mirando hacia su propio portal.

Pero no…

Zaknafein se detuvo, boquiabierto, porque el grupo que atacaba había desaparecido de golpe, se habían desvanecido, como si no hubiera sido más que una ilusión.

Se volvió pesando en ir junto a su ahora compañero, pero vio una tercera puerta abrirse, esa en el edificio al final del callejón, desde donde otro puñado de drow cargaba, ¿o eran los mismos? ¡No podía estar seguro!

Pero, entonces, esos atacantes también desaparecieron, se desvanecieron, y más allá, Arathis Hune también estaba solo de repente.

—Acaba con ese débil Do’Urden y vuelve a mí —susurró Mez’Barris a la noche.

La sacerdotisa se removió incómoda y meneó la cabeza, aún sorprendida de que su madre, la Matrona Soulez, hubiera permitido a Uthegentel tomar parte en esa misión.

Cierto, no debía ser más peligrosa, o incluso mucho menos peligrosa, que muchas de las otras batallas que la Casa Barrison Del’Armgo había sostenido últimamente, y además tenían numerosas posibilidades a su favor, aunque esa fuera una situación diferente, como Mez’Barris bien sabía.

Esta pelea tenía que ver con Zaknafein Do’Urden, un hombre al que Uthegentel llevaba más de un siglo observando y queriendo retar desde el tiempo en que Zaknafein había sido el único miembro notable de una casa menor llamada Simfray.

Mez’Barris comprendía bien a su amante. Si tenía alguna debilidad, esta era el orgullo.

De ninguna manera se iba a quedar detrás de otros en esa partida de guerra y permitir que mataran a Zaknafein; ni siquiera había posibilidad de que permitiera a otros enfrentarse al maestro de armas de la Casa Do’Urden.

Era una presa que Uthegentel ansiaba cazar, y con testigos, para que pudiera correrse la voz por todas partes de su singular y gloriosa victoria.

Con Zaknafein fuera de juego, solo el propio Dantrag Baenre podría interponerse entre Uthegentel y su deseo de ser nombrado el incontestable campeón de Menzoberranzan.

—Acaba con ese débil Do’Urden y vuelve a mí —susurró Mez’Barris de nuevo, y casi como si fuera una respuesta apareció un guerrero drow, luego otro, y un tercero, un cuarto y un quinto, materializándose a medio paso frente al complejo Armgo.

Se tensó, preocupada de estar sufriendo un ataque, mientras dos de los guerreros se tiraban al suelo con las ballestas por delante, mientras los otros tres se movían con una precisión perfecta para ir detrás de esos tiros hasta la pelea.

Justo como esos hábiles guerreros habían sido entrenados… en la Casa Barrison Del’Armgo.

Los cinco se detuvieron de golpe, todos mirando alrededor, confundidos, lo que reflejaba la propia confusión de Mez’Barris.

De pie ante su silla, los reconoció: eran guerreros de su propia casa, uno de los tres equipos de apoyo de ataque que habían salido con el grupo de siete de Uthegentel.

—¿Qué pasa? —preguntó una voz a su espalda, y al mirar hacia atrás Mez’Barris vio a Ahlm’wielle, su prima.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Has lanzado un fuerte grito ahogado —contestó Ahlm’wielle.

Mez’Barris señaló desde el balcón al equipo de ataque; ya estaban todos en pie y volvían hacia el complejo, menando la cabeza.

—Algo no va bien.

—¿Uno de los equipos de guerra ha regresado? —preguntó Ahlm’wielle, incrédula, pero enseguida se despreocupó.

—Aún son diecisiete contra dos —dijo Mez’Barris para calmarse.

Ahlm’wielle agitó el dedo y movió la cabeza, para corregir a Mez’Barris.

—Dieciocho contra uno.

Mez’Barris se disponía a asentir, pero se detuvo cuando por el rabillo del ojo vio a un segundo equipo Armgo aparecer, de nuevo como si estuvieran cargando y hubieran cogido un giró dimensional equivocado.